Discursos y Escritos de Carlos Pellegrini.
» Cuestion de límites con la República de Chile.
» Carta abierta al doctor Indalecio Gómez
» Carlos Pellegrini industrialista Arturo Frondizi. (descarga)
» Cartas norteamericanas.
» Conferencia a los estudiantes en el Teatro Odeón.
» El Derecho Electoral.
» Mensaje del Presidente Pellegrini proponiendo al Congreso la creación del Banco de la Nación.
» Carlos Pellegrini oponiéndose a la concurrencia de la República Argentina a la Exposición Internacional de San Luis (U.S.A.) Año 1903.
» Sobre Instrucción Pública (1863).
» Candidato a Gobernador de Buenos Aires. (17 de febrero de 1894).
» Carta a un gobernador de provincia sobre los propósitos de la "coalición". (1904).
» Último discurso parlamentario. (11 de junio de 1906).
» Sobre el proyecto de unificación de la deuda de la Nación.
» Carta al Dr. Floro Costa.
» Discurso 1891. (descarga)
» Discurso 1892. (descarga)
 

CARTAS NORTEAMERICANAS

PRIMERA CARTA
Diciembre 17 de 1904


        Hace veinte años desembarcaba en Nueva York y visitaba todos los Estados de la Unión situados entre el Atlántico, los grandes lagos y el Mississipí. He recorrido nuevamente el mismo camino, y, comparando lo que veía con mis recuerdos, he podido palpar y admirar el enorme progreso de esta Nación. Es un coloso en todo el vigor de su primera juventud.
Para un argentino que viaja por los Estados Unidos, todo lo que ve y observa provoca inmediatamente un juicio comparativo entre este pueblo y el nuestro. Es que estamos examinando lo que reputamos nuestro modelo: es que nuestro ideal nacional es ser mañana lo que este pueblo es hoy, y ocupar algún día, en el planeta, la situación que él ha conquistado ya; e instintivamente examinamos en todas sus manifestaciones de progreso y de grandeza el medio y forma en que se ha realizado, para fijar la distancia que nos separa aún de nuestro ideal, las causas de nuestro retardo, y los medios y modo de reaccionar, para acercarnos con la mayor rapidez posible al fin anhelado.
        Los americanos del Norte atribuyen su admirable progreso a virtudes especiales de la raza sajona. Tendrán tal vez razón si por “virtudes especiales” entienden, no condiciones étnicas superiores, sino simplemente superior y más adelantada educación política. No hay empresa alguna que una raza humana pueda realizar, que no pueda ser realizada igualmente y tal vez con más brillo y perfección, por la raza latina, si se le adiestra para la tarea con la educación necesaria. Es la vieja raza que ha civilizado al mundo, y la historia de la humanidad es la historia de sus esfuerzos y triunfos. Nada indica que haya degenerado.
En la formación de esta gran Nación, fácil es establecer qué parte se debe a ventajas naturales, don de la Providencia, y qué parte a esfuerzo humano, mérito propio de su pueblo.
         Pedazo alguno de la tierra ha ofrecido jamás a la emigración humana mayores atractivos, mayores elementos, mayores facilidades para fijarse y prosperar. Su proximidad a la vieja Europa, esa colmena que rebosaba y que buscaba nuevos campos para sus nuevos enjambres, la indicaba para recibir esa corriente humana que se derrama sobre su suelo por millones anuales. Sobre una extensa costa marítima, tierras cubiertas de bosques seculares, donde le bastaba al inmigrante una buena hacha para construir su cabaña: la famosa Log-house, fundadora de todas las aldeas y ciudades de la Unión; y un viejo fusil para alimentarse con la caza, variada y abundante. Cuando la familia creció y se alejó de la costa en busca de más tierra, tomó rumbo al Oeste, trepó los Alleghanyss y descubrió ese inmenso y fertilísimo valle del Mississipí, que podía realizar los milagros de Canaán, y que pronto se convirtió en el granero del mundo. Cuando, creciendo y vigorizándose, llegó la hora de su desarrollo industrial, sólo tuvo que encorvarse para recoger carbón y hierro, colocado por la Naturaleza a flor de tierra en cantidades inagotables; y halló minas de oro y de plata y de cobre y de plomo en enorme abundancia, y aceites minerales que brotaban en borbollones de sus pozos, y gases naturales que se escapaban por entre las grietas del suelo, ofreciendo nueva y poderosa energía para mover sus máquinas, y bosques con todas las maderas, y montañas de mármoles y jaspes, y para que circulara tanta riqueza, lagos como mares y ríos como lagos, y dos océanos para que pudiera extender ambos brazos y unir y presidir la unión del Oriente y el Occidente.
        ¿Qué pueblo, en la historia del mundo, ha gozado jamás de tales ventajas? ¿Cómo no habían de ver allí la tierra prometida todos los perseguidos, todos los desheredados de la fortuna del Viejo Mundo, que se sentían con corazón y energía para labrarse, por el propio esfuerzo, un porvenir soñado en horas de miseria y de vigilia? ¿Cómo detener el progreso material de un pueblo cuyo número crecía por millones anuales, de hombres seleccionados, cuyo sólo acto de abandonar la patria y la familia, para lanzarse a tierras desconocidas en busca de fortuna, revelaba por sí sólo condiciones especiales de valor y de energía?.
        Pero, si toda esta prodigalidad de la Naturaleza bastaba para dirigir la corriente emigratoria hacia esa virgen tierra y aglomerar allí la muchedumbre humana, no bastaba para formar espontáneamente una sola Nación y un solo pueblo. El Asia derramó también sus enjambres sobre las tierras vírgenes de Europa, pero esos enjambres, al desparramarse, se dividieron en tribus, en razas, en pueblos, que se acometían y se destruían en luchas interminables, y que han formado veinte nacionalidades distintas.
        Lo que constituye el mérito innegable, el inmenso triunfo de la raza sajona, es haber sabido reunir todas esas masas heterogéneas, todos esos hombres de distintas razas, idiomas, religión, hábitos y costumbres, desde los franceses del San Lorenzo, los holandeses del Hudson, hasta los españoles del Golfo de Méjico, con más los celtas y tudescos y escandinavos y eslavos y latinos, y fundiendo todo ese material precioso y variado en el inmenso crisol nacional, con la sola virtud y al solo calor de sentimientos de libertad y justicia, hondamente arraigados, formar esa masa homogénea, sólida, templada y riquísima en cualidades, que se llama el pueblo americano, que hoy asombra al mundo con sus energías y sus audacias; que ha creado en un siglo una Nación que ya figura entre las primeras de la tierra y que está destinada a ser -antes que otro siglo termine- el más grande Imperio que el mundo haya conocido.
        Si este pueblo ha sido capaz de tan grandioso esfuerzo, lo debe todo a la educación social y política de sus fundadores, a hábitos y costumbres que trajeron, encarnados en su sangre y en sus huesos, desde la vieja patria, que sus descendientes heredaron y cultivaron, y que hoy es el alma vigorosa que anima y gobierna ese colosal organismo.
        De la aleación de tantas razas distintas se ha formado ese tipo humano, con caracteres propios perfectamente definidos, que se llama a sí mismo, por soberbia antonomasia, “el Americano”. Es un compuesto de energía, de vigor y de ambición, que podría desbordarse en brutales avances, si no estuviera contenido y dominado por un tradicional y heredado sentimiento de justicia y de respeto por sus derechos de hombres libres, por los que sus antepasados sacrificaron todo: vida, familia y hogar, luchando por la libertad de su conciencia, por sus derechos civiles y políticos, contra la tiranía, el absolutismo y la arbitrariedad, desde el siglo XIII hasta la gran revolución del XVII, cuyos trofeos fueron la Magna Carta, la petición de derechos y el hábeas corpus, que los padres peregrinos trajeron, como sus dioses penates, a la nueva patria, y que, venerados con fe sincera y profunda, engendraron ese monumento de sabiduría política que se llama la “Constitución Americana”, que ha sido el espíritu unificante y el vínculo inquebrantable, que ha presidido el desarrollo y mantenido el equilibrio y la cohesión de esta gran Nación.
        Los adelantos materiales que asombran, se deben al go ahead yanqui. Es un febricitante anhelo de progreso, una necesidad vital de ascender, una aspiración constante a sobrepujar, a dominar, a eclipsar todo esfuerzo anterior. El americano pretende que todo lo que él realice debe ser the greatest in the world, lo más grande y admirable que se haya hecho. El triunfo de un americano es to break the record, es decir, superar el mayor esfuerzo anterior, en todo, desde la importancia de sus fábricas, el tamaño de sus edificios, el poder de sus acorazados, la velocidad de sus trenes, la altura de sus monumentos o el arco de sus puentes, hasta sus partidas de base-ball o foot-ball. Es una manía que se ha prestado a la burla de muchos, pero que revela la incansable ambición de un pueblo que se siente con la voluntad, la energía y el vigor bastante para realizarla.
        Esta tendencia es colectiva y es individual. No es conocido aquí ese tipo de trabajador filósofo que, apenas ha realizado lo bastante para vivir con relativa comodidad, se retira a gozarlo en paz y tranquilidad. Aquí, quien tiene poco desea mucho, quien tiene mucho procura siempre más y pone, para conseguirlo, un empeño y tenacidad que vence todo obstáculo. Los “multimillonarios” siguen en la brecha haciendo trabajar sus millones, y un Rockefeller con 500.000.000 de dólares preside aún el más colosal de los trust, el de los aceites. Si algún millonario desea retirarse de ese campo de batalla y descansar sobre sus laureles de oro, tiene que alejarse de la fragua, atravesar el Océano y buscar un asilo en la vieja patria.
        Hay que rendir a este pueblo todo el tributo de admiración que impone, y reconocer que ningún otro hizo más en menos tiempo. ¿Importa esto declararlo un sol sin manchas? Seguramente, no.
Todo el que estudia imparcialmente a esta gran Nación, descubre fácilmente las sombras del cuadro. Provienen, en su mayor parte, de que, impunemente, no se surge a la grandeza de la noche a la mañana. Este pueblo se ha engrandecido y se ha hecho poderoso con excesiva rapidez, y aun no tiene el hábito perfecto ni la tranquila posesión de su propia grandeza.
        Algunos de sus neomillonarios suelen fastidiar con la continua y vanidosa ostentación de sus millones, con su vulgar manía de reducirlo todo a valor monetario, con la ingenua pretensión de poder comprarlo todo, desde la histórica “Corona de Hierro”, ofreciendo en cambio una de oro, hasta los “Arcos de Triunfo”. Esto es debido a falta de mundo y de experiencia. Sus hijos o nietos habrán perdido esos defectos incómodos; sabrán por experiencia que el dinero puede mucho, pero no lo puede todo; que es necesario, pero como auxiliar; que no todas las grandezas se miden por su dimensión, y que, generalmente, las condiciones morales e intelectuales son las que imponen mayor consideración y respeto.
        Es indudable que una Nación necesita, para ser plenamente respetada, su big-stick; pero, si es prudente tenerlo a mano, no es de buen gusto, ni conveniente, esgrimirlo por cualquier motivo ante los otros pueblos. Es necesario tener la conciencia de que nadie duda de su existencia y eficacia, y contentarse con eso. Pero todo esto vendrá con el tiempo, y brevemente. La inmensa mole sale ahora del molde y se ha impuesto ya a la admiración del mundo. El tiempo y el arte le darán los toques finales.



SEGUNDA CARTA
Diciembre 19 de 1904.

        Las manifestaciones visibles de enorme progreso, se contemplan desde que se pisa tierra en Nueva York. En 1883, cuando la visité, la edificación llegaba hasta Central Park, es decir, ocupaba sólo la mitad de la isla de Manhattan, y su población era, según el último censo de 1880, de 1.200.000 habitantes. Hoy, la edificación no sólo cubre toda la isla, sino que, cruzando el Harlem y el East River, ha invadido los barrios del Bronx, Long Island, Queens, Richmond, etc., formando el Greater New York, con una población, según el censo de 1900, de 3.437.000 habitantes.
        Es la primera ciudad americana y la segunda del mundo, en población y en importancia económica, pues sólo cede el primer puesto a Londres. Si la proporción en que ha crecido en los últimos treinta años se mantiene por algún tiempo, será la más grande ciudad que exista o haya existido.
        El valor total de su propiedad raíz se estima hoy en 4.800 millones de dólares, y el valor de la tierra ha alcanzado, en ciertos puntos de Broadway, en la parte comercial, a 270 dólares el pie cuadrado. Donde se nota sobre todo el progreso, es en la transformación que se está operando en la arquitectura general. Puede decirse que Nueva York se está reedificando. La antigua ciudad de estilo inglés, frentes lisos de ladrillo rojo, de tres o cuatro pisos, con baranda y pequeño estrado sobre la calle, va desapareciendo. Para el comercio y hoteles se levantan esas enormes construcciones - los flat iron buildings- ideados por un joven ingeniero que ha logrado en breve tiempo notoriedad y fortuna. Sobre pilares y tirantes de acero, se levanta el esqueleto del monstruo de quince, veinte o treinta pisos. Terminado el armazón, se llenan las divisiones interiores con ladrillo hueco y se cierran los frentes con piedra o con grandes vitraux, lo que permite darles cierto aspecto artístico que atenúa la brutalidad de la mole. Queda así el edificio terminado y listo para alojar a cinco, diez y hasta doce mil personas.
        En la 3 ª Avenida, la gran calle aristocrática, orgullo de Nueva York, la transformación es en el sentido artístico. Allí construyen sus palacios los millonarios, y allí triunfa visiblemente la influencia del arte latino en sus hermosos frentes de piedra o de mármol. El interior es lujoso hasta el exceso, y los grandes hoteles, los primeros del mundo como capacidad, lo son también como lujo de decorado y comodidades interiores, y podrían considerarse como los mejores, si el servicio no dejara tanto que desear.
        Los antiguos troles, los postes y alambres de telégrafos y teléfonos, que se cruzaban por millares, afeando la vista, todo ha desaparecido, y, a un costo de 35.000.000 de dólares, han sido ocultados bajo el suelo. Quedan sólo en pie esos horribles trenes elevados, rápidos y cómodos para el pasajero, pero que hacen casi inhabitables las avenidas que ocupan, no sólo porque las obscurecen y afean, sino por el ruido ensordecedor que causan los centenares de trenes que se suceden desde las primeras horas de la mañana hasta tarde de la noche. Todas las avenidas y la mayor parte de las calles transversales tienen sus tranvías eléctricos, y el tráfico en éstos y los elevados, aunque enorme, no ha bastado para las necesidades de la población, y, para satisfacerlas, la municipalidad ha hecho construir, a un costo de 37.000.000 de dólares, un ferrocarril eléctrico subterráneo de cuatro vías, que recorre por los costados Este y Oeste toda la ciudad, de Norte a Sur, y que, prolongándose por bajo del Harlem, llegará al Broux. Ha sido arrendado a la misma compañía, dueña de los elevados, por un alquiler igual al interés de los empréstitos contraídos para construirlos, e inaugurado recientemente, transportó, el primer día que se abrió al público, 300.000 pasajeros. Verdad que en Nueva York, todo el que no anda en coche propio, viaja en car eléctrico, elevado o subterráneo. El coche de plaza es muy escaso y sólo se encuentra a la puerta de los hoteles o clubs. Son excelentes, pero caros: un dólar el viaje, y dos o tres dólares por hora.
        Nueva York es la primera ciudad comercial, pues más de un 50 % del comercio exterior de la Unión se hace por su puerto, donde desembarcan las cuatro quintas partes de los inmigrantes. Es, además, el centro financiero, y Wall Street gobierna el mercado monetario americano. El tráfico y movimiento en el extremo Sur, a pesar de lo espacioso de sus calles y avenidas, sólo puede compararse con el centro de la City en Londres, en las horas de mayor movimiento.
        Quien entienda, sin embargo, que en esta gran metrópoli comercial e industrial todo lo absorben los afanes de la especulación y el lucro, se equivoca. Nueva York es también la gran metrópoli social que sólo comparte con Washington en alta cultura. Es una de las ciudades del mundo que cuenta mayor número de iglesias -560- de las cuales, una quinta parte son católicas, y entre éstas, la hermosa catedral gótica de San Patricio, en la 5 ª Avenida. Los domingos, en que el descanso se observa con todo rigor, la ciudad parece abandonada; pero todos los templos rebosan en la hora de los oficios.
        Hay en esta ciudad 350 bibliotecas públicas, desde el colosal edificio de mármol blanco que se construye en la 5 ª Avenida, hasta la pequeña biblioteca de barrio. La casi totalidad se debe a donativos particulares, entre los cuales se distinguen el legado de Samuel J. Tilden en 1886, de 2.500.000 dólares, y la reciente donación de Carnegie de 5.000.000.
        La extensión y organización del sistema escolar en el estado de Nueva York, se reputa el más perfecto de la Unión, y a sus grandes universidades e institutos científicos, manejados por corporaciones, acuden 6.000 estudiantes, que profundizan todos los ramos del saber humano.
        A pesar de ser un centro industrial, Nueva York está libre de esa maldición que pesa sobre todas las demás ciudades industriales de la Unión, el humo. Ha prohibido, dentro de la isla de Manhattan, el uso de ese carbón bituminoso, preferido por las industrias por lo barato, y que en los días de calma envuelve a otras ciudades como Chicago, San Luis, Pittsburg, etc., en una espesa atmósfera negra y grasienta, pegajosa y apenas respirable, que todo lo ennegrece y ensucia, haciendo inútil todo esfuerzo por el aseo urbano. Gracias a esa prohibición radical, Nueva York goza del azul de su cielo, y sus anchas calles y avenidas se inundan de aire y luz, a pesar de la enorme altura de algunos edificios. Su gran parque, colocado en el centro de la ciudad, es una maravilla, no sólo por la natural belleza de su suelo accidentado, de sus árboles seculares, sus pelouses y prados, riachos y lagos, sino por lo admirablemente cuidado. Tiene una extensión de 32 hectáreas y costó originariamente su trazado 15.000.000 de dólares. La verdad es que lo que distingue a todas las ciudades norteamericanas, lo que es un encanto para el viajero, son sus espléndidos y enormes parques, como no los tienen mejores ninguna de las grandes capitales de Europa: Búffalo, con sus grandes avenidas sombreadas, que conducen al parque donde se celebró la anterior Exposición; Detroit, que ha convertido una gran isla, frente a la ciudad, en hermosísimo paseo; Chicago, flanqueado a ambos lados por enormes parques unidos por una hermosa avenida que cruza por todo el frente de la ciudad y orilla del lago, y, sobre todas, Washington, la ciudad de los bosques y parques.
        La 5 ª Avenida es la calle Florida de Nueva York, más ancha que nuestra Avenida de Mayo, y sin árboles. Broadway, la arteria comercial, es de mucho mayor tráfico.
        De noche es un espectáculo. El alumbrado público no es famoso en los Estados Unidos, pero en las grandes ciudades, las calles comerciales como Broadway, en Nueva York, o State Street, en Chicago, están fantásticamente iluminadas por los anuncios con luz eléctrica de todas las tiendas, restaurants y teatros: avisos en todas formas y colores, cinematógrafos, proyecciones, y, por último, grandes cuadros donde se escribe con letras de luz y se conversa con el público, pregonando la bondad de algún producto; mecanismo curioso, ingenioso y sencillo, que supongo habrá llegado ya a Buenos Aires. La 5 ª Avenida es más aristocrática desde su intersección con Broadway. Hacia el Norte están las grandes tiendas de lujo, multitud de exposiciones artísticas y marchands de tableaux, donde triunfa la escuela francesa y pueden admirarse los mejores cuadros de sus más afamados artistas, prueba palpable de que este pueblo, ya rico y educado, ha entrado de lleno en su evolución artística; numerosas pequeñas tiendas de anticuarios - L'antique es la pasión del día entre millonarios; grandes hoteles, como el St. Regís, con su desborde de lujo decorativo, o el Astoria, preferido por los elegantes, y que, como el Ritz en París, o el Carlston, en Londres, reúnen en sus lujosos restaurants a todo el smart set: los grandes clubs, con edificios propios, vastísimos y lujosos, entre los que se distinguen el Union Club, 1.900 miembros, republicano, político y social, fundado por los unionistas, cuando la guerra de secesión; el University Club, 3.000 socios, donde todos deben haber sido graduados en alguna Universidad; el Metropolitano, de los millonarios, donde se necesita tener, por lo menos, un modesto millón para presentarse, y cien otros. Nosotros, y con razón, estamos satisfechos con nuestro Jockey Club, que puede sostener la comparación con estos grandes centros sociales, a pesar de ser los edificios aquí más grandes, más lujosos, mejor y más artísticamente decorados (aseguran que el University Club ha invertido en cuadros y mármoles 700.000 dólares). El norteamericano, como el inglés, hace vida de club y pasa sus noches y aun parte de sus días en esos centros. Los hay comerciales, industriales, políticos, artísticos o simplemente sociales.
        Una parte de la población cosmopolita de Nueva York se ha concentrado en agrupaciones de distintas nacionalidades, entre las que se distinguen especialmente los italianos y los chinos, probablemente debido a la más radical diferencia en raza, idioma, costumbres y religión, comparada con la masa de la población anglosajona, celta y tudesca. El Italian town y China town, ocupan barrios al Sur, en la parte comercial de la ciudad. Atravesando el barrio italiano, se atraviesa una ciudad de Nápoles o Sicilia, o algunos barrios de Buenos Aires. La clase de comercio y de industriad, la tonada nasal, los enjambres de pilluelos (mejor vestidos que los nuestros), todo nos recuerda y nos reproduce escenas de la Boca. Me aseguraba el guía que nacían diariamente más americanitos en el barrio italiano que en todo el resto de la ciudad. Viven en este barrio más de 100.000 italianos.
        El China town es una de las curiosidades de Nueva York. Es un barrio de Pekín o Cantón transportado íntegro. La población, restaurants, teatros, templos, el comercio y todos los artículos en venta, son chinos. En sus restaurants os sirven, en pequeñísimos platos de porcelana, aletas de tiburón, nidos de golondrina y una especie de fideos, todo mezclado con dulces y golosinas. En los teatros, una orquesta de cobres y gongs acompaña el canto o los gritos de dos o más artistas, que se disputan durante una hora, y se sientan para ceder su lugar a otra pareja, que renueva los dúos interminables de algún Wagner chino. Cada noche, de ocho a once, sólo se desarrolla un acto o un cuadro del drama, que dura quince días o un mes, cuyo argumento es, generalmente, la vida y aventuras de algún héroe o heroína. Se pueden visitar sus templos, que son, al mismo tiempo, casas de negocios de los sacerdotes, que venden toda clase de objetos benditos, ante la inmóvil presencia de un monstruo en cuclillas, adornado de infinidad de pequeños objetos de marfil y plata, ofrendas y promesas de los fieles. Ahí se consulta el oráculo y se dice la buena ventura por medio de pequeñas fichas de marfil. En los bazares se obtienen todos los variados y curiosísimos productos del arte chino. Es un pueblo apasionado por el juego, y aunque vigilados por la policía, el guía os señala multitud de casas en cuyo interior se entregan al juego de las treinta y seis bestias, padre de la ruleta, y al vicio embrutecedor del opio. Se calcula que habitan en este barrio como 10.000 chinos.
        Las demás grandes ciudades de la Unión imponen, pero no seducen. Son, sobre todo y ante todo, ciudades industriales, y la conveniencia industrial prima sobre toda otra consideración. En Chicago, las chimeneas de sus fábricas de acero, surgen en el centro mismo de la ciudad, y la grande y famosa fábrica de locomotoras de Baldwin ocupa cuatro manzanas en el centro de la ciudad de Filadelfia, la tercera ciudad de la Unión. Todas estas grandes fábricas queman el carbón bituminoso, mucho más barato que la antracita de Pensylvania, y en esa atmósfera sucia, espesa y pegajosa, hay que renunciar a todo aseo exterior.
        Chicago es una inmensa usina, el centro de mayor movimiento de trenes y de vapores de los lagos: su crecimiento es prodigioso, y su empeñoso esfuerzo por mayor cultura es visible en sus museos, universidades y colegios. Su State Street, principal avenida, ostenta las tiendas más grandes y lujosas de la Unión; pero, sobre todo, domina el ruido y el humo de la fragua y la atmósfera del Packing Town, donde funcionan los colosales mataderos que abastecen de carne a una gran parte de la Unión y nos disputan el mercado inglés. Posee establecimientos industriales que son pequeñas ciudades, como la fábrica de carruajes de ferrocarril de Pullman, o la Harvester Co., la más enorme fábrica de máquinas e instrumentos agrícolas que existe, y, sobre todo, la fundición de acero, el Illinois Steel Co., con parte de sus hornos situados en el centro de la ciudad, y que ocupa 10.000 obreros.
        Chicago es la ciudad cosmopolita por excelencia, aún más que Nueva York, que es el puerto de entrada de la corriente inmigratoria. Según el último censo de 1900, su población se componía de 350.000 americanos nativos, más 600.000 alemanes, 250.000 irlandeses, 190.000 ingleses y escoceses, 180.000 escandinavos, 100.000 polacos y rusos, 90.000 bohemios y 30.000 italianos. Se publican diarios en diez idiomas y se habla, por agrupaciones de más de 10.000 personas, catorce idiomas distintos.
        De esos hombres, nacidos en suelo extraño, hay que recordarlo como lección para nosotros, un 80 % son ciudadanos americanos naturalizados, cuyo sentimiento nacional en nada le cede al de los nativos. Son sus votos los que acaban de dar el triunfo al programa imperialista del partido republicano.
        Entretanto, ¿cuándo cruzó por la mente de esos millares de alemanes, ingleses, franceses, italianos o españoles, arraigados hace años en nuestro país, donde han formado fortuna, hogar y familia argentina, vincularse definitivamente a nosotros y hacerse ciudadanos argentinos? ¡Nunca! Algo más. Si alguien se resolviera a cumplir con ese deber para con su nueva patria, incurriría en la reprobación y menosprecio de sus compatriotas.
        Es un hecho humillante para nosotros, y, sin embargo, no tenemos tal vez derecho de reprocharles su ingratitud y su egoísmo; porque, al fin, ¿qué ganarían con hacerse ciudadanos argentinos? ¿Derechos civiles? Los gozan todos. ¿Garantías? Las tienen mayores como extranjeros, porque, en caso de tropelía, tienen un recurso por ante sus legaciones. ¿Derechos políticos? Pero, ¿qué aliciente puede ofrecerles, ni qué esperanza pueden tener de ejercerlos útilmente en un país donde no existe, en la práctica, el sufragio libre, y donde los mismos nativos no votan, porque no se les permite votar o porque su voto no es respetado? Entretanto, un país de inmigración, donde el inmigrante se conserva extranjero, es un país que tiene que ser debilitado en su sentimiento nacional, que es lo que da vigor y nervio a un gran pueblo.
        Volvamos a Chicago, para despedirnos de esta ciudad típica americana que refleja el enorme progreso de este pueblo. Tiene apenas cincuenta años de existencia, edificada sobre un pantano que hubo que rellenar en más de dos metros, y arrasados por un incendio sus edificios primitivos de madera, resurgieron de piedra, y tiene hoy 1.700.000 habitantes, un comercio de 2.000.000.000 de dólares y fábricas que producen por valor de novecientos millones de dólares al año; universidades, colegios, espléndidas bibliotecas, museos de arte e historia, fundados y sostenidos por la munificencia de sus millonarios.
        Las demás ciudades del Oeste son pequeños Chicagos, lo que hace monótona su descripción, y las pasaremos por alto para detenernos en Washington, la metrópoli oficial y social de la Unión. No es ciudad industrial, lo que la libra de la incómoda vecindad de las fábricas. Trazada a piacere, sus calles y avenidas semejan una rueda puesta sobre un damero; los cuadros del damero los forman calles anchas y bien pavimentadas, y los rayos de la rueda son las grandes avenidas bordeadas de árboles traídos del bosque vecino, cuyas copas llegan ya a unirse, formando una bóveda de verdura. El eje es el famoso Capitolio, que, comenzado cuando la Unión no era mucho mayor que lo que es la Argentina hoy, fue trazado desde el principio en sus actuales dimensiones, demostrando así que este pueblo tuvo siempre la íntima conciencia de su futura grandeza. Se terminó a los treinta años, con un costo de 16 millones de dólares, hoy aloja a la Cámara de Diputados, el Senado y la Suprema Corte de una Nación de cerca de 80 millones de habitantes.
        Washington será una de las ciudades más hermosas del mundo, pues tiene para ello todo lo que puede desearse. Su trazado es perfecto, está situada en un pedazo de tierra privilegiada, en el corazón del primitivo bosque americano, con sus árboles seculares, suelo sinuoso, atravesado por corrientes cristalinas, y teniendo por marco el pintoresco Potomac. Todo el trabajo del hombre se reduce a trazar y conservar los caminos y construir puentes, y se tiene el parque más vasto y más hermoso de los Estados Unidos, lo que importa decir del mundo. El Congreso se muestra pródigo para el embellecimiento de la ciudad, y los grandes edificios construidos, en construcción o proyectados, harán de ella la ciudad de los grandes palacios. Sus millonarios, sobre todo, cuando alcanzan el honor de ocupar una banca en el Senado, que es su gran aspiración, se sienten obligados a construir sus hoteles, que rivalizan entre sí en importancia y lujo arquitectónico. Al hablar de los grandes edificios públicos de Washington, hay que hacer una mención especial de la biblioteca del Congreso, vasto edificio de piedra, estilo Renacimiento italiano. El interior es suntuosamente decorado con mármoles de color, mosaicos, pinturas y esculturas. Forma cuatro grandes cuerpos y una vasta cúpula central dorada, bajo la cual hay una soberbia sala de lectura. Contiene ya 1.100.000 volúmenes, 100.000 manuscritos, 360.000 piezas de música y 70.000 mapas. Ha costado más de 6.000.000 de dólares. Debe también mencionarse el gran Museo Nacional -Smithsonian Institution- la oficina de patentes, el más colosal museo industrial, donde se depositan los modelos de todos los inventos, donde se puede seguir la historia del desarrollo de la maquinaria moderna en sus infinitas aplicaciones, y admirar la inagotable iniciativa americana; el edificio ocupado por la oficina de pensiones, que hace honor, por sus enormes dimensiones, a la enorme partida del presupuesto que le está asignada; y, por último, la tesorería y ministerios que rodean la Casa Blanca. Sólo ésta recuerda la modestia de los primeros tiempos y se conserva tal como la inauguró el Presidente Adams, en 1800. Es un edificio de dos pisos, de piedra pintada de blanco, con un sencillo pórtico, estilo jónico, rodeado todo de un hermoso parque. Es la casa privada del Presidente, y el público sólo puede visitar los grandes salones de recepción. Últimamente, el Presidente McKinley, hizo agregar una nueva ala frente a los ministerios del Interior y Guerra, que nada aumenta la belleza de la mansión, y la destinó a despacho oficial del Presidente. Se proyectan grandes obras y mejoras, entre otras, la expropiación de todos los terrenos sobre el costado Sur de la Avenida Pennsylvania, que va desde el Capitolio hasta la Casa Blanca, para destinarlo todo a jardines y edificios públicos, uno de los cuales ya está construido, la casa de correos, y se construye la casa municipal.
        El Gobierno municipal de la capital corresponde al Presidente y al Congreso, y los servicios comunales están confiados, por una ley, a tres comisionados ejecutivos que proyectan todos los impuestos y presupuestos, los que son votados por el Congreso. Cada Cámara tiene una comisión especial encargada de los asuntos del distrito federal de Colombia. Las rentas municipales alcanzan a más de 5.000.000 de dólares, y el Congreso agrega otra suma igual de la renta nacional; de manera que el presupuesto municipal de esta pequeña ciudad de 300.000 habitantes, alcanza a más de 11 millones de dólares, en cuya suma van incluidas, naturalmente, las obras públicas.
Washington no es sólo la metrópoli política, sino también la social de la Unión. A una hora de Baltimore, tres de Filadelfia, cinco de Nueva York, reúne durante todo el período de sesiones a los hombres políticos y sus familias, con un gran cuerpo diplomático y todo el personal oficial; durante los meses de invierno y primavera, es centro de permanente actividad social. Los millonarios de todos los Estados, especialmente del Oeste, se hacen un deber en edificar allí sus palacios. Con los primeros anuncios de verano, esa sociedad se dispersa, pues Washington goza en verano una temperatura tropical, mientras que en invierno se puede patinar y andar en trineos sobre el hielo de sus lagos o la nieve de sus paseos.
En aquella estación, la sociedad y cuerpo diplomático buscan las orillas del Atlántico, Newport o Atlantic City; el Presidente y Ministros se retiran a sus casas de campo, el Congreso entra en receso y queda la administración confiada a sus secretarios y jefes de oficina, y la ciudad librada a los empleados y a su población de color, a quien la temperatura no ofende. En esta ciudad, con una población de 300.000 habitantes, hay más de 90.000 negros. No obstante esta enorme proporción, se puede observar algo que revela la profunda separación de las dos razas, a pesar de vivir en la mayor armonía aparente: el número de mulatos es sumamente escaso y sólo se les ve por excepción.
En San Luis visité detenidamente la gran Exposición. Hay entre San Luis y Chicago, como entre otras ciudades de la Unión, una rivalidad profunda. Chicago había realizado una exposición y era necesario que San Luis realizara otra mayor. La ocasión se presentaba, pues había que celebrar el centenario del más grande acto político de Jefferson, la compra a Napoleón, por un plato de lentejas, del inmenso territorio de la Louisiana, que consagró la unidad de la gran Unión, le abrió el camino hasta el Pacífico y le dio el dominio casi absoluto de todo el Continente. La exposición fue decretada y se resolvió que sería the greatest in theworld, y la más grande exposición habida ha sido, en cuanto al área y magnitud de edificios. El esfuerzo ha sido enorme y ha costado más de 30 millones de dólares.
        El primer gran premio de honor ha debido acordarse a los que trazaron el plano de la exposición y a los arquitectos, la mayor parte americanos, que proyectaron los edificios, notables por su belleza arquitectónica en sus enormes dimensiones. Ellos eran dignos de recibir y exponer a la admiración pública todas las obras más perfectas del arte, industria o ingenio humano, y en este respecto, la exposición ha sido, no sólo la más grande, sino la más hermosa de las habidas hasta hoy. Por la noche, su iluminación era absolutamente fantástica. Desde la cumbre de la torre de la telegrafía sin hilos, sistema Forest, de 200 metros de altura, la vista de todos estos palacios y jardines, cubiertos de centenares de millares de luces eléctricas, que cambiaban continuamente de color, rojo, blanco y azul, colores de la bandera de los stars and stripes, ofrecía un espectáculo difícil de olvidar.
        Desgraciadamente, el concurso público y mundial no respondió al gran esfuerzo. Los grandes industriales de todo el mundo empiezan a renunciar a las exposiciones, porque el provecho no responde al sacrificio, pues su propaganda se hace hoy por tantos medios y con tanta facilidad, que todos los productos de la gran industria son universalmente conocidos. Se notaba fácilmente que todas las Naciones habían aceptado la invitación por cortesía, y habían enviado apenas lo bastante como para no hacer un papel desairado. Sólo el Japón hizo un despliegue admirable de todas sus industrias y de su arte original. Concurrió en todas las secciones, y era la nota saliente. En cuanto a nosotros, lo exhibido está bien lejos de dar una idea de nuestro progreso industrial, pero, felizmente, ese poco había sido confiado a un grupo de argentinos que supieron suplir la deficiencia y la escasez de recursos con una contracción y un celo que salvaron el crédito nacional. A la comisión argentina debemos, pues, el triunfo relativo, industrial y artístico que hemos conseguido.
        La Exposición no ha sido un éxito como resultado general, ni podía serlo. Para estos cuadros se necesita un gran marco. Una exposición en París o Londres, tiene como marco esas grandes capitales. San Luis es una gran ciudad industrial sin atractivo alguno, y el infeliz extranjero que visitaba la Unión, después de recorrer, durante tres o cuatro horas, esos inmensos palacios y jardines, necesitaba reposo y le sobraban veinte horas cada día, sin tener en qué emplearlas. Las distancias eran enormes: del centro de la ciudad a la exposición, había dos leguas; los medios de locomoción escasos y la vida en general ridículamente cara.
        La inmensa mayoría de los visitantes eran americanos venidos de todos los Estados, y para esos millones de visitantes la exposición ha tenido una verdadera utilidad, pues ha sido una lección práctica de objetos, que ha ensanchado enormemente sus ideas sobre la geografía física y comercial del mundo. Uno de sus detalles más curiosos, fue, sin duda, la exposición de los filipinos. Era una reproducción, en pequeño, de aquellas islas y aquel pueblo, sus habitaciones, sus usos y costumbres, industrias y útiles agrícolas, y grupo de todas sus razas indígenas, con sus aldeas o habitaciones, sus armas y sus útiles. Había allí, desde los grandes igorrotes, que se paseaban en su traje habitual y sencillísimo, pues se reduce a un escasísimo taparrabo, ostentando al aire libre sus robustas formas, hasta los “negritos”, enanos negros, perfectamente formados, que parecían jóvenes adolescentes, y que nos fueron presentados como padres de numerosa prole. Hay cuarenta razas indígenas distintas, que hablan dialectos diferentes, entre los cuales no hay contacto ni unión, y suman algunos millones, distribuidos en las innumerables islas del Archipiélago. La parte culta, de origen malayo y español, es sumamente inteligente, y tuve ocasión de conocer a varios filipinos, directores de la exposición, distinguidos por su inteligencia e ilustración, y tuve el placer de ver el hermoso mármol del distinguido doctor Pardo de Tavera, residente en la República Argentina, que fue pedido a los expositores de nuestro país, para ser exhibido en la sección artística filipina, donde atraía la atención pública y mereció una de las más altas recompensas. Al frente de la exposición filipina tuve el gusto de ver al sabio señor Niederling, que del servicio del Gobierno argentino pasó al del Gobierno americano, el que hoy utiliza su saber y su laboriosidad en la administración de las islas Filipinas.
        El desarrollo industrial en Estados Unidos es verdaderamente fenomenal, pues en medio siglo ha adquirido tal magnitud, que ha alarmado seriamente a las grandes y viejas naciones industriales que hasta hoy monopolizaban el comercio mundial. Verdad, es, como ya lo he dicho, que todo ha favorecido y contribuido a este progreso: tanto la prodigalidad de la Naturaleza como la índole y la energía de este pueblo.
        Me detendré en un detalle, que es también clave del rápido progreso mencionado.
        El origen de la gran potencia industrial de Inglaterra, se ha atribuido siempre, y con razón, a su riqueza natural en minas de carbón y de hierro. Fue de las primeras en explotarlas, y de esas explotaciones surgieron las grandes fábricas con su poderosa maquinaria, sus caminos de hierro, su navegación a vapor, todo, en fin, lo que constituye su potencia industrial. Ese carbón y ese hierro yacían ocultos en las entrañas de la tierra, donde había que descender, con gran costo, ingrata labor y serio peligro para desentrañarle.
        Entretanto, los Estados Unidos encontraron a pequeñas profundidades inmensos depósitos de carbón, que, aunque inferior en calidad, era de fácil extracción, perfectamente adaptable a los usos industriales y de un costo mínimo. Con este carbón y con hierro extraído de sus minas, se inició el movimiento industrial. Un día se anunció que en el Estado de Minnesota, a veinte leguas al Norte del Lago Superior, había “campos de hierro”, donde sólo había que encorvarse para recoger el mineral. Lo que se creyó un bluff yanqui, resultó exacto. En una extensa zona de las colinas del Mesati, bajo una delgada capa de humus de algunos pies de espesor, yacía un inmenso yacimiento de mineral de hierro, riquísima hematita que presentaba el aspecto de un depósito de gruesa arena rojiza. Este mineral, en vez de correr en vetas perpendiculares, hasta grandes profundidades, como en todas las minas conocidas, yacía en inmensas capas horizontales de veinte hasta setenta metros de profundidad. Para extraerlo, sólo había que remover la capa de humus y cargarlo con palas, como si fuera arena.
        Su explotación empezó sin demora. Se instalaron grandes excavadoras mecánicas a vapor, y se tendieron rieles hasta Duluth, el vecino puerto sobre el Lago Superior. Hoy día, nueve hombres, con excavadoras monstruos, que levantan cinco toneladas en cada golpe de palanca, pueden cargar en tres horas, un tren de cincuenta enormes vagones, con 4.500 toneladas de mineral, a un costo de veinte centavos oro la tonelada, mineral que es conducido al puerto de Duluth, cargado allí en enormes chatas a vapor y llevado por agua a Chicago, Detroit, Toledo, Cleveland. Es recibido por las grandes usinas o por los ferrocarriles que lo llevan, en pocas horas, a Pittsburg, centro de la región carbonífera. En estas condiciones, el costo del mineral es mínimo y permite a las fábricas de acero del gran trust competir con todos los productores del mundo. Para tener una idea del desarrollo de esta industria, bastará decir que, hace doce años, cuando se inició la explotación, se extrajeron, en el año, de las colinas del Mesati, en Minnesota, 4.200 toneladas, y el año pasado se recibieron en el gran puerto de Duluth, de esa procedencia, 13.000.000 de toneladas. La sexta parte de todo el mineral de hierro explotado hoy en el mundo, proviene de esos depósitos, desconocidos en 1890.
        La importancia de este descubrimiento para el progreso industrial de los Estados Unidos, ha sido enorme. Han llegado a ser los mayores productores de hierro y acero del mundo. Su exportación de artículos de hierro y acero ha crecido, desde 1892, de 25.000.000 a 120.000.000 de dólares anuales. El acero barato ha permitido a todos sus ferrocarriles sustituir sus rieles livianos por pesados rieles de acero, mejorando y aumentando inmensamente el tráfico. Vagones, durmientes, puentes, chatas, buques, edificios y todo lo que, antes se ha construido de madera y piedra, hoy se construye de acero, más sólido y más barato. Es hoy un axioma en este país, que la revolución industrial, causada por estas minas, fue uno de los principales factores en el renacimiento de la prosperidad comercial e industrial de los Estados Unidos, después del pánico y enorme depresión de la crisis de 1893.
        Si a ventajas como ésta se agrega que los estadistas americanos tuvieron la previsión de reservar, por medio de sus tarifas proteccionistas, el mercado interior, para la industria nacional, el crecimiento industrial viene a ser fenómeno natural y fatal. La población de Estados Unidos alcanza a 80.000.000, todos hombres de trabajo, que ganan y consumen mucho más que cualquier otra agrupación humana de igual número. Para atender a las necesidades de esta agrupación, se necesita una producción enorme, y si se concede a la industria nacional el monopolio de esa provisión, su desarrollo tiene que ser forzosamente colosal.
        Contra esas tarifas proteccionistas se han descolgado grandes financistas de gabinete; pero a todas esas doctrinas que, casi dogmáticas hoy, resultan falsas mañana, los Estados Unidos oponen el hecho. No debe ser tan venenoso ese alimento, cuando, tomado en cantidades tal vez exageradas, ha producido un desarrollo sano, vigoroso y robusto.
        Se observa que esas tarifas encarecen enormemente el costo de la vida. Es exacto; pero a eso responden los americanos que, donde, el costo de la vida es elevado, es elevado también el producto del trabajo, y una cosa compensa la otra, y que el costo de la vida está siempre en relación con la riqueza nacional. La afirmación suena como una paradoja; pero el hecho es que la Nación, donde la vida es más cara, es los Estados Unidos, viniendo en seguida Inglaterra y Francia, y después las demás Naciones, en proporción siempre, con excepción de Bélgica, con su riqueza nacional. En la Argentina es más cara la vida que en cualquier otra República sudamericana, y en Buenos Aires más que en Córdoba, y en Córdoba más que en La Rioja.
        Todo esto prueba que estas cuestiones son muy complejas y que es peligroso querer explicarlas con teorías abstractas o afirmaciones dogmáticas.
        Hace veinte años, los ferrocarriles no podían sostener la comparación con la mayoría de los europeos, sobre todo en lo que se refería al confort del viajero. Ha sido siempre principio de ingeniería americana, sobre todo en construcción de ferrocarriles, que su primer establecimiento debería hacerse al menor costo posible. Se limitaban a colocar los rieles en el suelo, ligeramente nivelado, cruzar las corrientes con puentes improvisados, construir estaciones de madera y abrir la línea al tráfico. Se fundaban en que estos ferrocarriles ligeros bastaban para explotar los nuevos territorios y crear en poco tiempo riqueza bastante para poder rehacerlos más tarde en condiciones definitivas. Todas las construcciones americanas tenían así un carácter provisional. Eran teorías de pueblo nuevo, en contraposición a la escuela de ingeniería inglesa, que prefiere construir desde un principio, a todo costo, una obra definitiva, para lo que se necesita disponer de un enorme capital que los americanos no tenían.
El tiempo ha probado el acierto de los ingenieros americanos. Aquellos ferrocarriles económicos de vía simple, rieles livianos de hierro, sobre durmientes de pino, con puentes provisionales de madera, en los que el viajero llegaba sacudido y dolorido por el movimiento y sofocado por la tierra, que entregaron al trabajo y a la industria las inmensas regiones del Oeste y llegaron hasta la costa del Pacífico, cumplieron su misión y contribuyeron a crear riquezas y capitales que han servido después para renovarlos en su totalidad. Hoy, las vías están enlastradas con piedra, la vía sencilla se ha convertido en doble y hasta cuádruple, los rieles livianos de hierro han sido reemplazados por pesados de acero; y sobre ellos corren hoy colosales locomotoras de 200 toneladas, como las expuestas por la línea Pennsylvania, en la exposición de San Luis, con el infaltable cartel que las proclamaba the greatest in the world.
        En esas líneas se viaja hoy con todo el confort deseable y sin fatiga y sin tierra, a una velocidad media igual a la de los ferrocarriles ingleses. Sus parlor cars son más confortables que los carruajes europeos, pero no así sus dormitorios Pullman, que establecen una comunidad y una intimidad entre los pasajeros, sólo soportable para las costumbres americanas.
        La administración de las líneas deja mucho que desear, y a sus deficiencias deben atribuirse los continuos accidentes cuyas fatales consecuencias adquieren ya proporciones increíbles. Según estadísticas últimamente publicadas, los accidentes de ferrocarril, en los Estados Unidos, han ocasionado, en el último año, 72.000 víctimas entre muertos y heridos. La opinión empieza ahora a agitarse ante tan terribles cifras, pero aun nada se ha hecho para poner remedio a esas verdaderas hecatombes. Tienen los Estados Unidos, actualmente, en explotación, 350.000 kilómetros de ferrocarriles, propiedad todos de compañías particulares, con un capital total de 140.00.000 de dólares. Representan las dos quintas partes de todos los ferrocarriles del mundo. Estas líneas se han unido en grupos o sistemas, por regiones, y algunas compañías, como la de Pennsylvania, contralorean ya más de 18.000 kilómetros de vía.
        Casi la totalidad de los viajeros son americanos, que conocen las costumbres e itinerarios; los empleados del ferrocarril no se preocupan del viajero, que debe cuidarse a sí mismo. Los trenes parten sin aviso previo, nadie anuncia las estaciones a que se llega ni da información alguna. El extranjero ignorante de las costumbres y que no hable inglés con claridad, es hombre perdido, si no encuentra algún alma caritativa que lo auxilie.


TERCERA CARTA
Diciembre 25 de 1904.

        La corriente inmigratoria que ha formado a ese coloso, continúa aumentando la ya enorme población. El año pasado ha recibido 800.000 inmigrantes. ¿Cuáles son las causas de esta preferencia marcada de los inmigrantes europeos, desde los escandinavos hasta los sicilianos, por los Estados Unidos? La razón fundamental es que los salarios del obrero son mayores en Estados Unidos que en cualquier otra nación. Son mayores que los del obrero inglés, que es el mejor pagado en Europa, y muy superiores a los del obrero italiano, alemán o francés. Se alega que, en compensación, el costo de la vida es mucho mayor en Estados Unidos que en Europa, lo que es exacto con relación a las clases sociales más acomodadas, pero no con relación al obrero. Las primeras necesidades de la vida -alimento y habitación- no son más caras en Estados Unidos que en Europa; por el contrario, puede afirmarse que son de mejor calidad por el mismo costo. Lo que hace cara la vida en Estados Unidos, es el costo del artículo manufacturado, nacional o importado; pero de estos artículos hace poco consumo el obrero, sobre todo el inmigrante. El obrero americano vive bien, procura el mayor confort para su familia y envía sus hijos a la escuela -me refiero, naturalmente, a la mayoría- e invierte así todo su salario, que, a pesar de ser elevado, apenas basta para sostener ese nivel de vida.
        No sucede lo mismo con el inmigrante que llega, habituado a una vida más frugal y económica, lo que le permite economizar una suma importante sobre el elevado salario corriente, y aun trabajar con provecho por un salario menor. Es éste el gran atractivo que tiene hoy este país para la inmigración europea, además del menor costo del viaje, y será inútil pretender que se dirija hacia nuestras playas mientras no podamos ofrecerle los salarios que recibe aquí, a menos que la oposición creciente que aquí se nota llegue a cerrarle la entrada y obligarla a desviarse hacia otras partes; en cuyo caso es indudable que seremos nosotros los preferidos por la mayoría.
        Comparada la situación del obrero aquí y en la República Argentina, tenemos que gana aquí mayor salario, que goza el régimen de las ocho horas que ha sido establecido para toda obra pública o empresa que contrate con el Gobierno y que se está extendiendo prácticamente a casi todas las industrias en virtud del salario por “hora de trabajo”. Un simple “bracero” gana en Estados Unidos de 15 a 20 céntimos oro por hora de día. El trabajo de noche o en día de reposo, cuando la naturaleza de la industria o circunstancias extraordinarias lo exigen, se paga 20 ó 30% más. El salario aumenta en proporción a la mayor habilidad requerida. El alimento es más barato en la Argentina, la habitación mejor y más barata en Estados Unidos y los artículos manufacturados generalmente más caros en Estados Unidos; de manera que el costo de la vida es, en resumen, mayor en Estados Unidos, sobre todo si se quiere vivir con cierto confort.
        
Pero, por grande que sea el desenvolvimiento industrial de los Estados Unidos, es indudable que esta oferta anual de 800.000 nuevos brazos, entre los que vienen los mejores artesanos de Europa, tiene que ejercer influencia sobre el valor de los salarios, tanto más, cuanto los nuevos obreros son, en los primeros tiempos, menos exigentes y no forman parte de los cuerpos organizados a los que hacen concurrencia; todo lo que explica la exigencia de las organizaciones obreras americanas para que se restrinja, en cuanto sea posible, la inmigración.
        A esta oposición de los obreros se une otra de las clases superiores, que se funda en razones muy distintas. Como muchos americanos, de origen sajón, pretenden que la causa de la prosperidad y grandeza de su país es debida a las cualidades exclusivas de la raza, sostienen éstos que, si se permite la inmigración de hombres de otras razas, sobre todo del sur de Europa, en las proporciones que hoy llegan, esas grandes cualidades nativas van a disminuir, y en un siglo más habrá desaparecido ese tipo original del americano que fundó y formó esta gran Nación.
        No entraremos a discutir esta pretensión, ni a estudiar si una infusión de sangre latina no será más bien ventajosa y tal vez necesaria para este pueblo, sobre todo en estos momentos en que empieza a cincelar su colosal obra y a rendir su tributo a las ciencias y a las artes, que son la expresión más elevada de la civilización y cultura de un pueblo; pero, sea o no equivocada, el hecho es que existe y muy extendida, y unida al interés económico o egoísta de la población obrera, fomenta la creciente tendencia a limitar la inmigración, que, por otra parte, tiene que hacerse cada día menos necesaria.
        Las leyes actuales son ya bastante estrictas sobre las condiciones requeridas en el inmigrante, y su efecto se percibe con sólo observarlos a bordo de los grandes trasatlánticos. El día antes de la llegada al puerto de destino, empieza una gran actividad higiénica entre los pasajeros de tercera, baños, afeites y limpieza general. Al llegar a puerto se visten con camisa blanca y traje nuevo, especialmente reservado para la ocasión. Al fondear, sube a bordo el inspector de inmigración, quien se encuentra con viajeros irreprochablemente vestidos, algunos hasta con sombreros de copa alta; las mujeres, peinadas y ataviadas con moños y plumas. El examen es prolijo sobre su estado higiénico y sanitario, y cuando éste es satisfactorio, son embarcados todos en un vapor del Estado y llevados a una pequeña isla, donde tienen que mostrar sus papeles y recursos pecuniarios, a satisfacción de los inspectores, antes de que se les permita desembarcar. Cualquier inmigrante rechazado es devuelto al buque conductor, que debe repatriarlo.
        Es posible que las trabas aumenten, pues se ha propuesto ya excluir a los analfabetos, y como el suelo empieza a saturarse, y la oferta de brazos puede llegar pronto a ser mayor que la demanda, tendrá entonces la corriente que dirigirse a otras tierras más desiertas. Me preguntaba el Presidente Roosevelt, ¿por qué no teníamos más inmigración?, y le contesté que, porque en esto, como en todo, ellos se adjudicaban la parte del león, y que sólo cuando juzguen tener bastante y cierren sus puertas, nosotros tendremos que ensanchar las nuestras. Se sonrió y me contestó que, tal vez, el día no estaba muy distante en que eso sucediera.
        El problema de la conciliación del capital y el trabajo, preocupa hoy al mundo entero, y es, sin disputa, el más grave de los que tendrá que resolver el siglo XX.
        Hace apenas un siglo que los derechos del obrero eran ignorados. Su misión y su deber eran trabajar en silencio bajo el imperio tiránico de su patrón. La murmuración era castigada y la huelga era un crimen. La Revolución francesa, que proclamó los derechos del hombre y la igualdad y la fraternidad democrática, calificaba como un delito la asociación de obreros.
        Pero lo mismo que, después de siglos de lucha, los hombres han conquistado sus derechos políticos y hecho del gobierno propio y de la igualdad política principios universalmente reconocidos y respetados en la organización de los pueblos, la clase obrera, en menos de medio siglo de lucha, ha conseguido ya que sus derechos sean reconocidos y respetados. Dos hechos han influido en este rápido triunfo. El primero ha sido el sufragio universal. Al darle a todo obrero voto, se le dio influencia, en algunos casos decisiva, en las contiendas políticas, y se obligó a los gobiernos y a los partidos a tenerlos en cuenta y a atender sus quejas y reclamaciones. Su primer triunfo fue la abolición de la antigua tiránica legislación y el reconocimiento de su derecho a unirse y organizarse, y a trabajar o no trabajar. Desde ese día, los patronos se encontraron frente, no a obreros aislados, débiles e indefensos, sino a corporaciones sólidamente organizadas, y muchas veces hábilmente dirigidas, que reivindicaban los derechos del trabajo sobre los productos de la industria. Gracias al poder político del voto y al poder económico de la organización del trabajo, la situación del obrero ha cambiado radicalmente. Ya no es el siervo que obedecía y callaba ante el patrón; hoy es su igual, desempeñando cada uno su tarea especial en el esfuerzo industrial común.
        Pero la lucha no ha terminado todavía. El capital y el trabajo chocan aún en actitud hostil, y doctrinas subversivas pretenden mantenerlos en dos campos profundamente separados y radicalmente enemigos, dividiendo la sociedad en una lucha de clases, que sólo debe terminar con el exterminio de una de ellas. Las organizaciones, en uno y otro campo, tienen un carácter ofensivo o defensivo, que revela la desconfianza o enemistad recíproca, y las huelgas, cierres o suspensión de trabajo (lock-out stop-day), son choques entre esas dos fuerzas, en las que el capitalista, el obrero, la industria en general, pierden millones, fuera de las miserias que ocasionan. En las dos últimas grandes huelgas de los Estados Unidos —la del carbón y la carne, en Pennsylvania y Chicago— los obreros perdieron 7.000.000 de dólares en salarios, la industria en general 70.000.000, y se calcula que, en los últimos cincuenta años, las huelgas y cierres cuestan a la industria nacional más de 450.000.000 de dólares.
        Combatir este antagonismo, demostrar que siendo los productos de la industria el resultado del esfuerzo combinado del trabajo y del capital, debe corresponderle a cada uno, en su distribución, una parte estrictamente proporcional a lo con que cada uno haya contribuido a su creación, estableciendo así, entre el obrero y el industrial o capitalista, no la relación de dependencia que hoy existe entre el patrón y el servidor, sino la relación igualitaria entre socios en que cada uno aporta su energía contribuye, en proporción a sus medios, al resultado común, recibiendo en la misma proporción una parte del beneficio; ése es el gran problema social y legislativo que se debe resolver por el esfuerzo combinado y noblemente intencionado de los legítimos representantes de los intereses comprometidos.
        Es en Estados Unidos donde las fuerzas del trabajo están mejor, más completa e inteligentemente organizadas. En cada ciudad de la Unión, los obreros de cada industria, o de industrias conexas, forman su labor union. Todas estas uniones envían sus delegados a las convenciones de la Federación americana del trabajo, que reside en Washington, donde tiene sus oficinas centrales y su mesa ejecutiva, compuesta de un presidente, ocho vicepresidentes, un tesorero y secretario. Esta organización federal está regida por una constitución votada en una convención de todos los delegados, y cada año reúne, en distintas ciudades, una convención general, para discutir los intereses de la asociación. Cuenta hoy la Federación con más de 1.800.000 asociados. Cada uno de estos asociados paga a la caja central diez centavos oro por mes (fuera de las sumas con que se contribuye a su Unión particular), y de estos diez centavos, cinco son para gastos generales y de propaganda, y cinco van a fondo de reserva, para el caso de huelgas y cierres. En el caso de un conflicto entre una Unión local y un patrón, que puede motivar una huelga, la Unión local pone el hecho en conocimiento del presidente de la Federación, quien ordena una investigación y trata de conciliar a las partes. Si esto no hubiere sido posible, y el presidente considera que la queja de la Unión local es justa, convoca a la junta de la Federación obrera, quien estudia el caso y resuelve si debe o no recurrirse a una huelga. Sólo las huelgas aprobadas por la Federación reciben auxilio de los fondos comunes.
        Hay otras organizaciones independientes y hasta hostiles entre sí, como son los Caballeros del Trabajo. Hay además una inmensa masa de obreros que se niegan a incorporarse, porque temen, y en muchos casos con razón, pasar de la tiranía de los patronos a la de los directores, cuyos móviles o pasiones no están siempre inspirados exclusivamente en el bien de la clase obrera, y suelen sentirse demasiado propensos a apelar al recurso extremo de las huelgas, cuyas miserias y privaciones ellos no sufren.
        Por la constitución de la Federación Nacional de Obreros, está completamente prohibida toda afiliación política, ya sea republicana, democrática, socialista u otra. Proclaman, y con sabia previsión, que el obrero no debe vincular su voto a ningún partido político, sino darlo a aquellos candidatos que prometen, en cada caso, atender a las reclamaciones obreras. Comprenden que, llevando a las Cámaras un pequeño grupo de representantes directos, conseguirían apenas tener una pequeña minoría que sólo serviría para provocar la hostilidad de la mayoría; mientras que, con su acción independiente, se procuran la buena voluntad de todos los partidos y Gobiernos que cortejan sus votos.
        Tampoco han dado oídos a las doctrinas socialistas que, por otra parte, no han hallado eco alguno en los Estados Unidos, hecho perfectamente lógico y que prueba la sensatez de este pueblo. Me refiero, no a las doctrinas socialistas puramente teóricas y abstractas, bases de nuevas organizaciones sociales que, en la evolución de los siglos, deban reemplazar la organización actual por el cambio de los principios fundamentales en que hoy reposa, y en cuyo sentido todos somos socialistas, porque todos sostenemos algún principio de organización social y dedicamos a su estudio más o menos atención, sino a esto que ha dado en llamarse socialismo militante, que no es sino la lucha de clases, que divide a la sociedad en proletarios y burgueses, y declarando, como en el último Congreso de Amsterdam, que la lucha sólo cesará cuando se alcance el objetivo final, que es la desaparición de la clase burguesa, quedando en pie, debemos suponerlo, una sociedad compuesta exclusivamente de proletarios. ¿Cómo se arreglará entonces la división del trabajo? Es difícil decirlo, porque, al fin, si se quiere tener carbón será siempre necesario que alguien baje a la mina a sacarlo, mientras otros queden afuera dirigiendo la obra, proyectando los trabajos o distribuyendo el carbón, y es de sospechar que, si todos son igualmente proletarios, difícilmente se hallará quien acepte bajar a la mina.
        Los yanquis miran con instintiva desconfianza a esos declamadores seudoproletarios, que, al fin, no son sino burgueses, bien pagados y bien mantenidos, que quieren arrasar con todo; porque saben que nada hay más falso e inseguro que el jacobinismo político o social.
        Pero, admitiendo que esta lucha de clases tuviera su explicación en la vieja Europa, donde han existido durante siglos clases privilegiadas y clases desheredadas, opresores y oprimidos, es simplemente absurdo y anacrónico quererla importar a América, país de igualdad y de inmigración, donde no hay, ni ha habido, ni puede haber clases privilegiadas, donde casi todos han empezado por ser proletarios, donde sus millonarios de hoy fueron simples obreros ayer; hecho palpable y visible que se traduce en poderoso estímulo, en esa indomable energía con que todo trabajador americano busca abrirse camino y alcanzar la fortuna y el bienestar; energía que encierra el secreto de su progreso. Esto es igualmente cierto entre nosotros: una lucha de clases en la Argentina es un absurdo, pues el proletario de hoy puede ser un gran señor mañana, o viceversa, según lo quiera o lo pueda por sus méritos o su buena o mala fortuna. ¿Acaso casi todos los grandes industriales argentinos no han principiado por ser simples obreros? ¿qué diferencia de clases hay entre ellos y sus empleados? Ninguna; sólo puede haber una discusión de intereses, natural entre dos contratantes. Los yanquis no dan oído a esas teorías, huyen de los demagogos y exaltados, y sólo admiten al frente de sus corporaciones a obreros como ellos, que han mostrado mayor inteligencia e ilustración y mayor capacidad para dirigirlos.
        El problema, pues, que hay que resolver, es conciliar a todos los factores de la producción, colocarlos bajo pie de igualdad, someter sus relaciones recíprocas a convenciones o contratos preestablecidos, y someter sus diferencias y conflictos, como todo conflicto de derecho, a la justicia ordinaria, concluyendo con todas esas leyes de excepción o de privilegio, que no han hecho sino fomentar la división.
        Tuve ocasión de hablar largamente con el presidente de la Federación, un cigarrero; con el secretario general, un tipógrafo muy inteligente; con el general de los Caballeros del Trabajo, un mecánico sumamente ilustrado y moderado, y he podido observar que todos ellos, a pesar de la batalla en que están todavía empeñados, comprenden que la lucha debe cesar en obsequio de todos los intereses. Comprenden que el recurso extremo de las huelgas, sobre todo después de los resultados prácticos de las últimas del carbón y la carne, no conducirá a resultados definitivos y permanentes, y que, por el contrario, fomentando las poderosas combinaciones del capital, acabarán por dominar de nuevo, sobre todo dada la creciente divergencia entre las distintas organizaciones obreras y los elementos independientes que se resisten a toda organización.
        Una de las dificultades con que tropieza esta legislación, es que el Congreso no puede establecer bases generales, siendo materia de legislación de Estado, y apenas si ha intentado dictar una ley de arbitraje obligatorio, lo que será materia de discusión en las próximas sesiones del Congreso.



CUARTA CARTA
Diciembre 27 de 1904.

        Parecerá, sin duda, una petulancia pretender, en una breve jira de dos meses y medio, conocer una sociedad tan vasta como la de Estados Unidos y formar sobre ella un juicio cualquiera. Lo sería, sin duda, tratándose de cualquier otro pueblo, pero en éste, el viajero, para penetrar en las intimidades de la vida social, sólo necesita leer algunos diarios o revistas. En las crónicas que éstos publican, aparecen todos los incidentes de ocurrencia diaria, todos los potins, las murmuraciones, las intrigas, no como simples alusiones o insinuaciones más o menos veladas, sino con todos los detalles y nombres propios. Nada hay sagrado para un reportero social, quien penetra en los salones, en el hogar, hasta en la intimidad de la alcoba, interroga a los esposos, al servicio, a los amigos, y pone al público en conocimiento de todas sus informaciones. Hasta tal punto ha llegado el abuso del reportaje, que algunos de los millonarios americanos se han establecido en Europa, declarando expresamente que lo hacen para vivir tranquilos y libres de la tiranía reporteril.
        Pero, antes de hablar de las costumbres sociales americanas, es necesario hacer una prevención para evitar juicios precipitados e infundados. No es posible juzgar las costumbres de un pueblo con el criterio que nace de costumbres diversas. Un mismo acto puede tener un significado y una trascendencia muy distintos, según sean los convencionalismos, los usos y hasta las preocupaciones del pueblo donde ese acto se realiza.
        Tiene esto tal importancia, que, sentimientos que se creen entre nosotros como instintivos e inseparables de todo concepto de moralidad u honestidad, son desconocidos en otros países. Un distinguido marino francés, que había sido oficial a bordo del primer vapor que fondeó en el primer puerto japonés que se abrió al comercio europeo, me refería lo siguiente: como el Japón había vivido hasta entonces absolutamente cerrado a todo contacto, y privado de todo conocimiento de la civilización occidental, los marineros europeos se encontraron con un mundo absolutamente nuevo, y ellos y los japoneses, se contemplaban como deben haberse mirado los marinos de Colón y los habitantes del Nuevo Mundo. Paseando por la ciudad japonesa en un ardiente día de verano, llegaron los marineros franceses a un gran local cerrado por simples persianas de hilos de pajas y cuentas, donde veían entrar y salir numerosas gentes. Impelidos por la curiosidad, penetraron en el interior y se encontraron con una escena digna del paraíso, antes de la manzana. Era una inmensa pileta de agua fresca, que una fuente central renovaba. Hombres, mujeres y niños entraban, se desnudaban y se bañaban. Terminado el baño, se secaban, se vestían y seguían su camino. Resultaba de lo que veían, que el pudor, que para los occidentales era casi un instinto, era un sentimiento desconocido para esos orientales.
        La esposa de un embajador inglés fue admitida a visitar el harén del sultán de Turquía, y pudo entretenerse con las sultanas y grandes favoritas. Refería que en sus conversaciones con esas damas, éstas le preguntaron si era cierto que las señoras cristianas se presentaban, en las grandes fiestas, delante de los hombres, no sólo con la cara, sino con una parte del busto y los brazos desnudos. ¡Ante la afirmación de la embajadora, se mostraron escandalizadas!.
        Mucho se ha hablado de la libertad de que goza la mujer americana, y la tendencia en nuestras compatriotas es deducir consecuencias inexactas. Esas costumbres no son sino el resultado de la educación que recibe, y que la habilita para practicarlas con la plena y consciente responsabilidad que esa misma libertad le impone.
        La mujer americana es educada bajo los mismos principios que el hombre, y con el objeto de dotarla de los medios necesarios para cuidar de su propio destino. No es el ser débil, incapaz de defenderse que necesita ser constantemente vigilado y protegido, sino un miembro de la sociedad con sus derechos y sus deberes sociales, y cuyo porvenir dependerá de su propio mérito y esfuerzo. Es la igual del hombre, con la sola diferencia de la fuerza física; es su compañera y su camarada. La vida, en común, empieza en la escuela y continúa en todas las situaciones de la vida. Tiene abiertas todas las profesiones, todos los empleos y todas las ocupaciones en que no sea necesario vigor físico. Esto hace que la mujer americana, que no tiene padre, esposo o recursos propios para su subsistencia, se provea a sí misma por su trabajo desde la primera juventud, y conquiste su propia independencia.
        En las oficinas públicas, en las del comercio, en todas las artes manuales en que se requiere prolijidad y habilidad, la mujer halla preferente empleo. La generalización de la máquina de escribir ha creado la profesión de typewriter, escritora de máquina, ejercida casi exclusivamente por señoritas, cuya rapidez, para escribir al dictado, iguala a la de cualquier taquígrafo. En un reciente concurso, una niña escribió 23.000 palabras en un día. Todos los abogados, médicos, políticos u hombres de negocios, tienen su secretario, y, por cierto, el de un joven médico que tuve que consultar, era una encantadora y joven miss.
        Con esta educación y con el hábito de la vida en común, se suprime por completo la imaginación, que es el gran galeoto de nuestras costumbres, y se evita así toda trascendencia a la simple intimidad; y así se comprende que las señoritas americanas tengan sus amigos particulares, que su familia misma no conoce, camaradas con quienes pasean por los parques, juegan al tennis o van al teatro. En Washington podía observar a una hermosa criatura, heredera, según decían, de más de 20.000.000, llegar en su duc manejando una hermosa yunta de trotadores, a casa de un joven amigo, de apellido histórico, invitarlo y llevarlo a paseo por las espléndidas y sombreadas avenidas de Rock Creek Park.
        Consecuencia de estas costumbres igualitarias, es que la mujer haya perdido, en Estados Unidos, muchos de esos pequeños privilegios de que goza entre nosotros. En los trenes o tranvías no se conoce el completo, y se recibe a todo el que quiera subir y prefiera ir incómodo a esperar. Cuando una señora sube y halla todos los asientos ocupados, se queda parada, ningún hombre se mueve para cederle su asiento, a menos que sea algún extranjero o americano que haya viajado y adquirido hábitos que le hacen sentirse incómodo si ve una señora parada. La única atención que las señoras consiguen, es que los hombres se descubren si en un ascensor suben o bajan en compañía de una mujer.
        En cambio, en parte alguna del mundo es más respetada la mujer que en Estados Unidos, no sólo porque sabe hacerse respetar, sino porque la autoridad y toda la población varonil están ahí para imponer ese respeto. Sucedió en Washington que un joven argentino vio venir una hermosísima mujer, y al pasar no pudo resistir a su atavismo andaluz, y le dirigió una frase galante. La señora se detuvo, miró en torno, en busca de un policeman, le hizo seña para que se acercara y le denunció a nuestro joven compatriota por haberle faltado el respeto; lo que bastó para que fuera llevado a la comisaría. Allí concurrió más tarde la señora con su esposo, y nuestro joven pidió disculpas, declarando que no había tenido intención de ofender, que, en su país, esas frases eran casi un tributo obligado de admiración de la belleza, y que la dama lo había deslumbrado. La señora aceptó graciosamente la excusa, declaró que sabía que en otros países existían esas malas costumbres, y que creía que bastaba como castigo con la lección recibida, pues había sabido que nuestro compatriota era una persona distinguida; con lo que fue puesto en libertad, y, en seguida, en compensación del mal rato pasado, fue invitado a tomar un lunch con su hermosa y amable acusadora.
        Ahora bien: lo que suele perturbar la perfecta inocencia de estas costumbres, lo que denuncia las palpitaciones de la madre Naturaleza, que nunca renuncia por completo a sus derechos, es el flirt encarnado ya en la vida social americana. Empieza en el colegio, en las escuelas mixtas. Las jovencitas americanas que van a la escuela, con su atado de libros bajo el brazo, tienen ya su flirt, su estudiantito vecino, su camarada inseparable; que la acompaña a todas partes y comparte sus juegos. La miss, la viuda, la divorciada, que hacen vida social, flirtean por hábito. El flirt permite todo, menos lo irreparable. Es la esgrima del amor, es, con relación a la galantería, lo que un asalto es a un duelo. Los combatientes están bien cubiertos, los floretes con botón, y el choque suele ser, desde un ligero pase de armas, hasta un asalto recio, según el entusiasmo y la disposición de los combatientes. Naturalmente, suele suceder lo que sucede a veces en las salas de armas: una imprudencia o un florete que se rompe, produce una desgracia, pero eso es un simple accidente.
        Lo que evita también que estos asaltos con armas corteses produzcan más accidentes, es la legislación americana sobre el matrimonio y el divorcio. Uno de los defectos de la Constitución americana, es que no ha establecido, como la nuestra, la unidad de legislación, dejando a cada Estado el derecho absoluto de legislación en materia civil y criminal. Las leyes de la mayoría de los Estados facilitan enormemente la celebración del matrimonio. Basta en ellos que un hombre y una mujer se presenten ante un juez, le manifiesten su voluntad de casarse, para que éste, sin más trámite, los declare casados y les entregue su certificado.
        Dadas estas facilidades, el resultado es que, cuando en algunos de estos flirts se enardecen los combatientes y la situación se hace crítica, en vez de saltar el cerco, se dirigen tranquilamente al juzgado, firman el registro y regresan esposos ante la sociedad y la ley. Frecuentemente, los diarios dan cuenta de jóvenes parejas que, ya padres, elope, es decir, toman el tren o un automóvil para casarse, sin ceremonias y lejos de la familia, ante alguno de esos jueces.
        A esa facilidad de matrimonio corresponde la misma facilidad para divorciarse, y en muchos Estados basta presentarse ante los mismos jueces, declarar que han convenido separarse, para que se les acuerde el divorcio y queden ambos esposos libres para reincidir.
        Los diarios publican diariamente los numerosos casos de divorcio, y pocas lecturas hay más entretenidas.
        Estaba en Chicago, en momentos en que terminaba la feria de los tribunales.
        Todos los pedidos de divorcio presentados durante el receso se habían ido reservando, y el juez se halló, el primer día de audiencia, con 260 demandas. Separó las que le parecieron más sencillas, para darles preferencia, y el primer día concedió 90 divorcios.
        En estos juicios figuran todas las clases sociales. Hacía pocos meses que el acontecimiento social había sido el divorcio de dos matrimonios jóvenes de la más alta sociedad. Se dio entonces como causa la incompatibilidad de caracteres, pero, un mes después, se explicó mejor la causa, porque los cuatro divorciados volvieron a casarse, pero cambiando compañeras.
        Una dama joven, reputada como la más hermosa en la aristocrática sociedad de Nueva York, estaba casada con un millonario conocido por sus gustos artísticos y su colección de cuadros, quien continuamente hacía viajes a París, llamado por sus corresponsales, para examinar alguna tela antigua. Alguien denunció a la dama que su marido se entregaba, en París, más al examen de cuadros vivos que de telas antiguas, y, para conocer la verdad, lo hizo seguir por un joven abogado y amigo, quien regresó con varias instantáneas y otras pruebas concluyentes. El divorcio fue cuestión de poco tiempo, y un mes después se anunciaba el matrimonio de la dama con el joven pesquisante, con lo que pagaba, según se decía, el honorario estipulado.
        La crónica señala el “séptimo” matrimonio de un millonario de California. A la recepción que sucedió a la ceremonia habían sido invitadas, y asistieron “las cinco anteriores esposas” (la sexta no estaba presente, porque había muerto). Estas felicitaron a la nueva desposada y le hicieron el mayor elogio de su marido, lo que pareció serle muy agradable. Resultaba que este moderno “Barba Azul”, a la primera desavenencia matrimonial propone un divorcio amistoso, con asignación a la esposa de una generosa pensión, lo que parece aceptaron las agraciadas, quedando en la mejor relación y armonía. Podría enumerar un centenar de casos originales como éstos, tomados de las crónicas diarias, pero me limitaré a otro, por su faz cómica.
        La esposa pedía el divorcio, fundado en violencias del esposo, ofreciendo, como prueba, un ojo bastante hinchado. El marido era un hombre conocido por su moderación y su cultura, y el cargo sorprendió a todos, incluso al juez, quien preguntó al acusado cómo había podido cometer semejante falta.
        El marido, contrito y avergonzado, confesó su falta, declaró que tenía para su esposa cariño y estimación, pero que había habido un momento en que no fue dueño de sí mismo. — Mi esposa, señor juez –dijo- está convencida de que es una gran poetisa y me persigue a todas horas y en todas partes, para obligarme a escuchar sus producciones. Yo me he defendido siempre, tomando mi sombrero y ganando la calle, pero ayer penetró en mi escritorio, cerró la puerta, apoyándose en ella para imposibilitar mi huida, y comenzó a leerme un poema. Yo soporté media hora, pero, al último, sufrí un vértigo y le tiré con un libro que, desgraciadamente, le dio en un ojo. Salí en seguida de mi casa y aun no he vuelto. — Basta -dijo el juez, y, sin más trámites, acordó el divorcio, sin costas, por haber habido “violencias recíprocas”.
        De todas maneras, la legislación sobre el matrimonio y el divorcio es ya uno de los problemas sociales más graves, pues, en las actuales condiciones, la sociedad americana se siente seriamente amenazada, sobre todo, ante el aumento de una inmigración, con otros temperamentos y otros hábitos. La iglesia episcopal celebró este año, en Estados Unidos, un gran concilio presidido por el arzobispo de Canterbury, el más alto dignatario de la iglesia de Inglaterra, y la cuestión más seriamente discutida fue la necesidad de limitar los casos de divorcio y el derecho de contraer nuevo matrimonio.
        Cuando estábamos en viaje para los Estados Unidos, mi santa compañera leía un libro hallado a bordo. Eran las Memorias de una americana, y leía todas esas cosas, y muchas otras más escabrosas, y, en un arranque de protesta contra ciertas doctrinas, arrojó el libro al mar. Toda su educación y sus hábitos se rebelaron contra ciertas costumbres. Tuvo ocasión, más tarde, de cerciorarse de que había mucho de verdad en esas confesiones de una mujer, que se casó ocho veces, una de ellas por teléfono, porque el caso no daba espera, y, naturalmente, se divorció otras tantas.


QUINTA CARTA
Diciembre 29 de 1904.

        He podido presenciar toda la preparación de una elección presidencial, desde la reunión de las grandes convenciones, con sus plataformas y designación de candidatos, las cartas-programas de éstos, la propaganda por medio de la prensa y la oratoria política, hasta las vísperas de la elección.
        La campaña ha sido breve, ha durado prácticamente dos meses, septiembre y octubre, la más breve hasta hoy, obedeciendo a la tendencia de los partidos a acortarla.
        La existencia de grandes partidos con su organización permanente, hace innecesario un período de preparación. Las grandes convenciones nacionales, que sancionan el programa y designan el candidato, pueden reunirse en cualquier momento, y un par de meses bastan, para el canvass es decir, para la propaganda necesaria, a fin de ilustrar la opinión. Las prensas de partidos lanzan millones de impresos y panfletos con programas y discursos, que los comités de sección distribuyen, y millares de oradores, costeados por el comité central, recorren todos los Estados, y, en poco tiempo, no queda un elector que no haya sido ilustrado sobre el programa y títulos de cada candidato.
        La lucha verdadera se inició con la carta-aceptación de Roosevelt. Fue un documento político notable, en el que defendió toda la política del partido republicano y los actos de su administración en forma extensa y detallada, sin que hubiera, sin embargo, una sola frase inútil o excesiva. Esta defensa de su partido, obedeciendo en esto a su idiosincrasia personal, se convirtió en un ataque directo y formidable a principios, actos y procedimientos del partido demócrata. Que el documento había entrado hondo en la opinión, se sintió desde el primer momento, sobre todo en el balbuceo de la prensa democrática.
        La carta-aceptación de Parker sólo apareció un mes después; se la esperaba con interés y no defraudó las esperanzas de sus partidarios. Tratar de rebatir punto por punto la exposición de Roosevelt, hubiera sido empresa arriesgada y desventajosa, pues el ataque tiene siempre más prestigio que la defensa. Se limitó a señalar, con habilidad, los peligros a que podían conducir la política y tendencias de la actual presidencia y del partido republicano, mostró cómo se iba apartando de los principios tradicionales de la democracia americana, y condenaba, sobretodo, su política económica y sus enormes presupuestos nacionales.
        La lucha se trabó con toda decisión y entusiasmo, aunque, desde el primer momento, el triunfo del partido republicano parecía asegurado. Las condiciones de la lucha eran desiguales, y el partido demócrata tenía que intentarla en situaciones sumamente desventajosas. Viene, sin embargo, dando pruebas de una tenacidad y de una vitalidad que revelan, más que cualquier otro hecho, las sólidas y arraigadas virtudes cívicas de este pueblo.
        El partido demócrata, vencido y deshecho después de la guerra civil, necesitó treinta años de pacientes y constantes esfuerzos para reconquistar el Gobierno con Cleveland. Desgraciadamente para él, surgió en esas circunstancias la cuestión del patrón monetario, que dividió profundamente el partido, separando de sus filas a todo el elemento mercantil y financiero —los Goid Democrats — que veían en la libre acuñación de la plata una catástrofe comercial, y en su apóstol Brian, un anarquista económico. La lucha que se iniciaba lo encontraba así dividido, sin una personalidad de relieve para levantar como candidato, pues Cleveland se negaba a presentarse, y en un período de prosperidad económica, siempre desfavorable para las oposiciones.
        En cambio, el partido republicano estaba unido, engreído con los últimos triunfos electorales, con las ventajas que siempre importa la posesión del mando, con un candidato sumamente popular y con una prosperidad general que, naturalmente, atribuían a la sabia política y administración republicana.
Fuera de las cuestiones de principio, la personalidad de los candidatos ha desempeñado un papel considerable en esta elección, en la que se ha dicho, con verdad, que los candidatos eran mejores que sus partidos.
        Parker, desconocido ayer y popular hoy en su partido, es un eximio presidente de una Suprema Corte de Justicia; un hombre de ley, cuya educación ha hecho de él un conservador en política, respetuoso de la tradición democrática, que reconoce a Jefferson por maestro, y de todas las limitaciones constitucionales que mantienen el equilibrio de los poderes; que sólo desea para los Estados Unidos la pacífica influencia de su grandeza, inspirada en un espíritu tranquilo de equidad y justicia, y ajeno a todo conflicto exterior que no afecte a sus propios intereses. Era un programa que tenía que seducir a los elementos conservadores que creyeran en su practicabilidad, dada la posición que los Estados Unidos ocupan ya en el Congreso de las Naciones.
        Roosevelt es completamente otro tipo político. Es un universitario, hombre de estudio y escritor de nota, que se ha criado en la acción y se ha abierto un camino en la vida, no sólo por su inteligencia, sino principalmente por su carácter y energía. Después de sus primeros ensayos, abandonó la vida de la ciudad y fue al lejano Oeste a vivir con el cow-boy, el hermano gemelo de nuestro gaucho, y a habituarse de sus luchas y fatigas. Ha descripto esa vida en su interesante libro La vida en el rancho que es casi una página de vida en la pampa argentina.
        El cowboy, convertido en coronel, se puso al frente de un regimiento de rough riders, y con sus cargas brillantes, decidió las batallas de la campaña de Cuba. Regresó con los prestigios de la victoria, y el pueblo lo recompensó con la gobernación de su Estado, Nueva York.
        Su carrera política es original. Su carácter dominante, rebelde a la estricta disciplina de partido, hace que nunca haya sido simpático a los directores y altas influencias de aquél, que prefieren siempre espíritus más dóciles. Cuando se presentó por primera vez como candidato a intendente municipal de Nueva York, fue derrotado por una enorme mayoría. Regresó de la guerra de Cuba en momentos en que debía designarse un nuevo gobernador, y, debido a su gloria militar, su nombre fue aclamado por los elementos populares que lo impusieron a la dirección superior del partido republicano, la que tuvo que ceder, so pena de ver triunfar al candidato demócrata. Deseosos, sin embargo, de verse libres de este gobernante incómodo, lo hacen Vicepresidente; posición honorífica, pero innocua que le obliga a abandonar el Gobierno del Estado; pero Mackinley muere por la bala de un demente, en los primeros meses de administración y los directores republicanos se encuentran con que el destino se ha burlado de sus planes.
        Roosevelt, Presidente, se hace prontamente popular y se conquista la masa del voto, no sólo de su partido, sino de gran parte del voto independiente, y cuando llega el momento de proclamarse candidato, los grandes magnates del partido tienen que inclinarse ante la presión popular, y lo hacen con buena gracia y entera decisión. Ha sido así el primer Vicepresidente, en ejercicio de la Presidencia, que haya sido reelecto, y esta insigne distinción, puede afirmarlo con toda verdad, la debe, exclusivamente, a sus propios méritos.
        Roosevelt, a quien he tenido el placer de tratar, se distingue por la vivacidad de su inteligencia, que le permite abarcar y resolver todo problema político sin demora, y esta gran cualidad, al servicio de un carácter enérgico y valiente, produce esa rapidez de ejecución que le ha valido la tacha de impulsivo, que sólo puede aplicarse a neuróticos dominados exclusivamente por sus nervios. Es, además, un americano típico, que entiende que su país debe ser, si ya no lo es, the greatest in the world. Cuando habla, su naturalidad, que excluye toda idea de afectación, la fijeza de su mirada penetrante al través de sus lentes, su palabra incisiva y marcada, revelan la energía de sus convicciones, la plena confianza en sí mismo, su decisión para afrontar cualquier problema sin vacilaciones ni pequeños escrúpulos, lo que le ha valido el cargo de autoritario y poco respetuoso de las limitaciones constitucionales. Es aún un hombre joven, a quien madurará la experiencia y la práctica del gobierno, que llega en el momento histórico en que la Unión americana entra en escena como poder mundial, y creo que puede, desde luego, afirmarse que está destinado a figurar entre los grandes presidentes americanos.
        Por lo que a nuestro país le puede interesar, puedo afirmar, por mis propias conversaciones con el presidente, que, si alguna vez escribió sobre las Repúblicas sudamericanas en términos poco halagadores, hoy ha variado de juicio, sobre todo respecto a nosotros, debido a un estudio detenido que ha hecho de su presente y porvenir económico, y nuestro país le merece un concepto por demás satisfactorio, que públicamente expresa y confirma con su habitual franqueza.
        En cuanto a los puntos capitales de los programas que puedan interesarnos, porque son cuestiones que se discuten entre nosotros, haré de ellos un ligero examen.
        La cuestión monetaria, es decir, “la libre acuñación de la plata” y el “bimetalismo 16 a 1”, sostenido por los demócratas versus “monometalismo oro”, sostenido por los republicanos, que fue la causa de la lucha ardiente en las dos últimas elecciones, ha desaparecido hoy. Las minas de África y Klondike la han decidido en favor de los republicanos. Queda entonces, como cuestión fundamental, la tarifa de aduanas.
        Los demócratas no afrontan esa cuestión de una manera uniforme. Mientras algunos radicales proclaman que “la protección es un robo”, otros, que son la mayor parte, incluso el candidato, se limitan a condenar la protección como excesiva. Parker atacaba la ley Dingley, porque, según él, tras esos impuestos exagerados se cobijan los trusts que explotan al consumidor americano, haciendo imposible toda competencia interna por medio del monopolio con el exterior, por los derechos prohibicionistas. Afirma, además, que la política seguida por la mayoría republicana del Congreso, ha agravado las disposiciones de la ley Dingley, porque en esta ley hay muchos artículos gravados sólo con el propósito de facilitar tratados de reciprocidad (la lana por ejemplo); pero el Congreso, negándose a ratificar esos tratados, ha convertido esos exagerados impuestos, de provisionales en permanentes, con perjuicio de la misma industria nacional que pretende proteger.
        Los republicanos contestan con los hechos. Sostienen que es al amparo de la política proteccionista que la industria y el comercio de los Estados Unidos han surgido y crecido con tal rapidez que ha asombrado y alarmado a las más industriales y poderosas Naciones del mundo, que la historia económica del país demuestra que toda desviación de esa política, en los cortos intervalos en que los Estados Unidos han sido gobernados por el partido demócrata, ha sido causa inmediata de depresión industrial y comercial, y de graves y perturbadoras crisis económicas; y que la vuelta al régimen de protección, traída por la exaltación al poder del partido republicano, ha hecho renacer la prosperidad comercial que, en los últimos años, bajo el régimen de la ley Dingley, ha adquirido colosales proporciones, y que ante tales resultados prácticos, ningún elector sensato apoyaría un cambio que no podría traer aumento de actividad industrial y comercial, pero que ocasionaría, seguramente, perturbaciones y cambios que desorganizarían las condiciones económicas del país y provocarían nuevamente malestar y crisis.
        Es ésta, indudablemente, la opinión de la fracción que representa más directamente los intereses comerciales e industriales, y es por esto que todo ese elemento, en todas las grandes ciudades y centros comerciales y manufactureros, es decididamente republicano. El hecho de que el elemento comercial, en su gran mayoría, sea en los Estados Unidos decididamente proteccionista, asombrará, sin duda, a muchos de nuestros comerciantes; pero la explicación es muy sencilla. El comercio, en Estados Unidos, es nacional, y trafica principalmente en artículos de fabricación nacional, para los cuales tiene monopolizado el mercado interno, que, en una Nación de cerca de 80 millones de habitantes, que trabajan y ganan, es enorme. El comerciante y el industrial americano están estrechamente vinculados, pues el uno presenta el producto y el otro busca el consumidor, y a ambos les conviene mantener para sí ese mercado interno, alejando la concurrencia del comerciante o productor extranjero. Este comercio nacional americano, es importador por excepción y sólo para suplir las deficiencias de la producción nacional.
        En la Argentina sucede algo completamente diferente: la gran mayoría de su comercio es extranjero y casi exclusivamente importador, trabaja con capital y productos extranjeros, y ve en el producto nacional un competidor que tiende a limitar su giro. El comercio y la industria, por esta causa, en vez de ser solidarios en sus intereses, son contrarios, y un comerciante importador, lo único que desea es que los derechos se rebajen todo lo posible para que la importación, y por consiguiente su negocio, aumente, aunque sea a costa de la ruina y desaparición de toda la industria nacional, cobijando esta pretensión, bajo el pretexto de servir los intereses del consumidor. No piensan así los americanos, y tienen motivos para estar satisfechos de sus principios proteccionistas.
        Pero esta cuestión de las altas tarifas es encarada también en Estados Unidos bajo otra faz, de la más grave importancia, pues se relaciona con problemas sociales y cuestiones que nos afectan de una manera muy especial. Fue a esta faz de la cuestión a la que dio mayor importancia el presidente Roosevelt, en su carta-programa, sin duda por su enorme influencia en el enorme voto obrero.
        Opinaba el Presidente que las altas tarifas son las que han permitido elevar los salarios del obrero americano a un tipo superior al de todo otro obrero en el mundo, y que estos salarios le permiten gozar de un bienestar superior al de los trabajadores europeos, y que es de absoluta necesidad mantener el nivel social y moral del obrero a una altura que condiga con sus derechos y su dignidad de ciudadanos de una gran República. La afirmación es exacta, y es debido a eso que la inmensa mayoría del voto obrero es republicana y proteccionista. Es esta faz, indudablemente, de gran importancia y especialmente interesante para nosotros.
        Observando la argumentación de ambos partidos, creo que no está distante el día en que las actuales tarifas serán modificadas en una forma gradual y moderada, para evitar perturbaciones y crisis, que producen mayores males que los bienes que se trata de conseguir.
        A los republicanos hay que recordarles que protección implica debilidad, pues sólo se protege a los débiles: los fuertes se protegen a sí mismos. Es indiscutible, hoy, que no puede haber Nación de alguna importancia que no sea industrial, pues aunque la agricultura y ganadería son, y han sido siempre, las grandes industrias madres, los dos senos, como han sido llamadas con tanta verdad, que nutren a los pueblos, cuando esos pueblos crecen y se desarrollan, llega un momento en que necesitan algo más que este régimen lácteo, y la industria manufacturera se hace entonces necesaria para su natural y vigoroso crecimiento. Como todo lo que nace y crece, nace débil y desvalido e incapaz de defenderse contra poderosos competidores, surge entonces la protección, y, bajo su égida salvadora, las nuevas industrias se desarrollan, y, encontrando medio favorable, adquieren esa colosal importancia que hoy hace la fuerza y el orgullo de los Estados Unidos. Que ese desarrollo lo deben, en gran parte, al régimen proteccionista, nadie lo pone en duda; pero es también indudable que la protección es sólo un medio para llegar al completo desarrollo, y no un fin que deba perseguirse permanentemente.
        La aspiración tiene que ser colocar a la industria nacional en condiciones de poder luchar con la extranjera. Los Estados Unidos no pueden pretender, pues, competir en el mercado del mundo con la industria europea y mantener al mismo tiempo la alta y general protección que hoy defiende su mercado interno, porque estos dos propósitos son contradictorios. Si los Estados Unidos pueden producir ya muchos artículos en condiciones para competir con el similar extranjero, el acero, por ejemplo, no debe mantener los derechos actuales sobre esos artículos, porque estos derechos hoy no tienen otro objeto que permitir al trust del acero mantener precios, en el interior, que le producen una utilidad exagerada, lo que le permite vender a menos precio en el exterior, a costa del consumidor americano, realizando así ese dumping contra el que se quiere defender, con toda razón, Chamberlain.
        Lo mismo podremos argüir en lo que más directamente nos interesa, la lana. Las fábricas de tejidos de los Estados Unidos no pueden pretender exportar sus tejidos, mientras el costo de la materia prima que éstos no producen en cantidad bastante, sea mucho mayor en Estados Unidos que en Europa, debido a los impuestos.
        Estos argumentos son evidentes, están haciendo camino, y mi impresión es que el Presidente, libre ya de las trabas del candidato, ha de tomar la iniciativa de una revisión de la tarifa, para adaptarla mejor al actual desarrollo industrial.


SEXTA CARTA
Enero 6 de 1905.

        Sabido es que en Estados Unidos no hay ley nacional de elecciones. Cada Estado elige según sus propias leyes. En este estudio me referiré a las del estado de Nueva York, que difieren poco de las de los demás Estados. En algunos del Sur, el voto es calificado y más restringido; en otros, más recientemente incorporados, como Utah, Wyoming, Idaho y Colorado, se ha concedido el derecho electoral a las mujeres.
        Uno o dos meses antes del día fijado para una elección general (se trata siempre de reunir las elecciones locales o nacionales en un solo día, y así en la última elección se votó por presidente y vice, por gobernador y vice, por diputados al Congreso y miembros de la Suprema Corte de Estados, en el mismo acto y en el mismo día), se convoca a los electores para que registren su nombre en los libros electorales. A los efectos de la inscripción y votación, todo el Estado se divide en circunscripciones, y éstas en colegios electorales, que comprenden cada uno alrededor de 400 electores. En el centro de cada uno de estos colegios, se alquila un local cualquiera, generalmente un local de comercio, allí, los 400 electores tendrán que inscribirse primero y votar más tarde. La inscripción dura sólo cuatro días, desde la salida del sol hasta las diez de la noche. Pueden inscribirse todos los ciudadanos naturales o naturalizados, mayores de veintiún años, con domicilio, por lo menos de un año, en el Estado, cuatro meses en la circunscripción y un mes en el colegio electoral. En el local de la inscripción están dos empleados que llevan el registro y anotan el nombre y filiación del elector, un fiscal (captain) de cada partido y un agente de policía.
        Estos fiscales han hecho previamente el canvass o censo de su colegio, y conocen a casi todos los electores que residen en él. Si se presenta alguno a inscribirse, o más tarde a votar, que sepan o sospechen que no es elector del colegio, lo tachan (challenge), y el tachado, si persiste en ser inscripto o en votar, tiene que jurar que está legalmente calificado, con lo que se le inscribe o recibe el voto sin más discusión. Si el fiscal puede probar que no tenía derecho a inscribirse o votar, lo acusa ante un juez, lo hace arrestar y condenar por perjurio a cinco años de penitenciaría. Los jueces, en estas materias son sumamente estrictos y severos, a pesar de ser elegidos popularmente.
        Para el acto electoral, cada partido tiene que presentar al superintendente de elecciones, con la debida anticipación, los nombres de sus candidatos, y éste ordena la impresión de una lista única para cada circunscripción, en la que figuran, en columnas paralelas, los candidatos de cada partido.
        Arriba de la lista de candidatos de cada partido, hay un círculo y otro más pequeño al lado de cada nombre.
        El día de la elección, al presentarse un elector, se inscribe su nombre en el registro electoral; en seguida, el agente público le entrega una lista y el elector penetra con ella en una pequeña garita, donde nadie lo ve, y allí, con un lápiz, si quiere votar por la lista íntegra de un partido, hace una cruz en el círculo que está arriba de la lista. Eso se llama straight vote, voto íntegro. Si quiere votar por algunos candidatos de un partido y otros de otro, hace una cruz en el pequeño círculo que está al costado del nombre del candidato que propicia. Si pone más cruces que las del número de candidatos por los que debe votar, anula su voto. Marcados sus candidatos, dobla su lista y la deposita en la urna en presencia de los agentes. El voto es así absolutamente secreto y hace necesario el saber leer, aunque la ley no exige esta calificación. Los electores más ignorantes o analfabetos, reciben en plena calle, por medio de agentes especiales designados por los partidos, una lección práctica de cómo deben votar. La elección dura desde la salida del sol hasta las cinco de la tarde. A esa hora se cierra el registro, se abre la urna y los empleados públicos verifican el escrutinio en presencia de los fiscales. Se levanta un acta, y todo, registros y boletas se envían al comisario general.
        En la anterior elección de gobernador de Nueva York, se ensayaron unas máquinas de votar. Al frente del aparato estaba la lista única, y arriba de cada lista, y al costado de cada nombre, había un pequeño botón. El elector sólo tenía que oprimir el botón de la lista o candidato que elegía, y su voto quedaba registrado. Una combinación ingeniosa impedía que el voto pudiera duplicarse. Como en esa elección el candidato republicano obtuvo una mayoría nunca vista, se acusó a las máquinas de haber sido instrumento de fraude, por cuya razón fueron abandonadas, a pesar de las protestas de los republicanos. El resultado de la última elección, en que la mayoría republicana ha sido aún mayor, parece confirmar que la acusación de fraude era infundada, y es posible que se vuelva a poner en uso el registro automático. Son éstos los sencillos mecanismos que garantizan la verdad y legalidad del voto popular.
        La masa de electores de la Unión puede dividirse en dos grandes categorías: los votos organizados y los votos independientes. El voto organizado es el aplicado a un partido, con el que el partido cuenta en todo caso en favor de los candidatos que proclame. Este voto y esta organización es lo que se llama the machine, la máquina. El voto independiente es aquel que no se ha afiliado a un partido, se llama the silentvote, el voto silencioso, que se aplica en cada caso al candidato de sus simpatías de uno u otro partido.
        La organización de los partidos se combina con el mecanismo electoral de la manera siguiente: en el acto de inscribirse, cada elector recibe, de manos de los fiscales de partido, una pequeña fórmula impresa, que dice: “El que suscribe, elector de tal colegio, declara afiliarse al partido (republicano o demócrata), acepta su programa, concurrirá a todas las reuniones a que sea convocado y votará por los candidatos que el partido legalmente proclame”.
        El elector que desea afiliarse a un partido, firma y remite esa tarjeta, con lo que queda inscripto en los registros de aquél. Esta inscripción lo habilita para concurrir el año siguiente a las primaries, es decir, a las reuniones preparatorias del partido, en que se designan las autoridades del mismo, se nombran delegados a las convenciones locales o nacionales, todo de acuerdo con su carta orgánica.
        En las elecciones parciales o en aquellas en que no hay un gran interés público, las elecciones se deciden generalmente entre las fuerzas organizadas, porque el voto independiente no se preocupa de ellos. Los candidatos se llaman entonces, machine made, es decir, hechos a máquina. Pero en las grandes elecciones generales, o cuando hay importantes intereses comprometidos, entonces, todo el voto silencioso se presenta, y aunque el poder de las fuerzas organizadas es muy grande, sin embargo, como se balancean entre sí, es el voto independiente el que decide. Es el que acaba de dar a los republicanos una mayoría que ha sorprendido aún a los más entusiastas.
Se ha hablado y proclamado mucho sobre la corrupción, el fraude y la venalidad en las elecciones americanas, y para muchas gentes, es valor entendido que los millones que cuesta cada elección se emplean en su mayor parte en comprar votos. Es un error. Una elección nacional cuesta enormemente por los grandes gastos de propaganda que hay que hacer en 45 Estados; movilizando miles de oradores, repartiendo impresos por millones, subvencionando diarios, celebrando enormes meetings y costeando un ejército de empleados.
        Es evidente que donde se agitan hombres y pasiones no hay que esperar una pureza, ni virtudes inmaculadas, y en las elecciones americanas se pueden denunciar vicios, torpezas, corrupciones y fraudes, en casos aislados; pero, lo mismo que la masa de las aguas de un gran río disuelve y purifica los residuos que las cloacas le arrojan, la enorme masa de votos sanos arrastra, domina e higieniza toda esa corrupción que no alcanza a contaminarla.
        En Estados Unidos hay una opinión pública sana, vigilante e incorruptible; hay un pueblo que vota y que gobierna, que suele tolerar vicios y abusos; pero, cuando éstos colman la medida de su tolerancia, los castiga y los suprime con el tranquilo ejercicio de su poder, porque allí rigen instituciones representativas republicanas de verdad, y ése es el secreto de su grandeza política.
        Para que se palpe la enorme diferencia que hay entre aquel pueblo y el nuestro, bastarán ciertas cifras, limitándome a las ciudades en que presencié la inscripción. En San Luis, ciudad con una población de 580.000 habitantes, se inscribieron, en los cuatro días de inscripción, 182.000 electores; en Greater New York, con una población de 3.500.000 habitantes, se inscribieron en los cuatro días, 688.000, y en toda la Unión, sobre una población total de 75.000.000, han votado, en las últimas elecciones de Presidente, 15.00.000 de electores; lo que quiere decir que, en Estados Unidos, los electores que ejercen sus derechos electorales representan a un 20% de la población total.
        Apliquemos esta proporción a la gran ciudad argentina, Buenos Aires, con una población de 900.000 habitantes, debería presentar 180.000 electores. ¿Cuántos alcanzó a reunir en la elección de presidente? Apenas 30.000; es decir, 13%. Se dirá que en Estados Unidos votan casi todos los extranjeros y en la Argentina no, pero, ¿por qué no votan? Todo responde a la misma causa: porque no hay voto libre y respetado.
        Acabamos de ensayar una nueva ley, que en la capital se ha aplicado honradamente, ofreciéndonos el espectáculo de una elección deficiente, pero libre, y, sin duda por eso, hay ya quien quiera suprimirla. La voz autorizada del presidente parece que la ha condenado también. La acusa también de ser contraria a la Constitución, de tender a rebajar el nivel intelectual y moral del Congreso y de desquiciar los partidos. Me permitiré observar, en primer lugar: que el modo y forma de la elección no es materia constitucional, sino legislativa, porque no es cuestión de fondo, sino de forma, y porque los legisladores deben estar facultados para introducir todas aquellas reformas que la experiencia universal aconseje, como más eficaces para garantizar el voto. Lo que es constitucional, es que haya Gobierno representativo, es decir, nacido del voto libre, y cuando ese principio fundamental no se respeta, es irónico preocuparse de la forma en que se ha de realizar la simulación.
        En cuanto a que la elección uninominal deprima el nivel moral e intelectual de los Parlamentos y desquicie los partidos, creo que, por más autoridad personal que se tenga, no deben adelantarse afirmaciones que sólo reposan en esa autoridad, y que son contradichas por el ejemplo y la experiencia de todos los grandes pueblos de la tierra. Ese sistema de elección rige hoy en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, en todas las Naciones libres, con excepción de Portugal; a ese sistema han llegado después de ensayar todos los otros, y en ninguna de esas Naciones ha deprimido el nivel intelectual de los Parlamentos, ni desquiciado los partidos. ¿Por qué produciría ese efecto entre nosotros? En cuanto al valor intelectual, el último ensayo contradice la afirmación; porque los diputados elegidos por la capital, en nada desmerecen de sus antecesores, y la única diferencia marcada es que éstos son verdaderos diputados. En cuanto al temor de que se desquicien nuestros partidos, es, sin duda, cruelmente irónico en estos momentos.
        Se ha acusado a esa ley de haber despertado la venalidad política. El cargo es cierto, pero eso sólo indica la reforma que hay que decretar, y afirma la bondad misma de la ley. Si se han vendido votos, es porque ha habido libertad electoral; porque no hay voto más evidentemente libre que el voto que se vende. No se compran ni venden votos donde no hay voto libre, y si no, vaya alguien a comprar votos en la provincia de Buenos Aires.
        La venalidad es un vicio de la libertad y ha existido en todos los pueblos libres. Es sabido que en Inglaterra la corrupción electoral llegó a tal extremo, que una elección, al Parlamento, costaba una fortuna, y los candidatos se arruinaban en la lucha. Fue necesario que los dos grandes partidos se pusieran de acuerdo para hacer cesar el abuso, y votaran la ley actual, cuyo rigor, contra todo asomo de venalidad llega hasta la exageración. Es prohibido, en Inglaterra, ofrecer a los electores un vaso de cerveza el día de la elección, y un diputado vio anulada su elección, porque se le probó que días antes de la elección había permitido a muchos electores cazar conejos en su parque. Se dijo que plata es lo que plata vale, y que los conejos pudieron ser vendidos en el mercado.
        En Estados Unidos, la misma venalidad invadió todos los estados y el five dollar vote, el voto de cinco dólares, era ofrecido públicamente por empresarios electorales. El abuso se corrigió por el sistema del voto secreto y una penalidad severa. Hoy, ese mercado de votos no existe.
        Hay, pues, que imitar estos ejemplos. En el proyecto sancionado por la Cámara de Diputados, venía el voto secreto, que yo hice suprimir en el Senado; porque ese voto exige gran honestidad por parte de los escrutadores, y temía al fraude encarnado en nuestros hábitos. Me apercibo hoy de mi error, pues el fraude puede corregirse por otros medios.
Ahora, ¿cuál es la impresión que la elección de Presidente de los Estados Unidos ha dejado en mi espíritu argentino? Es, francamente, desconsoladora.
        He visto agitarse la opinión pública: Presidente, Ministros, gobernadores, hombres públicos, grandes industriales, rentistas o comerciantes, agitarse y dirigirse a los electores en grandes reuniones públicas o por la prensa, discutiendo ideas, principios, propósitos, atacando o defendiendo a los candidatos y a los partidos, y, a pesar de esta intervención personal y pública de los hombres investidos de autoridad (el gobernador de Nueva York era el presidente del comité nacional del partido republicano), jamás escuché una protesta por coacción o violencia, pues al gobernador Odell, el cargo que se le hacía, es que desatendía sus deberes de gobernador por ocuparse de sus funciones de presidente del comité.
        Sólo se actuaba por convencimiento sobre el ánimo de los electores libres y conscientes, y el gran diario neoyorkino, el Herald terminaba todos los días su revista del estado e incidentes de la lucha, con esta frase sacramental: el pueblo decidirá.
Hay allí, pues, un Gobierno verdaderamente representativo, republicano, federal; un pueblo que se gobierna a sí mismo y 15.000.000 de ciudadanos que votan. ¡Cuán humillante y triste es comparar todo esto con ese simulacro de Gobierno representativo que impera en la Argentina y en toda Sud América!.
        Si un americano me hubiera pedido que le explicara el mecanismo electoral entre nosotros, para complacerlo hubiera tenido que confesarle lo siguiente:
        En nuestras provincias, el poder político reside en el gobernador. Él no admite que haya comités ni partidos que limiten ese poder, y los suprime en defensa de lo que él llama “la integridad de su autoridad”; no comparte la dirección política con nadie, porque esto, siempre según sus doctrinas políticas, afectarían su autonomía. En las distintas circunscripciones de su provincia, entrega toda la autoridad a un delegado, con facultad para proceder autocráticamente, bajo la sola condición de que no se permitirá tener candidato para puesto público alguno, debiendo siempre hacer votar por quien designe el gobernador en el ejercicio de la integridad de su autoridad. Si alguna vez se permitiese faltar a esta consigna, sería inmediatamente “reventado”. Todas las leyes políticas las hace el gobernador, quien las remite a las Cámaras para que las sancionen, siendo un acto de insubordinación, por parte de un senador o un diputado, el negarles su voto.
        Los senadores y diputados no son representantes del pueblo de la provincia, sino del gobernador, y le deben obediencia. Si alguno se insubordina, no será reelegido y perderá su puesto y su dieta.
        Si algunos senadores se permiten reunirse privadamente, para tratar de cuestiones políticas, el hecho es denunciado como un “complot”; los culpables son llamados a la presencia del gobernador y duramente amonestados. Si se disculpan y se declaran arrepentidos, se les perdona y pueden retirarse con alguna esperanza de ser reelegidos.
        El gobernador saliente designa a su reemplazante, por sí y ante sí, como heredero testamentario. Esto es indispensable para garantizar la continuación de “su política". Los senadores y diputados al Congreso, como los electores de Presidente, los designa el mismo gobernador, y por esto, públicamente, se refiere a ellos como “mis” senadores, “mis” diputados y “mis” electores, y los negocia en block cuando se trata de alguna combinación política.
        Como no hay partido político con programa o denominación conocida, se supone que es a causa de que todos los partidos se han unido, y, al unirse, han perdido nombre y bandera.
        Para sostener todo este andamiaje hay batallones de línea, que se llaman “bomberos”, y regimientos de caballería, que se llaman “volantes” y para entretener a la opinión, de vez en cuando se reforma la Constitución, para corregirle sus “asimetrías”, y todas estas enormes “bellaquerías” se adornan con grandes discursos y pomposas frases spencerianas, sobre derechos populares y libertades públicas, sobre las grandes evoluciones de las ciencias y el progreso, y se comprueba la sabiduría y acierto de esa organización política con la gran prosperidad y riqueza de un suelo fertilísimo, que surge a pesar y al través de las grietas de todas las rocas que lo oprimen.
        ¿Y en el orden nacional? Mutatis mutandis, hasta ahora ha sido lo mismo.
        ¿Y la opinión pública? Existe, pero es “femenina”. Se la ve en los corrillos, en los clubs, en los centros sociales, donde se murmura, critica, condena o absuelve. Suele tener sus crisis nerviosas y ataques epilépticos, pero pasan rápidamente y todo vuelve a la tranquila murmuración diaria.
        Para disculparnos ante el americano que, asombrado, oyera todas estas enormidades, podría decirle que no son exclusivas nuestras, sino que es lo que caracteriza a todo SouthAmerica, con la sola ventaja que nosotros, con paciente esfuerzo, hemos ya inculcado en el espíritu público, que las revoluciones y los motines no son el remedio a estas prácticas, que, por el contrario, agravan; porque, si es evidente que cuando un maquinista imprudente atiza la hoguera y cierra todas las válvulas, se expone a hacer reventar la caldera, también es evidente que, cuando una máquina no funciona regularmente por culpa del maquinista, no puede aceptarse como un principio de mecánica racional que el único remedio consiste en hacer volar la máquina y al maquinista. Estas explosiones existirán siempre que haya imprudencias o torpezas, pero hay que tratar por todos los medios de evitarlas.
        He leído las promesas de la nueva administración. Nunca he dudado del patriotismo, capacidad, experiencia y buenas intenciones del Presidente, pero, desgraciadamente, sabemos que con éstas está empedrado el camino del infierno. ¿Podrá realizar sus propósitos? ¡That is the question! Ha recibido al país en plena descomposición política, con prácticas como las que acabo de bosquejar, que no son invención de los actuales mandatarios, sino herencia atávica; es el cacique que el cristianismo convirtió en caudillo, y el caudillo que la instrucción ha transformado en autócrata, conservando los antiguos hábitos y prácticas de mando absoluto y tratando al pueblo como a la primitiva tribu sumisa y obligada a obediencia pasiva. Está rodeado por camarillas más o menos cultas o ilustradas, pero que se disputarán el predominio con propósitos exclusivos y egoístas. No existe opinión organizada, viril y eficaz, que lo sostenga y aliente, si se resuelve a proceder, a pesar de todo y de todos.
        Entretanto, la tarea es enorme, y, si queremos ser lo que me pronosticaba que seríamos el presidente Roosevelt, “los Estados Unidos del Sur”, tenemos que rehacerlo todo, creando espíritu público, partidos políticos, conciencia en cada ciudadano de sus deberes y responsabilidades, y encarnar en los gobernantes el sentimiento de que son simples mandatarios administrativos, sin más derechos electorales que los que les corresponden como simples ciudadanos.
Para realizar esto, se necesita de una energía y un vigor que dudo los tenga la actual administración. Creo algo más, que exige un esfuerzo superior al que pueda realizar nuestra generación, ya pervertida y enervada, y que será necesario que surja una nueva que tenga el fanatismo de la libertad, como la de Mayo tuvo el fanatismo de la independencia, y que sepa conquistarla sufriendo todas las privaciones y venciendo todos los obstáculos. Si algún Presidente llegara a realizar la ardua empresa, la historia lo colocaría al lado de San Martín, y la posteridad lo honraría como a los fundadores de la independencia y de la libertad del pueblo argentino.

        ¡Así sea!

        Titulamos Cartas Norteamericanas a la correspondencia que desde París envió el doctor Pellegrini, en noviembre de 1904, al diario La Nación, de Buenos Aires, publicada en la fecha que en cada caso se indica, porque al describir nuestro estadista los más variados aspectos de la gran República del Norte, siguió el ejemplo de Taine en sus Notas sobre Inglaterra, aparecidas en Le Temps, en las que el crítico francés resumió experiencias y juicios de sus viajes a Gran Bretaña entre los años 1858 a 1871.
        Pellegrini visitó Estados Unidos en 1883 y 1904 y en ambas oportunidades recibió de aquel país profundas lecciones de aplicación inmediata en el nuestro. “Estoy muy contento de mi gira: he visto mucho nuevo y bueno y he asistido a la escuela práctica de nuestras instituciones, escuela y práctica que no existen ni se conocen entre nosotros”, confiesa a su hermano Ernesto, en carta fechada en París el 4 de noviembre de 1904.
        El Barón de Río Branco acopió, en análoga correspondencia, parecidas enseñanzas, muy comentadas por el país hermano. Cuando un hombre de la talla de Pellegrini se da a estudiar la estructura político-administrativa y social de un país más evolucionado que el suyo, pone máximo interés en descubrir relaciones o afinidades con su propia tierra, a fin de incorporar a ésta cuanto implique bienestar y superación general. Tal el propósito y espíritu de estas Cartas.
Es indudable que el credo democrático de Pellegrini cobró mayor relieve y firmeza después de su segundo viaje a Estados Unidos. Mr. Teodoro Roosevelt, presidente, entonces, de la Unión, sintió por él sincera simpatía, admirando sus virtudes de estadista, al punto de haber hecho suyos ciertos conceptos políticos y administrativos de Pellegrini, en ocasión de dirigirse, días después, al Parlamento norteamericano.
        “Que gobiernen los aristócratas a condición de que sepan hacerlo con talento”, cuenta Taine le dijo un ciudadano inglés, partidario de John Bright, y agregó: “nuestro pueblo sólo desea vivir tranquilo, con honradez y libertad”.
Tal pudiera ser, en síntesis, la lección de Pellegrini en sus Cartas, trazadas cuando las fuerzas del cuerpo iban escapándosele y acrecían, en su alma, nobles inspiraciones patrióticas.

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CONFERENCIA A LOS ESTUDIANTES EN EL TEATRO ODEON

        Estamos ya empeñados en una de las grandes luchas periódicas en que la opinión pública se agita y conmueve, las pasiones se enardecen y los intereses se chocan; y se prepara la gran batalla en que los partidos y los hombres van a batirse por el triunfo de sus ideales, de sus aspiraciones, de sus ambiciones, o simplemente de sus simpatías.
        Por desgracia para nosotros, el final de estas luchas no ha sido siempre tranquilo; y las pasiones enardecidas, salvando límites que la razón y el patriotismo marcan, nos han llevado a excesos que no quiero recordar.
        Nuestro anhelo debe ser que esos finales, que nada favorecen nuestro nombre ni nuestra fama, sean sólo un triste recuerdo del pasado: y creo que uno de los medios de realizar este anhelo, es mejorar nuestras prácticas políticas, dando más campo, más escena al pensamiento y a la reflexión, y menos al sentimiento y a la pasión, tan fácil de exaltar como difícil de contener. Por eso, en vez de convocaros a la plaza pública para proclamaros, buscando la palabra sonora y ardiente que encienda vuestros entusiasmos y os entregue a ese arrastre poderoso de las masas, tan irreflexivo como irresistible, que suele llevar a la gloria como suele llevar al delito, he preferido buscaros aquí, para que, en la tranquilidad y el reposo de una reunión selecta y culta, pueda daros todo lo que os puedo ofrecer: mi manera de ver y apreciar los sucesos y mi experiencia de los hombres y las cosas de nuestra tierra.
        No vengo, no, a apagar el natural entusiasmo de almas jóvenes, ni a condenar la parte que el sentimiento debe tener siempre en vuestros actos; sería una mutilación, sería arrancar a la juventud lo que tiene de más atrayente y de más hermoso, lo que da tanto vigor a su acción; quiero sólo dirigirme primero a vuestra inteligencia, darle todos los elementos para un juicio tranquilo, formar así vuestra convicción política y dejaros en seguida entregados a vuestros propios impulsos, a vuestras expansiones y entusiasmos, que pondrán alas al pensamiento para que alcance a todas las alturas y se extienda más allá de todos los horizontes.
        Pido al que inspira mi palabra, que ella sea toda de verdad, y de verdad y justicia desapasionadas. Cuando se llega a cierta altura de la vida, hay en el fondo de toda alma un cúmulo de desencantos, de rivalidades, de decepciones, de pequeños o grandes enconos, escozor de viejas heridas, que son el residuo amargo de la propia vida; y me creería altamente culpable si viniera a buscar vuestras almas, jóvenes y sanas, para derramar sobre ellas la gota acre y corrosiva que se destila de esos residuos, cuando el alma se reconcentra en la soledad y el silencio de su propio crepúsculo.
        Busco que sea la verdad y no la pasión, la que inspire y mueva la acción de la juventud, no sólo por interés patriótico, sino también por propio egoísmo, puesto que mi destino o mi desgracia han querido que yo, que jamás he contribuido a exaltar pasiones, sea uno de los que han tenido que sufrir su choque en la hora febril de luchas en que el golpe que se da suele doler más que el golpe que se recibe.
        Con estos sentimientos y estos anhelos, vamos a conversar un rato de política, vamos a examinar nuestros partidos y nuestros hombres, las grandes tendencias históricas y los pequeños incidentes caseros; estudiaremos los hombres en la escena y penetraremos entre telones, para tratar de darnos exacta cuenta de lo que haya de sinceridad y de verdad en todo lo que vemos y en todo lo que oímos.
        Dada la señal de la lucha, el primero en presentarse en la liza ha sido el Partido Nacional. En medio de un quietismo enervante, inició el movimiento y despertó la atención nacional. Ha sido el primero, porque era el único partido en estado de iniciar una campaña.
        Era la única fuerza popular organizada y disciplinada en toda la República, pronta para acudir a cualquier punto y a cualquier llamado. Su preponderancia era indiscutida y es hoy mismo claramente reconocida. Lo que el Partido Nacional representa en nuestra escena política, he tenido ocasión de decirlo hace poco, al dirigirme a nuestra convención. Os trazaré su genealogía histórica en dos palabras.
        Buenos Aires, asiento del virreinato, gobernó la colonia por siglos, durante los que aprendió y se habituó al mando. Vino la revolución; la colonia se hizo Nación, y Buenos Aires, obedeciendo a esos hábitos seculares, quiso continuar gobernando y dirigiendo, a pesar de la resistencia de los pueblos del interior; y antes de terminarse el primer año de nuestra gran revolución, entre morenistas y saavedristas, se produjo el primer choque de esas dos fuerzas o tendencias que, bajo distintos nombres, al través de mil incidentes y variados aspectos, forman la trama de toda nuestra historia política.
        Cuando tenía vuestra edad, la primera lucha nacional en que tomé parte fué la del año 73. La opinión pública, en la provincia de Buenos Aires, estaba dividida entre nacionalistas y autonomistas. Los primeros buscaban la reelección del general Mitre, los segundos la elevación a la presidencia del ex gobernador de Buenos Aires doctor Alsina. Había otro candidato; pero no lo tomábamos en cuenta. Tenía en esta capital, por junto, once partidarios. Los conocí y podría nombrarlos. Era tan profunda, tan inconmovible la convicción que asistía a este pueblo, después del triunfo de Pavón, de que a él sólo le correspondía dirigir y gobernar la República, que nadie se cuidaba de la opinión del interior. El que triunfe en Buenos Aires, triunfará en la República, se nos decía; y lo creímos. Pero llegaron las elecciones de diputados al Congreso, y, para inmenso estupor nuestro, resultó que el interior tenía una opinión propia, que era contraria a la de Buenos Aires, que esa opinión era mayoría y que esa mayoría iba a elegir presidente de la República a uno de nuestros talentos más esclarecidos, al brillante y sagaz estadista doctor Avellaneda.
        El doctor Avellaneda comprendió, desde el primer momento, que, si bien el voto de 13 provincias sobraba para hacer un Presidente, la opinión de la capital era necesaria para realizar un Gobierno, e inmediatamente de asegurado su triunfo, buscó el concurso de uno de los dos partidos porteños.
        La gran figura nacional y la importancia política del general Mitre, hicieron que su partido fuera elegido en primer término; pero, desairado por éste, Avellaneda se dirigió al partido autonomista, y su jefe, el doctor Alsina, y sus hombres dirigentes, comprendiendo toda la trascendencia del propósito, aceptaron la alianza, y, desde ese día, una parte del localismo porteño y el localismo provinciano, se confundieron en un solo gran partido, el primero verdaderamente nacional que se haya mantenido al través de tantas vicisitudes, y que se presenta hoy tan unido y fuerte, que no hay en la República otro que por sí solo se considere capaz de medirse con él. Tan encarnado está en nuestra vida nacional, que, como a los viejos partidos ingleses, se le designa por una palabra o por una abreviatura; y, por una coincidencia feliz y de buen augurio, esa abreviatura es la que nuestras madres, al enseñarnos a balbucear el primer rezo, nos acompañaban a pedir al Todopoderoso como la bendición de cada día.
        Llegamos ya a la época presente. El P. A. N. convoca una convención de sus hombres principales, para que, interpretando la voluntad, las aspiraciones y las simpatías del partido, diga cuáles son sus propósitos y cuáles sus candidatos. La convención se reúne, formula su programa y designa los ciudadanos por quienes el partido debe votar cuando sea convocado, y aquí se produce el fenómeno más curioso que jamás hayamos presenciado.
        En la experiencia que todos tenemos de las prácticas democráticas, propias o ajenas, hemos creído siempre que, cuando un partido es llamado a designar un candidato, designa a aquél que reúne las simpatías de la mayoría de sus correligionarios, y no aquél a quien prefiera la mayoría de sus adversarios. Creíamos que, cuando se reúne, en los Estados Unidos, la convención del partido republicano, para designar su candidato para Presidente, consulta sólo sus propias simpatías, sin que jamás se le ocurra preguntar a los demócratas si esa designación los contraría o mortifica. Pero parece que, entre nosotros, las prácticas son otras y que el P. A. N. ha cometido el más enorme e ingenuo de los errores, al proclamar sus candidatos sin beneplácito previo ni de la Unión Cívica Nacional ni del Partido Radical.
        El resultado de este error no se hizo esperar. Esos partidos protestaron, indignados, contra esta violación de todos los principios, e invitaron al pueblo y a la juventud a protestar con ellos. Y este enorme absurdo no ha sido el resultado de un acto impremeditado e irreflexivo, sino una idea discutida, madura y tranquilamente realizada, no por la sola acción de juventud inexperta, sino con la concurrencia y el aplauso de estadistas eminentes.
        No hubo quien dijera a esos jóvenes -que cubrían nuestras calles de carteles llamando al pueblo a adherirse a su protesta- que sólo se protesta contra una violación del derecho, y que un partido que levanta una candidatura, sea la que fuere, no ataca derecho alguno, sino que hace uso del propio, del más grande y más sagrado que tiene un ciudadano: el de votar por quien mejor le convenga. No hubo quien les dijera que la altivez y la energía de que blasonan no se revelan en propósitos negativos ni en odios inconscientes, sino en la viril afirmación que lanza a la faz del contrario el nombre y la bandera, expresión franca y resuelta de sus ideales y de sus simpatías.
        No hubo quien les dijera que un movimiento de opinión que se apoya en un absurdo no tiene base ni raíz y va derecho a un fracaso. Si alguien, a quien esa juventud hubiera escuchado, les hubiese dicho todo esto, habría ahorrado un mal ejemplo y una decepción, y hubiera velado por las buenas prácticas políticas.
        Tal vez no debiera, por su frivolidad, recoger una especie que se adelantaba como razón y objeto principal de ese meeting.
        Nos refieren las crónicas que, antes de penetrar el comercio europeo en China, los guerreros de este país, cuando llegaba el caso de una lucha intestina, en vez de emplear las armas mortíferas que nosotros usamos, se limitaban a vestirse de trajes fantásticos: cubrían su cabeza con máscaras, representando monstruos extraños, y avanzaban hacia el adversario produciendo ruidos que imitaban el rugido de seres feroces. Su único propósito y su única esperanza eran asustar al adversario. No puedo creer ni admitir que la juventud metropolitana, a quien creo y sé capaz de todas las heroicidades, se haya reunido y buscado el concurso de los hombres más distinguidos que honran a nuestro país, con el solo, único e infantil propósito de imitar a los antiguos guerreros chinos.
        No; el móvil verdadero que ha engendrado ese meeting, el único que lo explica con naturalidad y sin desdoro, es que los hombres que lo iniciaron han cedido, sin apercibirse tal vez, al viejo sentimiento porteño, a esa tendencia histórica que, aunque muy debilitada, persiste todavía y ejerce sobre la opinión de la capital una influencia innegable.
        El meeting ha sido, entonces, una tentativa de veto, que la opinión de la mayoría de la capital pretende oponer a una fórmula que se presentaba como expresión de la voluntad nacional.
        Pero, al tomar esta actitud, los jóvenes y sus directores metropolitanos desconocen una vez más el papel que la opinión de la capital tiene que representar en el Gobierno de la Nación, y, al extraviar nuevamente el criterio político de esta gran ciudad, pueden renovar extremos y extravíos pasados, que tienen su verdadero origen en estos errores políticos.
        La capital encierra la mayor suma de ilustración y cultura de la República, pero su población es sólo una minoría con relación a la población nacional. La correlación de estos dos hechos establece y limita claramente la acción metropolitana en el Gobierno de la Nación. Un Gobierno nacional que despreciara o hiciera caso omiso de lo que representa la mayor suma de ilustración en el país, sería imposible, sería contrario a los demás grandes fines del Gobierno mismo; pero también sería la negación de todos nuestros principios democráticos, de todo nuestro régimen político, que una mayoría de los vecinos de la capital gobernara imperativamente sobre una Nación de cuatro millones de habitantes.
        La fórmula verdadera es, entonces, la siguiente: la Nación manda y la capital dirige.
        Una protesta o un veto de la capital importa una insubordinación, que puede adquirir las proporciones de una rebelión; y esto explica el origen de dolorosos sucesos pasados.
        La capital, entonces, debe limitarse a concurrir a la elección, a la par de cualquier provincia, dentro de su capacidad electoral, y a acatar el voto de la mayoría, sea cual fuere, le agrade o no le agrade; y los elegidos de la Nación, si quieren realizar un Gobierno fecundo, que haga honor a su partido y a su país, tienen que buscar el concurso intelectual y culto que les ofrece nuestra gran metrópoli.
        Fijar bien estas verdades, establecer con claridad el derecho de cada uno, es propender al equilibrio de las fuerzas, para que éstas obren armónicamente, sin lo cual no podrá jamás funcionar con regularidad ningún mecanismo institucional, y nos veremos continuamente expuestos a que nuestras grandes luchas electorales, que ponen a prueba la bondad de nuestra organización, acaben en una catástrofe.
        Hay quienes sostienen que el origen de la protesta está en las condiciones y antecedentes de los candidatos, y que el Partido Nacional ha cometido poco menos que un delito y ha lanzado un reto audaz a la opinión del país, al pretender llevar a la primera magistratura a tales ciudadanos.
        Tócanos defender esa fórmula y examinar lo que hay de verdad y lo que hay de pasión política en tal cargo.
        Formé parte de la convención del Partido Nacional, tuve el honor de presidirla y di mi voto por el general Roca, para candidato a la futura Presidencia de la República. Si es difícil penetrar el alma de una asamblea numerosa y descubrir los mil móviles distintos que obran sobre el espíritu y voluntad de sus miembros, y que se traducen en un voto que resume la diversidad en la unidad, es fácil en este caso explicar por qué se votó por el general Roca y estudiar lo que puede haber para la Nación de absorbente y depresivo en este voto.
        En primer lugar, el candidato de la convención tenía que ser un miembro del partido. Creo que sobre esto no puede haber controversia. Dentro del partido había que elegir un ciudadano que tuviera la capacidad del Gobierno y títulos a la consideración nacional, y, dentro del grupo de ciudadanos en estas condiciones, buscar a aquél que reuniera mayor suma de prestigio, mayor suma de voluntades, que van hacia un hombre por razones que ni se explican ni hay el deber de explicar; pero que, una vez en el Gobierno, le dan el nervio, la iniciativa, la eficacia, sin lo cual el poder es una sombra estéril, algo inútil e impotente, como un cuerpo sin brazos. Pues bien; entre el grupo de miembros del Partido Nacional, con servicios prestados al país y con la experiencia y práctica del Gobierno, todos veían, salvo que la pasión pusiese un velo ante sus ojos, destacarse la figura del general Roca.
        Militar, nadie le niega el primer puesto entre los más distinguidos generales de nuestro ejército.
        Tiene experiencia en la vida pública y servicios innegables.
        Hubo una época, no tan distante que no puedan recordarla hombres jóvenes todavía, en que nuestros inmensos territorios del Sur eran dominio del salvaje. Cinco provincias argentinas, de Buenos Aires a Mendoza, eran víctimas continuas de las depredaciones de la barbarie. A sesenta leguas de esta capital, la civilización y el progreso estaban detenidos, y cesaba allí toda garantía a la propiedad y a la vida.
        Ese monstruo de la pampa nos arrancaba cada año, como el tributo de las cien vírgenes griegas, el tributo de madres argentinas condenadas al cautiverio brutal. Había entonces la frontera, el fortín, el contingente, la invasión; es decir, la libertad, la vida, la fortuna del habitante de la campaña continuamente amenazada. Esto duraba hacía siglos y amenazaba perpetuarse sin término, hasta que dos ciudadanos, que desempeñaron sucesivamente el ministerio de la Guerra, resolvieron librar al país de tan cruel y oprobioso vasallaje. Estoy diciendo lo que todos vosotros sabéis; pero, cuando la ingratitud pide el silencio y el olvido, la justicia reclama la palabra y el recuerdo.
        Alsina hizo de la cuestión fronteras, el problema absorbente de su vida; puso en él todas sus fuerzas y todas sus energías, venció dificultades sin cuento y pereció en la demanda, dejando su obra apenas comenzada. La gratitud de su pueblo ha perpetuado sus formas en bronce, y veinte años transcurridos no han debilitado el recuerdo de sus servicios.
        A Alsina sucede el general Roca, quien acepta la herencia y se compromete a realizar la obra. La afrontó como militar, trazó su plan de campaña y prometió resolver en seis meses el problema secular. Y en seis meses quedó resuelto. Con el concurso de un ejército pequeño, pero endurecido en la fatiga y modelo de constancia y disciplina; auxiliado por los más brillantes jefes divisionarios, para quienes no había orden difícil de cumplir, la pampa inmensa y misteriosa se vio cruzada en todo sentido, siguiendo un plan estratégico, y el salvaje, sorprendido en sus aduares, se rindió a la civilización o huyó despavorido, para desaparecer en las quebradas profundas de la cordillera.
        Al anuncio de que el indio no existía ya, los pueblos fronterizos al desierto despertaron de una atroz pesadilla; la Nación conquistó el dominio pacífico de los inmensos territorios del Sur, que hacía poco hubieron de ser tratados como res nullius; las fronteras nacionales quedaron afirmadas en el derecho y en el hecho; para el pobre gaucho cesó el contingente y el fortín; el desarrollo de la riqueza pública contenida se desbordó, y la población y el trabajo convirtieron en breve a la pampa salvaje en centro de actividad y de progreso.
        Y bien, mis jóvenes amigos, yo creo que un hombre a quien le ha tocado en suerte prestar tal servicio a su país, merece la consideración pública, y no sé hasta qué punto, jóvenes que sin duda encierran brillantes esperanzas, que espero cuajen en fruto, pero que hasta ahora no han sido útiles a su país, puedan, no diré con justicia, puedan con derecho levantar su voz airada para desconocer esos servicios y agraviar a su autor.
        Hay algo más: hace apenas dos años que se acumulaban en nuestro horizonte nubes de tormenta, y el sentimiento público se concentró, presintiendo horas de prueba, en las que tal vez hubiera que jugar todo lo que una Nación tiene de caro y de sagrado. La juventud se dirigió a los cuarteles y preparó tranquilamente sus armas; la Nación se armó y organizó sus fuerzas, y en la solemnidad de esos momentos, en que las pequeñas y miserables pasiones callan ante la inmensa palpitación patriótica, todas las miradas y esperanzas se dirigieron a un hombre, a cuya inteligencia y patriotismo, si la hora fatal hubiese sonado hubiéramos confiado la honra de la patria, las glorias de su bandera, lo mejor de nuestra vida y de nuestra sangre.
        El peligro fue conjurado; las nubes se disiparon y, tranquilizada la ansiedad patriótica, un grupo de jóvenes aparece en la plaza pública y anuncia, a propios y extraños, que la pretensión de un partido de llevar a la Presidencia de la República a aquel a cuyas órdenes hubieran combatido con honor y con gloria, es un ultraje nacional, que debe rechazarse con altivez y energía.
        No pretendo ni puedo pretender que los servicios que haya prestado el general Roca hagan de él el candidato obligado a la Presidencia; no pretenderé que no haya otros ciudadanos tan capaces y tan dignos del alto puesto, ni menos que el general Roca no haya cometido errores en su vida política, o que no tenga defectos que puedan ser fácilmente señalados.
        No. Con lo que os he dicho, sólo quiero establecer qué es lo que Sarmiento llamaba un personaje consular, que su candidatura es lógica y natural dentro de su partido, y que, si puede ser combatida, como la de todo hombre público, hay evidente injusticia y apasionamiento cuando se da a la oposición un carácter violento, ofensivo y enconado, sobre todo por parte de jóvenes, que tiempo tendrán para acumular amarguras y hasta odios propios, sin necesidad de hacerse herederos voluntarios de los ajenos.
        Pero, dejando a un lado esas explosiones apasionadas y volviendo al debate tranquilo, quiero darme cuenta de las objeciones reflexivas, y que quiero creer sinceras, que se hacen a las candidaturas sostenidas por el Partido Nacional, porque quiero llevar a vuestro convencimiento que, al votar por éstas, no vais a incurrir en un error, ni a faltar a ningún principio de buen gobierno.
        Hay quienes dicen: reconocemos todos los méritos y servicios del general Roca, pero creemos que ya están suficientemente recompensados y que este nuevo honor es excesivo. La observación merece detener nuestra atención, y estaría plenamente justificada si la designación del general Roca importara la postergación o el desconocimiento de otros méritos y otros servicios que esperaran con justicia su recompensa.
        El que un ciudadano haya recibido honores y distinciones, por grandes que éstos sean, no importa declararlo inhabilitado para otros nuevos, y si dentro del partido llamado a designar su candidato no hay quien se sienta postergado o desconocido, la objeción desaparece. El Partido Nacional, al levantar por segunda vez la candidatura del general Roca, no se ha excedido en el homenaje, como no creyó excederse el Partido Nacionalista, el 73, al proclamar, por segunda vez, candidato al general Mitre; sino que ha elegido, entre sus hombres principales, a aquél a quien por diversas causas concurren más voluntades, sin admitir que los puestos públicos que ha ocupado y que han contribuido a darle la notoriedad que tiene, importen una incapacidad política.
        Se nos dice también que la reelección es contraria a nuestras tradiciones nacionales y a la índole de nuestras instituciones, y creo poder demostrar que esas afirmaciones no son exactas. Han pretendido la reelección varios de nuestros Presidentes: Urquiza, Mitre y Sarmiento, y si ninguno de ellos realizó su propósito, no fué por resistencia a la reelección, sino por otras causas, que dieron la mayoría a sus adversarios.
        Si nuestra Constitución no admite la reelección inmediata, es por demás sabido que es con el objeto de evitar que la gran influencia política depositada en manos del Presidente, pueda emplearse en servicio propio; pero, una vez que ese peligro desaparece, cesa la prohibición. Cuando, para condenar las reelecciones, se habla de Porfirio Díaz, se hace la confusión entre un principio y un abuso. La autoelección será un abuso condenable, pues importa la supresión de todas las libertades y de la opinión pública; pero la reelección resultante del voto libre de un pueblo, no es más que la consagración de un mérito.
        En el país más libre de la tierra, en las Naciones de civilización más adelantada, regidas por un sistema de gobierno parlamentario, la conservación en el poder o la vuelta periódica al poder de los mismos hombres, es considerada como garantía de buen gobierno. Asegura mejor la inteligencia, la experiencia, la tradición de los negocios públicos. ¿Cuántos años estuvo en el poder Cavour, cuántos Bismarck, cuántas veces han vuelto al poder Disraeli o Gladstone, Cánovas o Sagasta? Todos han gobernado más tiempo que Porfirio Díaz. Si algo ha desprestigiado el Gobierno republicano en Francia, ha sido justamente el cambio demasiado frecuente de sus hombres de Gobierno.
        No; la conservación en el Gobierno de los hombres de saber y de experiencia, es y será siempre más juicioso que el cambio por el placer de cambiar, que aleja a los viejos pilotos, para caer tal vez en manos inexpertas e incapaces.
        Puedo, además, oponer a una fracción que nos es contraria su propia opinión en esta materia, que la obligará a reconocer la verdad de la doctrina que dejo expuesta.
        Los partidarios políticos del general Mitre, por dos veces, han procurado su reelección, y el distinguido hombre público por dos veces ha aceptado su candidatura, y seguramente la hubiera rechazado, si esa aceptación importara contrariar las tradiciones nacionales o la índole de nuestro régimen político. No; nosotros podemos reconocer en el general Mitre una de nuestras más grandes figuras nacionales y no votar por él por causa de disidencias políticas; pero jamás podremos pretender que el ejercicio anterior del poder, es decir, su experiencia en el Gobierno, pueda ser un impedimento a su reelección.
        Ahora, si se dice que el Gobierno anterior del general Roca fué tan malo, que su renovación sería una calamidad nacional, entonces el argumento se presenta en otra forma, grave si fuera exacta. ¿Es ella cierta? Veamos.
        Empecemos por hacer un poco de justicia distributiva. El general Roca no hizo un Gobierno unipersonal ni absoluto. Compartió el Gobierno y sus consejos con varios ciudadanos conocidos y distinguidos. Tuve el honor de acompañarle en los últimos tiempos de su período presidencial. Si ese Gobierno no fué sino un abuso prolongado, todos los que participamos directamente en él tenemos que asumir la responsabilidad de nuestros actos, y si ellos importan una inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, todos estamos inhabilitados, como castigo de nuestra falta.
        Pues bien; una fracción importante de nuestros adversarios, tiene por jefe a uno de nuestros hombres públicos más estimables, a uno de nuestros estadistas más distinguidos, un ciudadano que, si llegara a la primera magistratura, aunque contra vuestro voto, honraría a su cargo; tiene al doctor Irigoyen, quien compartió con el general Roca la mayor parte de su período presidencial y que ocupó en los consejos de ese Gobierno un lugar prominente. ¿Hay alguien que sostenga o haya jamás insinuado que los muy grandes servicios que prestó al país el doctor Irigoyen, como ministro del general Roca, son una tacha en su vida pública o le importan una inhabilitación perpetua para el ejercicio de cargos públicos? Nadie.
        Y si esto es verdad, ¿qué justicia hay en el cargo contra el general Roca? ¿O acaso se pretende hacer, del doctor Irigoyen y de los hombres que acompañamos al general Roca, entes inconscientes e irresponsables? No; ese Gobierno fué de orden y de progreso indiscutibles; en él hallaron solución honrosa nuestras grandes cuestiones internacionales; en él no hubo ni más ni menos libertad que la resultante de nuestros hábitos y de nuestra educación política, y en él se palpaba, en el manejo de los negocios públicos, pensamiento y voluntad.
        Se nos dirá que en ese Gobierno se cometieron errores, tal vez abusos, y yo pregunto a mi vez: ¿Cuál es el gobernante que asume la responsabilidad del cargo y se presenta a arrojar la primera piedra? ¿Acaso sería difícil señalar graves errores en el Gobierno de Rivadavia, en el de Mitre, Sarmiento o Avellaneda? ¿Y quiénes serían osados para presentarse a lapidar esos nombres respetados y venerados, porque fueron humanos y no fueron impecables? No; el Gobierno es tarea difícil; más aún entre nosotros, pueblos de organización embrionaria y educación imperfecta, y su juzgamiento no puede ser tan severo que haga del error un delito.
        Hay quienes objetan, por último, que el general Roca no es un literato y que no ha tenido comercio con las musas. Es verdad; pero, en cambio, es un soldado que ha ganado batallas, y, al fin, la victoria tiene también su poesía.
        En cuanto a nuestro candidato para Vicepresidente, creo excusada la defensa donde no existe el ataque, pues nadie le ha negado al doctor Quirno, ni experiencia ni méritos propios. Por fácil que sea el olvido, sus servicios al país son demasiado recientes para que sea necesario recordarlos.
        Creo haberos demostrado, mis amigos, con lo que llevo expuesto, que la fórmula de la convención nada tiene de absorbente ni de deprimente para la República, y que no acusa nada podrido dentro de la Nación; que el Partido Nacional ha procedido juiciosa y correctamente, dentro de su propio criterio y simpatías, y que puede, por lo tanto, decir a los eminentes hombres públicos que tan duramente han calificado esa fórmula, lo que el doctor Vélez Sársfield dijo a uno de ellos, en un debate memorable: “Esas afirmaciones no se contestan, se perdonan. Son hijas de vuestras pasiones y no de vuestra inteligencia”.
        Pero se dice: hace treinta años que el Partido Nacional gobierna la República bajo distintas fórmulas, dentro de sus distintos matices, y es tiempo ya de que ceda el campo, puesto que la rotación de los partidos en el Gobierno y en la oposición, ha sido siempre considerada como principio de buen gobierno.
        La reflexión es exacta, y aunque la tendencia natural de todo partido sea mantenerse en el poder y resistirse a ser desalojado, no sería yo, sin embargo, quien miraría con pena ni lamentaría, que otro gran partido asumiese la dirección y el Gobierno de la República, bajo la vigilancia del Partido Nacional, encargado de la oposición.
        Pero, ¿cuál es el partido que está en situación de llegar al Gobierno por su propio esfuerzo y conservarse en él con sus propios elementos? Examinémoslo con toda imparcialidad.
        La Unión Cívica Nacional está formada por los restos de un gran partido porteño, que venció en Pavón y se dividió al día siguiente de la victoria. La causa de esa división fue el proyecto de federalizar la provincia de Buenos Aires, iniciado por el general Mitre y combatido por el doctor Alsina y sus amigos, que veían, en esa federalización, sólo un propósito o un medio de dominación nacional.
        Ese partido se extendió por las provincias, aprovechando los prestigios de la victoria, y se adhirieron a él hombres de importancia, pero nunca penetró en el sentimiento de las masas, sin duda porque despertaba las resistencias de su origen.
        En los últimos treinta años, sus derrotas, como sus abstenciones, lo han desgajado, y puede decirse que, si se conserva aún, lo debe al gran prestigio que acompaña y acompañará siempre a su ilustre jefe, y esto explica que su nombre popular sea distinto de su nombre oficial. Conserva en ciertas provincias elementos importantes de opinión; en otras, sólo grupos selectos, pero pequeños; en algunas, le será difícil encontrar un número bastante para llenar el requerido para una convención nacional.
        ¿Puede este partido encargarse por sí solo del Gobierno de la Nación? Es el primero en reconocer su impotencia, puesto que ni siquiera ha pretendido iniciar una campaña independiente.
        Pero, si no existiera esta confesión propia, tendríamos muy cerca otra prueba palpable. Ese partido no ha podido gobernar por sí solo ni siquiera la provincia de Buenos Aires, centro de sus mayores y mejores elementos. Para llegar a ese gobierno y mantenerse en él, ha necesitado el concurso del Partido Nacional, sin el cual es notorio que el Gobierno se hubiera hecho imposible. El Partido Nacional le prestó su concurso incondicional y desinteresado, no en vista de recompensas o consideraciones ulteriores -puesto que sabe que en política nada hay más común que el fácil sacrificio de la gratitud- sino consultando los verdaderos intereses de la provincia y de la Nación, y exigiendo sólo que ese Gobierno fuera liberal, ordenado y respetuoso de nuestros principios institucionales, como lo ha sido, aunque dentro de una política de partidismo excluyente que ha sido un error, pero que es disculpable.
        No está, por lo tanto, la Unión Cívica Nacional en situación de tomar a su cargo exclusivo el Gobierno de la Nación, y no puede exigir de nuestro partido que le abandone un peso y una responsabilidad que ella no tiene fuerzas para soportar.
        ¿Está en mejores condiciones el Partido Radical? Veamos.
        Cuando se trata de derribar o vencer un obstáculo, sin cuidarse de todo resultado o fin ulterior, el propósito es sencillo, simple, único, y pueden concurrir a él, sin violentarse y sin chocarse, hombres con ideas, tendencias o idiosincrasias las más variadas. Fué éste el nervio y la fuerza principal de la revolución del 90. Su preocupación única y absorbente, era derribar el Gobierno del doctor Juárez. Dentro del Parque había hombres de todos colores y matices políticos, de tendencias y condiciones las más profundamente contrarias y excluyentes.
        El día en que el propósito inmediato de la revolución fué alcanzado, con el retiro del doctor Juárez, el problema cambió. Ya no se trataba de destruir, sino de reconstruir, y entonces la uniformidad revolucionaria desapareció. Se presentaban dos maneras de reparar los males pasados: o la evolución pacífica y relativamente lenta dentro del juego legal de nuestras instituciones, o el derrumbamiento violento de todo lo existente, para reconstruir el edificio con material y elementos nuevos.
        Hay quienes creen, porque la historia de esos días tan cercanos aún no se ha escrito, que las balas que se cambiaron entre las plazas del Parque y Libertad fueron simplemente en contra y en favor de un Presidente. No. Si ése hubiera sido el único móvil del ataque y la defensa, la revolución, que contaba con la unanimidad casi de este pueblo, hubiera triunfado a los primeros tiros. Había algo mucho más transcendental y grave, y el problema pavoroso se presentó a nuestro espíritu en el momento en que, por autoridad de la revolución, una junta quiso asumir el Gobierno de la República. El Ejecutivo y el Congreso Nacional, todos los poderes constituidos, desaparecerían y serían reemplazados por un poder irresponsable y absoluto, apoyado en tropas sublevadas. Los catorce Gobiernos de provincia y sus legislaturas, caerían, y, en su lugar, se hubiera visto aparecer catorce juntas revolucionarias, formadas por los más audaces. Y de ese inmenso desorden, donde ya se veía bullir la más espantosa anarquía, en presencia de un ejército y escuadra sublevados, se pretendía hacer surgir un Gobierno institucional y libre.
        Si los que se batían en el Parque vengaron grandes males pasados, los que se batían en la plaza Libertad ahorraron grandes males futuros, y fue el ángel tutelar de la patria quien paralizó el brazo formidable de la revolución y encaminó los sucesos por vías pacíficas, que nos permiten hoy, salvados los peligros, apreciar y discutir, sin amarguras ni enconos, tanto las lecciones del pasado como las esperanzas del porvenir.
        La división de la primitiva Unión Cívica, trabajada por diversas tendencias, fue un hecho fatal. Si se agrega que los antiguos autonomistas y los nacionalistas, con sus antagonismos tradicionales e históricos, nunca pudieron amalgamarse, se comprenderá fácilmente que la política del Acuerdo fué sólo la causa ocasional de la división.
        Se formó, entonces, el Partido Radical.
        Como masa, lo componían en su mayor parte antiguos autonomistas; como índole y propósito político, era la encarnación de uno de sus jefes. El radicalismo es más bien un temperamento que un principio político, pues hay radicales en política, como en religión, como en toda escuela social o científica. El doctor Alem era radical por temperamento, y en esa inflexibilidad de sus propósitos e intransigencia de sus medios, estaba el secreto de su fuerza. Buscaba la regeneración por la revolución, y por eso le era indiferente que el Presidente fuera Juárez o Sáenz Peña.
        Un partido formado en estos principios tiene que vivir de ellos o desaparecer. Cuando al célebre Ricci, general de los jesuitas, se le pidió que modificara algunas reglas de la Orden, para evitar la Bula papal que amenazaba disolverla, contestó con una frase, que ha sido desde entonces el lema de todos los radicales: - Sint ut sunt, aut non sunt. Serán lo que son o no serán.
        Dentro de esa inflexibilidad de principios y de medios, fácil es prever que no puede alcanzar ese partido una mayoría nacional, y menos ser un partido de Gobierno.
        El arte de Gobierno exige cierta ductilidad, cierta flexibilidad de espíritu, inconciliable con un temperamento radical. Uno de nuestros hombres públicos eminentes, con más sólidas cualidades de estadista, el doctor del Valle, intentó conciliar el Gobierno con la doctrina radical revolucionaria, y, a pesar del apoyo entusiasta de esta ciudad, tuvo que renunciar a su intento, ante el peligro evidente de una conflagración general. Otras naciones han hecho igual ensayo con igual resultado.
        No sería, pues, el Partido Radical neto, a quien el Partido Nacional pudiera entregar el Gobierno, pues se correrían los mismos riesgos que bajo el ministerio del Valle, pero con esta gran personalidad menos, lo que agrandaría más el peligro.
        Forma parte del Partido Radical, en la capital y en varias provincias, un grupo de antiguos miembros del Partido Nacional y cuyo jefe reconocido es el doctor Irigoyen, el menos radical de nuestros hombres públicos, pues tiene todas las condiciones y cualidades de un estadista y hombre de Gobierno. El doctor Irigoyen fue uno de los miembros más distinguidos de nuestro partido; pero, por desgracia nuestra, a la mitad del camino de su vida, en un momento de duda, extravió la senda, que no estaba clara, y fué a caer en los círculos del radicalismo.
        No tenemos en nuestras filas un gran poeta amigo, conocedor de esos parajes, a quien enviar en su busca, para que lo vuelva a nuestra afección y a la claridad del día. Tal vez lo encuentre en campo en otras horas enemigo, que tales suelen ser las extrañas ironías del destino.
        Todo lo expuesto prueba que no existe, fuera del Partido Nacional, una fuerza de opinión organizada y bastante poderosa, a quien confiar el poder nacional en caso de que resolviera aquél abandonarlo; y esta incapacidad está confesada por nuestros adversarios, que buscan unirse, porque reconocen que, aisladamente son impotentes.
        Pero aquí asoma otro peligro mayor, contra el cual la Nación debe defenderse.
        Lo que los partidos políticos que merecen tal nombre buscan en las grandes luchas electorales, no es apoderarse de ciertos empleos por simple gula, sino constituir un Gobierno que asegure la felicidad y prosperidad nacional, dentro de cierto criterio político y con todos los elementos de acción necesarios, para hacerlo tranquilo, eficaz y fecundo. Es esto lo que constituye los altos fines de la política.
        La coalición de nuestros adversarios, fundada en su propia impotencia, ¿puede llegar a formar ese Gobierno?
        En manera alguna, y lo demuestra ya desde su misma manera de proceder.
        En líneas paralelas, se ha dicho.
        Exactamente: cuando hay deseos de acercarse e imposibilidad de unirse, las paralelas son una solución intermedia.
        Pero dos partidos distintos, al colocarse en columnas paralelas, adoptan una formación perfectamente indicada para llevar un asalto al poder, y si éste fuese su único propósito, nada habría que observar; pero de un asalto jamás resultará un Gobierno capaz de dirigir tranquilamente los destinos del país.
        El Presidente de la República no constituye por sí sólo el Gobierno de la Nación. Para que su acción sea eficaz necesita el apoyo de la mayoría del Congreso, porque el Gobierno político es la resultante de estas dos fuerzas, de estos dos poderes. Para conseguir la acción armónica de los dos poderes, en el sistema parlamentario se somete la composición del ministerio a la mayoría del Congreso, pero en nuestro sistema presidencial, como coinciden elecciones de electores con renovación del Congreso, se hace fácil que la misma mayoría domine en una y otra elección, a condición de que sea un mismo y solo partido el que triunfe.
        Las paralelas no pueden dar por resultado un Gobierno homogéneo y estable, sino una coalición transitoria y efímera, que ofrecerá para el porvenir todas las zozobras e inquietudes que nacen de la composición heterogénea del Congreso, compuesto de nacionales, radicales, cívicos, independientes, etcétera.
        Tan evidente es esto, que empieza ya a olvidarse las paralelas y a hablarse de fusión. Pero no hay fusión posible, sin que las fracciones empiecen por disolverse, para en seguida confundirse y refundirse, y para esto hay que renegar de declaraciones e intransigencias pasadas y declararse todos materia fusionable, sin tradiciones, ni principios, ni pensamientos, ni pasiones, capaces de ser amasados y reducidos a pasta blanda, que tomará la forma que le dé algún gran artífice político.
        No es así que se formará el nuevo y gran partido. Esta fusión, obedeciendo, sin duda, a la ley de las reacciones, es sólo un oportunismo ultrautilitario, en que cada uno pone precio a su adhesión.
        Para éste, la presidencia; la vicepresidencia, para aquél; el Gobierno de Buenos Aires, para un tercero; el de Corrientes, para un cuarto; Santa Fe o Entre Ríos, para los que se contenten con ilusiones, y, para los poetas menores, diputaciones, etc., etcétera. En una palabra, una gran tómbola política, con premios grandes y pequeños, que nos ofrecerá, como única perspectiva, un Gobierno vestido con retazos de todos los colores, sin principios ni fe política, sujeto a coaliciones y combinaciones diarias, que lo mantendrían en crisis perpetua.
        ¿Qué parte le corresponderá a la juventud, que ha sido estrepitosamente convocada, en esa escena? ¿Será para iniciarla en la vida pública con el espectáculo de sacerdotes tirando dardos sobre la túnica de la Nación y las provincias, y distribuyéndose las partes de un botín que aún no han conquistado? ¿Y para llegar a esto se le ha hablado de principios, de instituciones y libertades, y se le ha pedido altivez y energía?
        No. Cien veces preferible sería cerrarle las puertas del templo y ahorrarle tan tempranos desengaños y decepciones, capaces de marchitar para siempre sus primeras y más caras ilusiones.
        En época no lejana, cuando el Partido Nacional, dueño de la mayoría, ofrecía espontáneamente participación en el Gobierno a hombres distinguidos de otros partidos, o cuando daba su voto para llevarlos al Gobierno de una provincia sin poner precio a su concurso y sin aspirar a más puestos que los que pudiera adquirir con su voto en los comicios, ¿quién no recuerda los rugidos de indignación que tal conducta provocó en las filas principistas y las frases airadas que condenaron esas componendas y contubernios?
        ¿Dónde están hoy esas indignaciones?
        Podéis felicitaros, mis jóvenes amigos, de que, al iniciar vuestra vida política, os hayáis afiliado a un partido libre de estas vacilaciones y de estas claudicaciones. Un partido unido, compacto y fuerte, con una doctrina, un propósito y un candidato propio. Partido a quien el país debe casi todo su progreso moral y material en los últimos treinta años. Partido que no vive sólo de la política y de la disputa por el puesto público, sino que estudia y se preocupa de todo lo que afecta al bienestar general; que se apoya principalmente en las fuerzas conservadoras del país, y en el que fundan sus esperanzas la industria y el comercio nacional, factores principales de nuestra prosperidad. Partido, en fin, que encontrará en vosotros, que reflexiva y resueltamente proclamáis vuestra fe política, nueva savia y nuevo vigor para continuar su obra benéfica, en el día no lejano en que los que estamos al frente nos retiremos vencidos por la fatiga y el tiempo.
        Mis amigos: al hacer el estudio minucioso y reflexivo de nuestra actualidad política, os habéis apercibido de cuán frecuente es el cambio en la escena y en los actores, y os habrá asaltado, tal vez, el temor de extraviaros entre tanta variedad y tanta variación.
        El peligro existe, y sólo lo evitaréis teniendo siempre en vuestra vida pública un ideal, un propósito fijo.
        El mundo entero acaba de asistir a un espectáculo que encierra una de las más grandes lecciones de la historia. Un pueblo, al saludar a su Reina en el sexagésimo aniversario de su coronación, ha celebrado, ante las Naciones asombradas, el triunfo colosal de una raza.
        En sesenta años de esfuerzo, se ha formado en torno a una isla pequeña, uno de los más grandes Imperios que recuerda la historia. En medio de grandes pueblos, que buscan alianzas y coaliciones para defenderse o para agredir, el pueblo inglés se presenta solo, grande, libre y fuerte, y en la grandiosidad de su soberbio aislamiento impone a todos admiración y respeto. Los hombres de pensamiento del mundo, han reconocido que ese resultado se debe a grandes condiciones morales.
        La seriedad y el amor a la verdad; la constancia en el esfuerzo, sin desfallecimientos ni arranques febriles; el horror a la declamación, a la charlatanería, al exhibicionismo; el respeto por el saber, por el valer, por el mérito, en cualquier forma que se presente, y, sobre todo eso, el sentimiento de solidaridad nacional, que hace que todo inglés se sienta obrero de la misma causa, se respete y se estimule, en la seguridad de que el triunfo de cualquiera será siempre el triunfo de la vieja Inglaterra.
        Buscad, mis amigos, en la historia de ese pueblo, en el estudio de sus hábitos y costumbres, la guía de vuestra vida política. Sed serios y constantes en vuestros propósitos. Entre radicales y oportunistas, seguid el consejo de Bismarck: sed radicales en los fines, y oportunistas en los medios, pues todos son buenos, cuando son dignos y honestos. Respetad a vuestros adversarios, que no son ni mejores ni peores que vosotros, quienes sólo se distinguen en que ven los hombres y las cosas bajo distinta luz o bajo distinta forma.
        Las libertades políticas, la verdad de las instituciones, como la cultura social o intelectual de un pueblo, no pueden ser la obra de un hombre, ni de un partido, ni de un momento, sino el resultado, más o menos lejano, de una lenta educación nacional. Predicad con el ejemplo, cumpliendo siempre vuestros deberes de ciudadanos, pues es demasiado fácil, para ser fecunda, la simple declamación sobre las libertades y derechos públicos.
        Si conseguís difundir estos principios y radicar estos hábitos, no dudéis de que el día en que celebremos nuestro centenario político, podremos también presentar ante el mundo el espectáculo de un pueblo unido, libre y fuerte, que, apoyado sólo en su poder y su derecho, imponga a todos consideración y respeto.
        Ahora, réstame sólo agradeceros vuestra benévola atención y desearos todos los éxitos en vuestra vida política.
        Separémonos para prepararnos a la lucha y a la victoria, y, si él destino quiere que seamos vencidos, aún le quedará a nuestro partido una gran lección que dar: mostrar cómo se acepta, sin agravios, la derrota, y cómo se acata y se respeta al vencedor.
        Esta conferencia, una de las más vibrantes páginas de Pellegrini, tuvo lugar en el teatro Odeón, de Buenos Aires, el día 25 de agosto de 1897, en instantes que nuestras relaciones diplomáticas con la República de Chile habían llegado al máximo de tirantez. El general Roca, conquistador del desierto, conocedor como pocos de nuestro lejano sur, militar de grandes recursos estratégicos, de incontrastable influencia política en toda la Nación y cuyos prestigios de jefe victorioso habían salvado las fronteras del país, significaba, en esa hora, para el pueblo hermano, un llamado a la reflexión, un alto en el desborde de las pasiones bélicas y la posibilidad de que el conflicto inminente pudiera solucionarse por otros medios que el de las armas.
        El doctor Pellegrini sabía que el general Roca tenía grandes amigos en Chile y, lo que es más, el tacto y la sagacidad necesarios para resolver, por vía pacífica, el candente conflicto.
        Su conferencia del Odeón decidió el triunfo de la candidatura del general Roca, que entró a ocupar, por segunda vez, la Presidencia de la República el 12 de octubre de 1898 y en el desempeño de la cual desaparecieron los malos entendidos y pasiones que nublaron, por entonces, nuestra fraternal amistad con la gran República del Pacífico.
        Fervorosos partidarios de Pellegrini censuraron privada y públicamente a éste por su renuncia voluntaria a intentar el conseguimiento de la Presidencia de la Nación. - No - contestó Pellegrini, a un grupo de amigos íntimos que lo instaba a ello; - “Roca debe ser Presidente, porque sólo él evitará la guerra con Chile. Esa cuestión es más importante que cualquier otro interés del país”.

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EL DERECHO ELECTORAL
 
« ... el sufragio universal es un dogma que se adora sin discusión. Por mí* parte, desconfío siempre de la fe ciega, porque creo que en la política, como en religión, ella conduce al fanatismo».
  LABOULAYE

        En la infancia de las sociedades, el primer hecho que estableció su imperio fue el de la fuerza; y desde ese momento se inició la lucha entre la razón y la violencia, entre el derecho y la fuerza, produciendo ese combatir eterno, necesario para que la sociedad no se detenga en la jornada sin término del progreso, ya apareciendo la razón vencedora con las Repúblicas Griegas, ya la razón vencida con los reyes de Macedonia; ya el derecho sobre puesto a la fuerza con la República Romana, y a la fuerza sobrepuesta al derecho con los Césares.
        La humanidad reaccionando siempre; pasando del despotismo degradante a la exageración de la Libertad, parece ceder a la marea de las pasiones que, casi siempre ciegas, obedecen a la fuerza de atracción de esos astros que cruzando tiempo en tiempo por el cielo de las sociedades y que los hombres han llamado genios.
        La Edad Media con sus Reyes absolutos, con su orgullosa nobleza, con sus vasallos y sus siervos, con sus fueros y sus juicios de Dios, desapareció, vencida en la lucha con la civilización, conducida en alas del cristianismo, que todo lo invadía, todo lo dominaba, fecundando el suelo degradado por el despotismo, con la sangre de sus mártires; iluminando al mundo envuelto en las tinieblas de la ignorancia, con la luz de sus doctrinas.
        Pero esa Edad, al desaparecer, dejó como huella de su paso, a los Reyes por derecho divino, a los pueblos acostumbrados a la servidumbre, y al mismo cristianismo, después de su victoria, manchando su túnica sagrada con la sangre vertida sobre los patíbulos de la Inquisición.
        Llegó la Edad Moderna, pero el despotismo imperaba en todo su siniestro esplendor; la personalidad de los pueblos no existía, absorbida por la personalidad de los Reyes; L'Etat c'estmoi, pintaba en tres palabras la degradación de la sociedad y el poder omnímodo de los monarcas.
        La reacción tenía que venir, la atmósfera sofocante del despotismo ahogaba el pensamiento, la libertad, todos los derechos más sagrados del hombre: los Reyes se habían sobrepuesto a los pueblos, los pueblos tenían que sobreponerse a los reyes; el rayo de sus iras iba a derruir los palacios de la tiranía; el huracán de la revolución iba a despejar esa atmósfera deletérea del despotismo. La humanidad iba a reivindicar sus derechos.
        Los librepensadores prepararon el terreno, la revolución francesa consumó la obra; la soberanía popular ocupó el trono de la Monarquía, y el pueblo se declaró Rey por derecho propio, proclamando a la faz del mundo el principio salvador del sufragio universal.
        No era la primera vez que él aparecía como base de la sociedad política, pero era la vez primera que asentaba definitivamente su dominio, y un nuevo mundo al organizarse lo proclamaba haciendo de él la fuente de sus poderes.
        Con razón él ha sido saludado como una de las más grandiosas conquistas de la Libertad en los tiempos modernos; con razón ha sido escrito en las banderas de los que buscan el ideal de las sociedades por medio de la igualdad y la democracia; pero, ¿debe, puede este principio ser admitido sin restricción en nuestra organización política, o habrá que limitarlo en su aplicación, para adaptarlo mejor a nuestra naturaleza imperfecta y hacer que responda, sin violencia, a los fines que presidieron su proclamación?
        Esta gravísima cuestión trataré de discutirla en su aplicación a nuestra República, de manera de conciliar el derecho individual con los intereses de la comunidad, limitando, si necesario fuere, el ejercicio del derecho para dar mayor garantía de su legitimidad, y asegurar de que está a la altura de la influencia que es llamado a ejercer en los destinos de la Nación.
        El sufragio universal, tomado en su sentido lato importa la concesión del derecho electoral a todo ciudadano, y él forma la base del sistema de gobierno representativo, consagrado en nuestra carta fundamental.
        Las naciones cuyas fuerzas están formadas por la fuerza colectiva de sus miembros, cuya riqueza representa la riqueza de sus habitantes, cuya gloria y cuyo poder es conquistada y sostenida por los sacrificios de sus hijos, no pueden ser dirigidas sino por la voluntad de los que contribuyen a su fuerza, a su riqueza, a su poder y a su gloria. Esta consecuencia lógica y legítima, desconocida por los reyes que hacían del derecho divino un instrumento de despotismo, es la base de la soberanía popular, del gobierno del pueblo por el pueblo.
        El derecho electoral nace con el ciudadano, y le es inherente mientras conserve esta condición, pero su ejercicio puede y debe estar sujeto a reglamentación, más que cualquier otro, pues de él depende el bienestar común, tanto social como político, pues es el órgano por medio del cual la voluntad soberana del pueblo se convierte en Ley y rige los destinos del país.
        Que la reglamentación de este derecho puede llegar hasta la limitación sin alterar o atacar el principio del sufragio universal, es indudable, con tal que la limitación sea simplemente en el ejercicio, sin desconocer el derecho, y que sea facultativo en el individuo el remover el obstáculo que lo limita.
        Si puede ser limitado el ejercicio de los derechos civiles, cuyo mal empleo sólo perjudica directamente al individuo, con cuánta más razón podrán ser limitados en su ejercicio los derechos políticos, cuyo mal uso compromete gravemente nuestra organización social y la dañan muchas veces de una manera difícilmente reparable.
        Sin necesidad de considerar el estado de nuestra sociedad para decidir sobre si hay necesidad de reglamentar este derecho o si puede ser aplicado en toda su latitud, hay una razón a priori que prueba la necesidad de esta reglamentación.
        El sufragio universal importa la igualdad absoluta, que es una de las fases de perfección social; no puede, en consecuencia, sin sufrir alteración, formar parte de la organización política de sociedades que tienen su germen de imperfección en la naturaleza humana. Este principio, al adoptarse a la organización política de la sociedad, tiene que resentirse de esta imperfección, so pena de contrariar esa misma organización.
        ¿Cuál será, pues, la condición requerida para admitir este principio, para conceder este derecho? Creo que la dificultad será en gran parte salvada con exigir simplemente del ciudadano, lo que se exige para el ejercicio de todo otro derecho: la capacidad.
        El gobierno directo del pueblo es imposible, pues la energía y prontitud de acción eminentemente necesaria para el gobierno de las sociedades, no podría conseguirse si hubiera que consultar la voluntad general, y además, porque la continua dedicación a los negocios políticos por parte del pueblo, traería una perturbación funesta en el régimen económico, por el necesario descuido de los demás intereses sociales.
        Esta imposibilidad ha hecho necesario el gobierno indirecto por medio del mandatario.
        El pueblo elige a los representantes de su voluntad, a los encargados de dar forma por medio de la ley y de su ejecución, a las ideas predominantes.
        Para tomar parte en esta elección, que es lo que importa el ejercicio del derecho electoral, se requiere, pues, en el elector, la capacidad de distinguir entre la bondad de dos principios, poder juzgar cuál de ellos reportaría en su aplicación mayor bien a la comunidad, cuál está más en relación con sus intereses, con su porvenir. Además, tiene que ser capaz de conocer quién es el más apto para realizar en la práctica el principio aceptado, quién responderá mejor a la encarnación de la idea por cuyo triunfo se lucha.
        En consecuencia, este derecho que existe inherente en el ciudadano, debe estar sometido en su ejercicio a estas condiciones de capacidad necesarias para que llene el objeto a que es llamado, y para que el sufragio popular sea un principio salvador y no un sarcasmo peligroso.
        En efecto, ¿qué significaría el voto de esa parte de nuestra población, ignorante hasta de los primeros rudimentos del deber humano, cuya inteligencia completamente inculta se acerca más al instinto?; ¿qué significa ese voto dado por un ser sin conciencia de su derecho, sin conocimiento de la idea a que sirve, hasta del objeto que lo mueve?
        El decir que el conjunto de esos votos representa la voluntad popular, ¿no es peligroso?
        El rudo campesino a quien el descuido propio o el de los encargados de velar por su suerte, privaron de la capacidad necesaria para tener conciencia de la importancia y del objeto de ese derecho, y a quien la ley sin embargo le concede la capacidad política, ¿qué hará con ese voto, cuya importancia no conoce, con ese derecho, cuya santidad no comprende? O movido por intereses del momento, lo entregará a su patrón; o movido por sus afecciones, lo cederá al que haya logrado adquirir prestigio sobre él, o llevado de un sentimiento más bajo, lo venderá a quien más le ofrezca.
        El objeto del derecho desaparece en todos los casos; él es dado para que cada uno tenga una participación en el manejo de la cosa pública, que a todos interesa; cuando esa participación es imposible, el derecho es ilusorio.
        Mucho se ha hablado contra el caudillaje, sin fijarse que algo más que una consecuencia forzosa del sufragio universal, tal cual se aplica hoy, el ser caudillo es un deber entre nosotros.
        El ciudadano que llega a concebir o comprender una idea o un principio que en su aplicación promoverá los intereses de la República, está en el estricto deber de propender por todos los medios legales a su alcance, al triunfo de esa idea o de ese principio. El único medio de conseguirlo es lograr que sea apoyado por el voto de la mayoría. Él se ve rodeado de votos flotantes, sin conciencia de su poder, sin idea que los dirija, y que mal dirigidos pueden ocasionar la desgracia del país; su deber le impone el tratar de encaminarlos por la buena senda, hacer que respondan a fines legítimos, tratar de ejercer influencias sobre esos electores-máquinas aplicando sus fuerzas al triunfo de los buenos principios; en nombre de los intereses de su patria está en el deber de hacerse caudillo de esas masas.
        Arma funesta que casi siempre se esgrime en daño de los mismos derechos que debiera defender.
        Nada hay pues más justo, más necesario, que limitar, con respecto a esos ciudadanos, el ejercicio del derecho electoral.
        Admitida la necesidad de limitar el derecho de sufragio a aquellos en quienes existía por lo menos la presunción de que están en condiciones de capacidad bastante para su ejercicio, pasemos ahora a considerar cuáles serán las cualidades que deban exigirse en el ciudadano para que exista esta presunción.
        Hemos considerado, como debimos hacerlo, el derecho inherente en él, y simplemente hemos mostrado la conveniencia de limitar su ejercicio. En consecuencia, para no atacar el principio admitido de la existencia del derecho, las cualidades requeridas para su ejercicio, deben, hasta donde sea posible, ser facultativas en el ciudadano, pues si no dependieran de su voluntad, y sí, de un hecho para él imposible, el derecho sería siempre ilusorio, pues jamás podría llegar a su ejercicio.
        Stuart Mill, entre otros, ha pretendido tomar el impuesto pagado por el individuo como un medio de fijar la capacidad electoral. Este sistema presenta varios inconvenientes: 1°, sería preciso que todos los impuestos fueran directos, para poder fijar lo que cada ciudadano cede para soportar las cargas del Estado, cuyo cálculo es imposible mientras exista un impuesto indirecto; 2°, el impuesto pagado por un individuo está en necesaria relación con su riqueza, y siendo ésta independiente de su voluntad, el ejercicio de su derecho dependería de su mayor o menor fortuna, y no sería facultativo ni se tendría en cuenta su verdadera capacidad. La razón aducida por Stuart Mill, de que la facultad de tomar parte en la votación de los impuestos por parte de aquellos que no los pagan, importa darles el derecho de tomar dinero del bolsillo de sus vecinos para todo lo que les agrade llamar un objeto público y, que a primera vista tiene cierto peso, lo pierde si se reflexiona que siendo inmensa la mayoría de los ciudadanos que pagan impuestos, sobre los muy raros (y si se toma en cuenta el impuesto indirecto ninguno) que no lo pagan, cualquiera que sea la base tomada para fijar la capacidad electoral, siempre prevalecerá esa mayoría.
        Por otra parte, es la clase más pobre de la población la que más necesita el amparo de la ley, pues el legislador no se ocupa sólo de votar impuestos, y a ella debe dársele una justa intervención en el nombramiento del legislador, dándole así un elemento de defensa, pues la persona pudiente los tiene de sobra en su propia fortuna.
        Aceptando el principio democrático, tenemos que aceptarlo en todas sus consecuencias, y el único motivo por el cual puede limitarse legítimamente el derecho electoral es la incapacidad, la cual no está en relación con el impuesto. Los que pagan mayores impuestos es porque exigen de la comunidad mayores sacrificios para la garantía de sus derechos; el mayor impuesto pagado por el propietario sobre el pagado por el obrero, está compensado con el mayor gasto que exigen del Estado para garantir el derecho de propiedad del uno y del otro.
        No pudiendo el ejercicio de este derecho ser limitado, sino a causa de incapacidad, veamos cuáles serán las condiciones que induzcan a creer que ella no existe.
        No puede exigirse de la masa de las poblaciones, por más adelantadas que estén en el orden intelectual, los conocimientos bastantes para ponerlos en aptitud de llevar la iniciativa en la discusión de ideas o principios; pero sí puede exigirse de ellas, los conocimientos elementales necesarios para poder llegar a la comprensión del objeto e importancia de sus derechos, imponerse de nuestro código fundamental, conocer nuestro modo de ser político y comprender el rol que son llamadas a desempeñar en una democracia.
        Stuart Mill fija estos conocimientos elementales en la lectura, la escritura y la regla de tres. Dejando a un lado esta última condición, eminentemente inglesa, como la llama Laboulaye, creo que la lectura y la escritura son conocimientos bastantes para poner al individuo en condiciones de capacidad suficiente para acordarle el ejercicio del derecho electoral.
        No pretendemos que el hombre, por el hecho de saber leer y escribir, esté libre de influencias extrañas más o menos legítimas, pero sí, que estando en la posibilidad de juzgar de las ideas en lucha, por la lectura de la discusión contrariada, del objeto e importancia de su derecho, y de la organización política de su país, por la lectura de la Constitución, debe juzgársele con bastante capacidad para el ejercicio de este derecho.
        La admisión de esta condición viene a servir de estimulante a la instrucción popular, tan necesaria en las Repúblicas, adhiriéndole ciertos privilegios, que hacen resaltar más la baja condición del hombre que descuida, hasta el abandono, el cultivo de sus facultades intelectuales.
        La condición es completamente facultativa, salvo rarísimos casos que desaparecerán a medida que la instrucción primaria se difunda, y en consecuencia, la incapacidad causa de la privación del ejercicio del derecho, sólo será imputable al individuo negligente.
        La difusión de la instrucción primaria viene a ser de esta manera más obligatoria en los gobiernos encargados de velar por los derechos individuales.
        La industria pastoril es indudablemente un gran obstáculo para conseguir esta difusión. La necesidad de dejar entre cada cabaña, el espacio suficiente para pacer el rebaño, disemina las poblaciones en nuestra campaña, e impide la formación de centros poblados que facilitan los medios de instrucción. La posibilidad de utilizar el trabajo del niño desde su tierna edad, induce a padres imprevisores, enviarlos a cuidar el rodeo, en vez de enviarlos a la escuela.
        Es necesario que las instituciones lleven la iniciativa en el progreso de las costumbres, sin contrariarlas violentamente, ni adelantarse en demasía, bajo pena de no verse realizadas en la práctica.
        La propagación de la agricultura y el aumento de población propendiendo al encarecimiento de la tierra, producirán la subdivisión y el consiguiente agrupamiento de las poblaciones, que tanto favorece a la instrucción.
        Llegar a la perfección en esta materia teniendo que luchar con la naturaleza imperfecta del hombre es una utopía; debemos, pues, darnos por satisfechos con tratar de aproximarnos cuanto nos sea posible a esa perfección deseada, que en las democracias consiste en la práctica de los principios de igualdad y en la pureza de las fuentes del poder.
        La idea de limitar el derecho de sufragio a los que sepan leer y escribir, no es nueva en los sistemas de gobierno como el nuestro. Varios Estados de la América del Norte, entre los cuales podemos citar a Connecticut, Massachussets, Missouri y otros, la han adoptado, y entre nosotros la provincia de Mendoza, en dos leyes de elecciones dadas en 1827 y 1864, también la adoptó.
        Hay quienes protestan contra esta supresión del derecho de sufragio en vista de la incapacidad para su ejercicio, fundados en la necesaria correlación que debe existir entre el deber y el derecho. Consideran arbitrario e injusto conservar las cargas al ciudadano a quien se niega el ejercicio del derecho.
        Nos detendremos en esta objeción. Nosotros consideramos a los derechos y deberes originados por la ciudadanía como existentes en todo ciudadano; pero del mismo modo que puede ser liberado del cumplimiento del deber por imposibilidad física u otra causa, conservando el ejercicio del derecho, del mismo modo puede ser suspendido el ejercicio del derecho por incapacidad moral o intelectual, quedando obligado al cumplimiento del deber. Se le libra del cumplimiento del deber por consideraciones de orden social; se le priva del ejercicio del derecho por consideraciones de orden político.
        Desapareciendo la incapacidad física, el ciudadano está obligado a cumplir con sus deberes; desapareciendo la incapacidad intelectual, el ciudadano queda en estado de ejercer sus derechos. La correlación existe, pues, y la calificación de los electores sólo importa dar mayores garantías a la legitimidad del voto.
        El derecho de ser elegible es tanto o más importante que el de ser elector, y si nadie ha pretendido negar la necesidad de establecer las condiciones de elegibilidad, es porque el peligro en este caso es más directo, más palpable, aunque no más cierto.
        Una objeción nacida de circunstancias que nos son peculiares, se presenta para no admitir la aplicación de estos principios entre nosotros; y es que en su aplicación se va a privar del derecho de votar a la mayoría de los habitantes de nuestra campaña, que son justamente sobre los que más pesan las cargas de la ciudadanía.
        ¿Por qué pesan más sobre el hijo de la campaña que sobre el hijo de las ciudades? Porque a aquél, además del impuesto, del deber de armarse en defensa de la patria, le está encomendado exclusivamente el cuidado de nuestras fronteras, que es la carga más inmensa que puede pesar sobre él.
        Pero no puede atacarse una idea nueva en nombre del abuso antiguo, y el contingente no es otra cosa, sino la más escandalosa violación del derecho de igualdad entre los ciudadanos.
        Es evidente la necesidad de guardar las fronteras, pero, ¿por qué razón ha de encomendarse su defensa exclusivamente al gaucho, que tal vez es quien menos interés directo tiene en guardarlas?
        ¿Qué busca el indio, cuando abandonando sus tolderías y sus pampas, traspasa la línea de nuestras fronteras, asolando y sembrando el terror por dondequiera asienta el casco de su potro? ¿Qué lo mueve en esa carrera de depredación?
        ¿Es acaso el deseo de lucha? ¿Es acaso el placer de la matanza? No.
        Es el botín, es el hambre el que lo guía, el que lo mueve.
        Viene en busca de nuestros potros para poder sobre su lomo, cruzar y dominar el desierto; viene en busca de nuestras vacas que le servirán de alimento y cuya piel servirá de techo y hogar para sus hijos; viene en busca de nuestras ovejas cuya lana resguardará su cuerpo contra el rigor de las estaciones.
        Sacrificará, tal vez, la vida de los pobladores de nuestra campaña y el honor de sus familias, pero esto lo hará, o por necesidad para lograr su objeto, o cediendo a sus instintos salvajes.
        Pero su verdadero fin no es ese. Su ataque va dirigido a la propiedad. Haced, pues, que la propiedad se defienda a sí misma.
        ¿Cómo? Haced que el potro y la vaca den un pedazo de su piel, que la oveja dé un pedazo de su vellón, convertid esas pieles y esa lana en oro y convertid ese oro en soldados, y la defensa real de la frontera habrá sido asegurada y los derechos legítimos del gaucho serán respetados.
        Decretad un impuesto especial sobre la propiedad semoviente, que es la que atrae al indio, y este impuesto justo, proporcional, general, será cien veces preferible a la injusta, desproporcionada, desigual capitación de sangre, que conocemos bajo el nombre de contingente.
        Quitadle al paisano esa amenaza terrible que puede de un momento a otro romper los lazos para él más caros y santos, aseguradle la tranquilidad en el hogar, y lo veréis venir con lágrimas de agradecimiento a renunciar en vuestras manos ese para él, pretendido derecho del sufragio.
        Así habréis respetado la igualdad que es la base de nuestro sistema político. Las razones expuestas me inducen a afirmar, que para dar mayores garantías a la legitimidad del sufragio popular, es necesario limitar el ejercicio del derecho electoral a aquellos ciudadanos en quienes exista la presunción de que tienen la capacidad bastante para hacer de él uso legítimo.
        En la República Argentina debe requerirse como condición para ser elector, el saber leer y escribir.
        Pasaremos a ocuparnos de las ideas sostenidas por dos ilustres publicistas, al tratar la cuestión del derecho electoral.
        Me refiero al voto de los niños y las mujeres, indicado por Laboulaye; y a la pluralidad de votos sostenida por Stuart Mill.
        “¿Qué razón hay -dice Laboulaye- para excluir del voto a los niños? Porque son incapaces de votar, se dirá. Entonces, ¿el sufragio es un cargo? No, se contesta, es un derecho como la propiedad, la libertad. Pues bien, cuando un niño es propietario, tiene quien lo represente; ¿por qué no lo hará su padre en el escrutinio electoral? Si yo tengo cuatro hijos y mujer, ¿por qué no he de tener seis votos y se me ha de igualar al hombre sin familia? ¿Acaso no represento un interés seis veces mayor? Si llega la guerra, ¿no me arrebatarán mis hijos? ¿Acaso no tengo un interés seis veces mayor que el célibe para oponerme a la guerra? A mi juicio, éste es un raciocinio fuerte”, dice el señor Laboulaye.
        Al mío, es fuerte no el raciocinio, sino el sofisma. Entre nosotros, y debo suponer que en Francia suceda lo mismo, no se arrebatan niños para llevarlos a la guerra. Si los cuatro hijos del señor Laboulaye son mayores, esos cuatro hijos tendrán el deber de armarse en defensa de su patria, pero tendrán también el derecho de votar, sin la necesidad de la representación paternal; si son menores, si son niños, no tendrán ni el deber ni el derecho.
        Los niños, aunque son ciudadanos, tienen suspensos durante su menor edad, por causa de su incapacidad, tanto el ejercicio de sus derechos como el cumplimiento de sus deberes políticos.
        Por otra parte, es original la idea de medir la mayor o menor capacidad electoral de. un ciudadano, por la fecundidad de su esposa.
        Esto en cuanto al sufragio de los niños; en cuanto al de las mujeres, merece tratarse con más detención.
        Creo que la cuestión de los derechos políticos de la mujer puede considerarse bajo dos faces: la faz política y la faz social.
        Como razón política, se alega contra el ejercicio de ese derecho, su debilidad y su natural dependencia, que la convertiría en instrumento del hombre.
        La debilidad moral e intelectual de la mujer no es debida a su naturaleza, es puramente resultado de su educación.
        Poniendo ésta al nivel de la que recibe el hombre, desaparecería esa pretendida debilidad; los numerosos casos en que la mujer ha vencido esa barrera puesta por las preocupaciones sociales al desarrollo de su inteligencia, muestran que está dotada de las suficientes aptitudes para entrar a formar parte de la sociedad política y encargarse del ejercicio y de la defensa de sus derechos.
        En cuanto al temor de ser influida y de servir de instrumento al hombre, creo que el peligro en todos los casos sería recíproco; y, a decir verdad, tratándose de esta clase de influencia, no es fácil decir quién será el dominado, si la mujer o el hombre.
        Convengo en que de todas maneras, esa influencia es perjudicial, tratándose del ejercicio de un derecho que exige completa independencia. Pero si el peligro existe y contribuyen a su existencia tanto el hombre como la mujer, ¿con qué razón, para evitarlo, se han de atacar solamente los derechos de la mujer?
        La única razón que hasta hoy ha existido, es que habiendo el hombre usurpado el gobierno de las sociedades, ha alejado a la mujer, más por temor que por compasión.
        Hoy que la civilización ha colocado a la mujer, en cuanto a posición social, al nivel del hombre, dándole el lugar a que es acreedora por las dotes con que la adornó la naturaleza, no hay razón para no concederle el ejercicio de sus derechos políticos, desconocidos por preocupaciones que, hijas de la barbarie de otras edades, no tienen razón de ser en este siglo que ha puesto en práctica la declaración de los derechos del hombre.
        Podrá alegarse su debilidad física para cumplir las cargas de la ciudadanía, y encarando la cuestión bajo el punto de vista de las conveniencias sociales, se dirá tal vez que hay peligro en arrancar a la mujer de la esfera en que la costumbre, tal vez la necesidad, la han colocado, para hacerla aparecer como actriz en una escena de agitación continua, colocándola bajo la influencia de pasiones cuyo funesto efecto en el seno de las familias tal vez tuviera que deplorar la sociedad.
        Las grandes reformas introducidas en el modo de ser de las sociedades, tienen que ser paulatinas, so pena de producir un choque violento con las costumbres arraigadas, en el cual no siempre suele ser vencida la rutina.
        El trabajo de muchos siglos, los esfuerzos de hombres eminentes, prepararon a las sociedades, para oír la declaración de los derechos del hombre, que a pesar de esto, tuvieron que ser proclamados en medio del estrépito de la más sangrientas de las revoluciones.
        Para completar esa declaración con respecto a la mujer, hay que preparar el terreno minando las preocupaciones, hasta que caigan por su propio peso. Hay que reformar la educación de la mujer, abriéndole las puertas del templo de la ciencia y ofreciéndole campo al desarrollo de su inteligencia en todos los ramos del saber humano. Ejercitadas y robustecidas así sus fuerzas, estará en aptitud de formar parte de la sociedad política.
        Esto conseguido, podremos ver, tal vez en día no muy lejano, a la sociedad coronando su obra con la declaración de los derechos políticos de la mujer.
        En cuanto a la idea de la pluralidad de votos, emitida por Stuart Mill, creo que hay razones atendibles para negar su admisión. El mayor derecho electoral dependería por este sistema, o de la riqueza o de la inteligencia del ciudadano. Fundado sobre la primera cualidad, tiene algo de arbitrario, algo contrario al principio democrático, pues sanciona o legitima la aristocracia del dinero, que es la más chocante en principio, la más altanera en el hecho. El mismo Stuart Mill la rechaza, al decir que la democracia no tiene por el momento celos de la superioridad personal; pero que es natural y justamente celosa de la que está fundada sobre la riqueza.
        En cuanto a la idea de tomar la inteligencia del individuo como medida de su capacidad electoral, se ofrece una dificultad que toca casi en lo imposible. ¿Cómo se fijan los diversos grados de inteligencia para poder graduar esa capacidad?
        Una fijación arbitraria o aproximativa no llenaría el objeto propuesto, y sería un ataque al principio de igualdad democrática.
        Por otra parte, bastante poderosa es la influencia indirecta que ejercen la riqueza y la inteligencia en la decisión de las cuestiones políticas, para que haya mayor necesidad de concederla directa, máxime cuando ésta ofrecería el peligro de los gobiernos de clase, que tanto teme el mismo iniciador de la idea, Stuart Mill.
        Hemos terminado. Muchos males aquejan nuestra organización política, y muchas tentativas, casi siempre frustradas, se han hecho para remediarlos. Creemos que la razón de esto es no haber atacado el mal en su origen. El sentido común indica que es necesario empezar siempre por el principio.
        El árbol cuya raíz está dañada, sólo puede ofrecer frutos raquíticos. La urna electoral es el germen y la raíz de los poderes públicos en las democracias, y ésta sólo subsiste a condición de que sean legítimos los poderes que la gobiernan.
        Es un deber de todo el que ama las instituciones que felizmente nos rigen, el velar por la verdad del sufragio popular, depurando esa fuente santa de todas las impurezas que pudieran corromperla.
        Al cumplir el último deber que como estudiante me impone el reglamento universitario, he querido también cumplir el primero como ciudadano de una República; este pequeño trabajo no tiene, pues, más pretensiones que servir al cumplimiento de este doble deber.


Proposiciones Accesorias

1° La pena debe ser prescriptible.
2° La protección del Gobierno es necesaria para el desarrollo de la industria en la República Argentina.
3° El renovamiento de una letra importa novación de deuda.

Trabajo presentado por Pellegrini, en 1869 -tenía 22 años de edad- a la Facultad de Derecho de Buenos Aires, para optar al título de doctor en leyes .
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MENSAJE DEL PRESIDENTE PELLEGRINI PROPONIENDO AL CONGRESO LA CREACIÓN DEL BANCO DE LA NACIÓN ARGENTINA.

Buenos Aires, mayo 19 de 1891.

        El balance, los cuadros y los estados detallados que se acompañan, demuestran, a juicio del Poder Ejecutivo, que el Banco Nacional no puede ya desempeñar los vastos intereses comerciales e industriales de la Nación para cuyos servicios fue creado.
        Las pérdidas materiales que ha sufrido son enormes; pero no son la causa principal de su postración. Ella proviene de la pérdida de su crédito; que basta por sí sola para hacer imposible que pueda rehabilitar su giro, ni aun con el auxilio que pudieran darle las autoridades nacionales.
        La simple modificación de su organismo interno y el auxilio material para atender a sus compromisos más urgentes, podrían prolongar su existencia; pero las causas mencionadas perturbarían continuamente su acción, esterilizarían sus sacrificios y le impedirían alcanzar todo el desenvolvimiento que el porvenir de nuestra industria y comercio requieren.
        Un gran Banco Nacional que abarque en su giro la República entera, es, entretanto, de una necesidad indiscutible, es condición de vida para la industria nacional; y los numerosos progresos industriales que el actual Banco ha promovido, patentes hoy en todas las provincias, son en los oscuros momentos que atravesamos, el punto luminoso que alienta nuestra confianza en mejores días.
        Si el actual Banco Nacional no puede llenar ya los fines de su institución, debe forzosamente liquidarse, salvando la mayor suma posible de los intereses comprometidos, y dar lugar a una nueva institución que lo reemplace, con el doble objeto de atender a las exigencias del presente y al desarrollo económico del porvenir.
        Creado el nuevo Banco con todas las garantías de buena administración que una dura experiencia nos ha enseñado; dotado con un capital capaz de reanimar la paralización actual y de operar con todo el crédito que una institución sólidamente fundada ha de inspirar, puede reunir y utilizar todo el capital que hoy se retrae: será sin duda el medio verdadero de iniciar una nueva era económica, y es de esperar que el día de su instalación marque la fecha en que la aguda crisis que nos abate comience a ceder, al influjo de todas las fuerzas económicas de la Nación, que habrán encontrado un punto de apoyo para desenvolver y superar los obstáculos presentes.
        Obedeciendo a ideas antes manifestadas por el Poder Ejecutivo, y que hoy tienen un asentimiento casi unánime, no sería oportuno dar al nuevo Banco el carácter de Banco oficial, y convendría que su gobierno perteneciera a los dueños del nuevo capital, que se formase por suscripción pública; tomando la autoridad las garantías necesarias en vista del carácter nacional de la institución y de los importantes privilegios de que ha de gozar.
        En cuanto a su organismo interno, pocas innovaciones habrá que introducir. La carta orgánica del actual Banco Nacional, anterior a la ley de Bancos garantidos, serviría de base para la organización de la nueva institución.
        La creación de un nuevo Banco, dentro de estas líneas generales, no ofrece mayor novedad ni requiere mayores explicaciones. La única dificultad a vencer sería la reunión del nuevo capital necesario para su instalación.
        Este sería el objeto de las gestiones del Poder Ejecutivo, que ya han sido iniciadas y recibidas con general aceptación.
        Aun cuando no se oculta al Poder Ejecutivo que el retraimiento del capital puede ofrecer dificultades en estos momentos, en cambio la naturaleza misma de la institución y su halagüeño porvenir en los progresos y riquezas del país, ofrecerían grandes alicientes, por ser evidentemente una de las más provechosas aplicaciones que puede darse hoy a los capitales disponibles, además del notorio interés que tienen los accionistas actuales en la fundación y prosperidad del nuevo Banco, que les ofrecerá el medio más efectivo de salvar, en todo o en parte, los capitales comprometidos.
        El artículo 2° del proyecto requiere una breve explicación. La facultad de emitir billetes es esencial para el nuevo Banco, y debe figurar en su carta orgánica; pero esa facultad no podría ser ejercida hoy, dada la inconversión y depreciación del billete actual. No podría emitir con garantía de su capital metálico, pues si ese billete fuera convertible, sería un simple conforme a oro, y si fuera inconvertible, introduciría en el mercado una nueva moneda, con todos sus inconvenientes.
        Es necesario, entretanto, que este Banco se inicie con una parte de su capital en metálico; pero debiendo operar principalmente a papel; y habiendo grande y explicable resistencia de los capitalistas en convertir su moneda metálica a pesar de correr los riesgos de las fluctuaciones del mercado, era necesario hallar el medio por el cual el Banco pudiera, cuando lo crea necesario, operar a papel con su capital metálico, sin sujetar a éste a las eventualidades de las fluctuaciones de plaza.
        El medio indicado en ese artículo es establecer en la Caja de Conversión una oficina de cambio, donde el Banco podrá recibir dos y medio pesos papel por un peso metálico, o viceversa, pudiendo así operar a papel sin comprometer su capital metálico, y podrá iniciarse una forma de conversión que puede aplicarse más tarde a todos los billetes bancarios.
        El punto más importante de la nueva organización es la forma en que el nuevo Banco procederá a la liquidación del Banco actual, y la situación en que operará, dada la ley de Bancos garantidos, que va a quedar necesariamente derogada por la fuerza de los hechos mismos consumados.
        Es sumamente difícil y aventurado el poder estimar desde ya cuáles serán las pérdidas efectivas que tendrá que soportar el Banco Nacional, porque pueden variar según las formas, modo y tiempo en que se realice su liquidación. Felizmente en el caso del Banco Nacional no es necesario esta apreciación, pues hay en sus pasivos tres partidas representadas por su capital, por la emisión que le garante el Gobierno Nacional y por los depósitos que le confió la Tesorería, que importan respectivamente 50.000.000 la primera, 90.000.000 la segunda, 61.000.000 y 20.000.000 oro la tercera, que forman un total de más de 500.000.000 que podemos ofrecer como garantía de esa liquidación; es decir, que sólo serían exigibles después de cubiertos todos los créditos particulares, sobre la base del orden que se determina y hasta donde alcanza la realización de su retiro.
        Es evidente que sean cuales fueren las pérdidas, nunca podrán alcanzar ni a una cifra aproximada, quedando por lo tanto plenamente garantidos los acreedores particulares, y pudiendo el nuevo Banco que se establezca sobre la base de todo el activo del Banco actual, hacerse cargo de esas deudas sin riesgo alguno.
        Hay que tener presente que el retiro de los depósitos es debido exclusivamente a la falta de confianza, es decir, a la pérdida del crédito del Banco, y que el día que un nuevo Banco plenamente acreditado los tome a su cargo, debe suponerse que lejos de retirarse, vendrán nuevos depósitos de capitales hoy retirados por justo temor.
        La Nación hace indudablemente un gran sacrificio al ofrecer sus propios depósitos como garantía y dando prelación a los acreedores particulares para el pago de sus créditos; pero este sacrificio será compensado con usura, si por ese medio se consigue restablecer y reanimar el movimiento industrial y comercial, para que por el mismo se normalice la circulación monetaria.
        En cuanto a la circulación del Banco Nacional, el Poder Ejecutivo cree que la Nación debe tomarla a su cargo, haciendo figurar su importe como deuda del Banco a favor del Gobierno, que será amortizada a medida que la liquidación de su activo lo permita.
        Hay en este procedimiento un propósito ulterior. Una vez que se consiga resolver la cuestión bancaria, quedará a resolver lo referente a la circulación fiduciaria, desde que haya de desaparecer forzosamente la ley de Bancos garantidos.
        Para que esa solución sea más fácil, será necesario que toda esa circulación pase a cargo del Gobierno Nacional, por convenio con los distintos Bancos. De ese modo, se resolvería el punto propuesto respecto al Banco Nacional; pues en cuanto a los Bancos de la Provincia de Buenos Aires, de Córdoba y Salta, hay gestiones ya iniciadas que podrán servir de base para los demás.
        Con lo expuesto cree el Poder Ejecutivo haber dado una idea general de la forma en que pueden resolverse las dificultades que nacen de la situación del Banco Nacional; y por mensaje especial someterá al Honorable Congreso las bases con que podría solucionarse la situación del Banco de la Provincia de Buenos Aires, que han sido propuestas por el Poder Ejecutivo de esta Provincia y aceptadas por el Poder Ejecutivo Nacional.
        Por estas consideraciones el Poder Ejecutivo tiene el honor de someter a la aprobación de Vuestra Honorabilidad el adjunto projecto de ley.

CARLOS PELLEGRINI.
Vicente F. López.


PROYECTO DE LEY

El Senado y Cámara de Diputados, etc.

         Art. 1°
. -Autorízase al Poder Ejecutivo para contratar con una sociedad particular la fundación de un nuevo Banco Nacional sujeto a las siguientes bases:
        1° El capital suscripto del Banco será de 30.000.000 de pesos moneda nacional de curso legal y 20.000.000 de pesos moneda metálica.
        2° La suscripción para la formación del capital será pública. Podrá hacerse por cuotas o por series de pago íntegro. Podrá acordarse a los actuales accionistas del Banco Nacional preferencia en la suscripción. Los socios fundadores podrán suscribir una serie al firme.
        3° El Directorio del Banco se compondrá de quince miembros, nombrados por los accionistas. Todos los directores deberán ser accionistas del Banco y su mayoría ciudadanos argentinos.
        4° El Presidente del Directorio será elegido por el Poder Ejecutivo, de una terna presentada por el Directorio.
        5° El Banco tendrá dos síndicos, nombrado uno por el Poder Ejecutivo y otro por los accionistas.
        6° El Banco podrá funcionar una vez que esté suscripto la mitad de su capital.
        7° El nuevo Banco podrá realizar todas las operaciones y tendrá todos los derechos y prerrogativas que fueron acordadas al Banco Nacional por ley de 5 de noviembre de 1872.

        Art. 2°. —La facultad de emitir billetes, acordada por esa ley, no podrá ser ejercida por el nuevo Banco mientras no se resuelva la conversión o amortización de los actuales billetes bancarios de curso legal. La oportunidad para el ejercicio de esa facultad deberá ser declarada por el Poder Ejecutivo.
        Entretanto el Banco podrá, si lo estima conveniente, depositar en la Caja de Conversión, el todo o parte de su capital metálico, y la Caja de Conversión le entregará en cambio billetes de Tesorería a razón de 2,50 pesos por cada peso de moneda metálica.
        El Banco podrá en todo tiempo retirar, en todo o en parte, su depósito metálico, devolviendo a la Caja de Conversión los billetes recibidos, en la misma proporción que fueron entregados.
        Los fondos metálicos depositados en la Caja de Conversión no podrán ser usados ni movilizados en forma alguna, bajo la responsabilidad de la Caja de Conversión.
        El tipo de entrega de 2,50 pesos de billetes de Tesorería por un peso metálico, se mantendrá mientras el premio de la moneda metálica con relación al billete de Tesorería sea superior en plaza. Si ese premio llega a ser inferior a 150 por ciento, la Caja de Conversión exigirá del Banco la devolución de los billetes en cambio de su depósito metálico.

        Art. 3°. —El nuevo Banco tendrá a su cargo el activo y pasivo del actual Banco Nacional bajo las siguientes condiciones:
        1° Todo el activo del actual Banco Nacional, quedará a cargo del nuevo Banco, que podrá realizarlo en la forma que estime conveniente para abonar exclusivamente con su producto las obligaciones que estuvieren pendientes.
        2° En cuanto al pasivo, el nuevo Banco se obliga al pago de las deudas a particulares. Una vez pagadas estas deudas o provistos los fondos para ser atendidas oportunamente, el excedente de la realización del activo se destinará hasta donde alcance su importe, al pago de las siguientes obligaciones en el orden de prelación que van enumeradas en seguida:
                a) Deuda por el importe de su emisión;
                b) 50 por ciento del capital de los accionistas que hubieran concurrido a la formación del nuevo Banco, pudiendo este cincuenta por ciento ser abonado en acciones del mismo Banco;
                c) Créditos de la Tesorería general por depósitos;
                d) Restante del capital de los accionistas;
                e) Capital en acciones de la Nación.

        Art. 4°. —El nuevo Banco entrará inmediatamente en posesión del Banco Nacional y de sus sucursales. Conservará todas las sucursales que hoy existen con el capital que tienen; podrá crear otras por resolución del directorio o a pedido del Poder Ejecutivo, con el capital que el directorio les fije.

        Art. 5°. —Queda autorizado el Banco Nacional actual para suspender el pago de sus obligaciones hasta tanto que el nuevo Banco se instale y las tome a su cargo.

        Art. 6°. —El Poder Ejecutivo queda autorizado para tomar a cargo de la Nación la actual emisión, cuyo importe figurará como deuda del Banco a favor del Gobierno Nacional.

        Art. 7°. —El nuevo Banco Nacional podrá hacer convenio con los Bancos garantidos existentes para hacerse cargo de su activo y pasivo o proceder a su liquidación, previa la aprobación del Poder Ejecutivo Nacional.

        Art. 8°. —El Poder Ejecutivo dará cuenta al honorable Congreso de la ejecución de la presente ley.

        Art. 9°. —Comuníquese, etc.

Vicente F. López.
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OPONIÉNDOSE A LA CONCURRENCIA DE LA REPÚBLICA ARGENTINA A LA EXPOSICIÓN INTERNACIONAL DE SAN LUIS (U. S. A.)

Año 1903.


        Respecto a la doctrina que ha sentado el señor senador por la Capital [se refiere el doctor Pellegrini a la exposición que había hecho momentos antes el doctor Miguel Cané], creo que ella es indiscutible.
        El Poder Ejecutivo no puede por sí comprometer el Erario de la Nación.
        Es un principio fundamental de nuestras instituciones políticas, y esta doctrina no hay que explicársela ni al Gobierno ni al pueblo de los Estados Unidos, porque ellos son los que nos la han enseñado.
        Es evidente, entonces, que, aunque el Poder Ejecutivo haya aceptado la invitación de los Estados Unidos, la ha aceptado condicionalmente, sujeta a la aprobación del Congreso. Si el Congreso no la aprueba, por cualquier razón, no hay desaire alguno al Gobierno norteamericano, ni queda el Poder Ejecutivo en situación equívoca. Pero nosotros tenemos antecedentes que debemos respetar. Hemos sido invitados, como ha dicho el señor senador por la Capital, para concurrir a una Exposición celebrada por la Francia, y nos hemos negado a concurrir por razones de economía, después de haber aceptado esa invitación, a pesar de los grandes vínculos industriales y comerciales que tenemos con ese país.
        Hemos sido invitados, más tarde, por la Bélgica. Sabido es que ese país es uno de los más grandes consumidores de nuestros productos, una de las Naciones con que tenemos más vínculos comerciales. Fuimos instados para que concurriéramos, y algo más: haciendo una excepción, tal vez debido a esta gran vinculación comercial, no sólo el Gobierno de Bélgica pidió la concurrencia de la República Argentina, sino que su Ministro residente se acercó a nuestro Presidente e invocó el pedido personal del Rey de Bélgica para que concurriéramos a esa Exposición.
        Nos negamos, no obstante, por razones de economía.
        Ahora, yo me pregunto: ¿cuándo hemos establecido estos antecedentes con relación a dos naciones como la Francia y Bélgica?, ¿podemos al día siguiente aceptar una invitación de los Estados Unidos sin ejecutar un acto, por lo menos, de descortesía para con aquellas naciones?
        ¿Qué razón podemos tener para ir a los Estados Unidos, cuando no hemos querido ir ni a Francia ni a Bélgica?
        Creo, señor presidente, que se han olvidado esos antecedentes y que el Poder Ejecutivo, al aceptar la invitación de los Estados Unidos, ha desconocido nuestros antecedentes internacionales y la regla de conducta que nos habíamos propuesto seguir después de las últimas Exposiciones europeas.
        Y esta negativa nuestra tiene muchas otras razones en qué fundarse.
        Los que hemos asistido a esas grandes Exposiciones Universales nos hemos dado cuenta de los inconvenientes que hay en concurrir a ciertas Exposiciones. Por una razón muy sencilla: se concurre a un certamen para sobresalir, para mostrar nuestra supremacía, la excelencia de nuestros productos, la importancia de nuestro comercio e industria; pero, nadie se presenta a un concurso por el placer de verse humillado o demostrar su inferioridad...
        Señor Figueroa Alcorta. —No dice eso esta nota. A esta Exposición van a concurrir Chile, Brasil y otras naciones de América...
        Señor Pellegrini. —He visto, señor senador, en las grandes Exposiciones, las exposiciones artísticas de la República Argentina y me sentí avergonzado, en ese momento, ante la audacia de los que se permiten ir a la Exposición de París a competir con los primeros artistas del mundo. Lo que he oído en esa nota, que acaba de leerse, es lo más colosal como pretensión artística que he oído jamás.
        Señor Figueroa Alcorta. —Pero dice una gran verdad.
        Señor Pellegrini. —Lo que dice es que nuestros artistas, que no tienen ni maestros ni escuelas, ni ambiente en qué formarse, porque el arte es la última expresión de una civilización a que no hemos alcanzado ni alcanzaremos en mucho tiempo, pretenden ir a las grandes Exposiciones mundiales a luchar con los más grandes artistas del mundo, con la pretensión no sólo de luchar, sino de triunfar. Eso es colosal como audacia, pero es exagerado como pretensión.
        Creo, pues, que la República Argentina no debe concurrir a los Estados Unidos. ¿Por qué? Porque no tiene nada que exponer allí. Podemos ir a Exposiciones en Bélgica para mostrar allí la excelencia de nuestros productos al consumidor belga, para llevar nuestros cueros, lanas y cereales. ¿Pero llevaríamos nuestras carnes y cereales para disputar en San Luis su superioridad a los consumidores y a los industriales norteamericanos? Absolutamente.
        De manera, señor presidente, que yo creo que la Nación no debe concurrir a los Estados Unidos, primeramente, porque el hecho de aceptar la invitación importa un desaire a los gobiernos de Francia y Bélgica; y, en segundo lugar, porque no tenemos objeto alguno en concurrir.
        Yo preferiría que lo que se va a gastar lo invirtiéramos en costear el pasaje a industriales, obreros, artistas, etc., para que fueran allá a ver y a estudiar.
        Esto podría sernos útil y provechoso y habríamos mostrado el interés que nos despierta ese gran concurso.
        Por estas razones voy a votar en contra del proyecto en discusión.
        Señor Figueroa Alcorta. —A las consideraciones que tengo hechas, sólo agregaré que con el criterio del señor senador no hemos debido concurrir a ninguna Exposición: que siempre que lo hemos hecho hemos procedido mal, y que una Nación no debe concurrir a una Exposición sino cuando sabe que va a triunfar, y en tal caso, a esta Exposición no podría concurrir ninguna nación del mundo, porque ninguna es superior a los Estados Unidos...
        Señor Pellegrini. —No es eso lo que he dicho; sino que la República sólo debe concurrir con las materias primas que produce, porque cualquier otra cosa que lleve es para ponerse en ridículo.
        Señor Figueroa Alcorta. —Eso no sucederá, porque los productos que se van a exponer son superiores a muchos similares que allí se encontrarán.
        Señor Pellegrini. —Indudablemente que ha de haber productos inferiores a los nuestros, pero esos no van a concurrir a la Exposición.
        Señor Figueroa Alcorta. —Según el criterio del señor senador, ¡Chile y el Brasil, Uruguay, Perú y tantos otros que van a concurrir, harán un papel ridículo!
        Señor Pellegrini. —El único que va a concurrir es el Brasil, pero ese país ha votado 600.000 pesos oro con ese objeto.
        Señor Figueroa Alcorta. —Y nosotros vamos a estar mejor representados con los 120.000 papel de este proyecto.
        Señor Pellegrini. —¿En qué funda esa afirmación?
        Señor Figueroa Alcorta. —En que vamos a llevar mejores productos.
        Señor Pellegrini. —El señor senador, no sé por qué razón, está bajo una impresión nerviosa...
        Señor Figueroa Alcorta. —Unos somos más nerviosos que otros...
        Señor Pellegrini. —... y yo deseo hacer constar que no es mi ánimo entrar en una discusión personal respecto a este asunto.
        Señor Figueroa Alcorta. —Ni yo tampoco.
        Señor Pellegrini. — Me alegro. Yo no digo que la Nación no deba concurrir a ninguna Exposición, sino que pienso que, cuando lo haga, debe presentar sólo aquellos productos en que pueda sobresalir.
        Señor Figueroa Alcorta. —Y esos irán entre los que lleve en este caso.
        Señor Pellegrini. —En este caso yo hablo aleccionado por la experiencia. Cuando en la Exposición de París llegué al Pabellón Argentino, me encontré con que en la parte donde se exponían nuestras maderas, aquello era una maravilla; donde estaban expuestos los cereales y carnes conservadas, era una maravilla; pero cuando entré en la parte industrial, cuando vi expuestos lazos, cabezadas y recados y artículos de manufacturas de quichuas y demás indios, entonces tuve que darme vuelta avergonzado.
        Señor Figueroa Alcorta. —Todo eso van a exponer, sin avergonzarse, en la Exposición de San Luis, otras Naciones y no la nuestra. Se van a exponer productos indígenas, y se van a llevar aborígenes que fabriquen esos productos en la misma Exposición.
        Señor Pellegrini. —Perfectamente. ¿El señor senador sabe para qué hace eso los Estados Unidos? Para demostrar el camino recorrido desde que se declaró independiente hasta la fecha; pero, junto al producto de los indios de Norteamérica se va a poner el producto de sus industrias, para marcar la marcha de los Estados Unidos en un siglo. Pero nosotros ¿qué vamos a exponer?
        Señor Figueroa Alcorta. —Todas las producciones del país: lanas, cueros, cereales, etcétera.
        Señor Pellegrini. — Perfectamente, pero no va a concurrir nadie más que nosotros.
        Señor Figueroa Alcorta. —Van a concurrir, o al menos han sido invitadas, todas las naciones civilizadas de la tierra.
        Señor Pellegrini. — No, señor; no van a concurrir todas las naciones de la tierra. No va a concurrir nada más que el Brasil.
        Señor Figueroa Alcorta. — Van a concurrir Chile, Méjico, Perú, Colombia, Ecuador, etcétera. El señor senador Gálvez enumeró aquí las naciones que concurrirán, cuando pidió que este proyecto se tratara sobre tablas. El señor Schiaffino consigna a la mayor parte en la carta que acabo de leer; están también enumeradas en los prospectos de la Exposición que se han publicado y repartido...
        Señor Pellegrini. —Se va a extraviar esta discusión, y no quiero hacer una discusión particular con el señor senador por estos detalles que no tienen importancia. Supongo que si la República Argentina quiere sacar provecho de la Exposición de San Luis, lo sacará enviando artesanos, industriales, artistas, maestros, todos los que tengan que aprender en aquella Exposición, para que nos den informes sobre todo; pero no llevando nuestros artefactos y mucho menos nuestros productos artísticos. Supongo, además, que habiéndonos negado a concurrir a dos exposiciones de naciones que tienen relaciones comerciales con nosotros, como Francia y Bélgica, hay una completa inconsecuencia injustificable e injustificada, aceptando la invitación de una nación que no tiene comercio de ninguna clase con nosotros y que trata, como dice muy bien el señor senador por la Capital, de contrariar nuestro comercio en todos los mercados de la tierra.

        Palabras del doctor Pellegrini en el Senado Nacional (sesión del 24 de octubre de 1903) que pusieron término a la polémica empeñada, en esa oportunidad, entre los doctores Miguel Cané y José Figueroa Alcorta. Este último fundó y defendió, con brillantez, la petición del Ejecutivo Nacional a fin de que el Congreso le autorizase a invertir la suma de cien mil pesos m/n en la concurrencia de la República a la Exposición Internacional de San Luis (Estado de Missouri), a celebrarse el año 1904.
        Miguel Cané se manifestó contrario a dicha concurrencia, alegando su antigua experiencia de diplomático en el Viejo y Nuevo Mundo, y el humilde papel que había desempeñado el país en esos certámenes con la exhibición de sus incipientes productos industriales. Afirmó, además, que la Argentina no podía lucirse con sus frutos naturales en la Exposición de San Luis, ya que Estados Unidos los producía en igual o mejor calidad y en proporciones muy superiores. Que la República del Norte era nuestra rival en todos los mercados para la colocación de los productos agropecuarios, y que el Poder Ejecutivo Nacional se había extralimitado en sus facultades al aceptar la invitación de Estados Unidos, sin contar, previamente, con la autorización legislativa para efectuar los gastos que esa concurrencia importaba.
        El doctor José Figueroa Alcorta, en evidente estado de nerviosidad, contestó las objeciones de Cané y sostuvo los derechos del Poder Ejecutivo -que en esos momentos estaba a cargo del general Julio A. Roca- para proceder como lo había hecho.
        “Cumplamos la tarea de completar nuestra organización nacional -dijo el doctor Cané en su discurso- y dejemos estos sueños de arte para épocas más convenientes”. Por una singular ironía, el espíritu más refinadamente artístico del Congreso, en esos instantes, era contrario a la exposición de cuadros y esculturas de autores argentinos en el certamen de San Luis.
        A esa muestra concurrió privadamente, como visitante, el doctor Pellegrini, acompañado de su esposa. “Concluimos de visitar y recorrer la Exposición —escribe a su hermano Ernesto, el 26 de junio de 1904— y mi impresión general es que esta gente ha hecho un esfuerzo enorme; han gastado, por lo menos, veinticinco o treinta millones oro, y construido unas agrupaciones de edificios muy hermosos, muy artísticamente distribuidos y de mucho mayor capacidad que en cualquier Exposición anterior, pero el contenido no ha respondido. Todas las naciones están fatigadas de exposiciones y escamadas del costo. Los industriales tenían poco interés en repetir en San Luis, lo que ya habían expuesto en Buffalo y Chicago, y, la misma industria americana, no ha concurrido como se esperaba. Resultado es que la Exposición como continente es enormemente mayor, pero como contenido, es menor que las que ya he visto. Había ciertas cosas sumamente interesantes e instructivas, sobre todo, en la parte Americana, como agricultura, minas, electricidad, educación y una espléndida exposición rural por cantidad y calidad. Noté ciertas manchas: los medios de movilidad faltaban en el interior y había que recorrer grandes distancias a pie y cada día se retiraba uno rendido. San Luis es una de las ciudades más vulgares de este país, no ofrece atractivo alguno; desde el centro de la Exposición había dos leguas; en los tranways había que ir parado (aquí no hay completo y cargan hasta el tope), no hay casi carruajes y los que hay cobran dólar y dólar y medio oro por hora; los automóviles, cinco dólares por igual tiempo”.
        En septiembre 15 de 1904 y, después de haber recorrido la gran República del Norte en distintas direcciones, Pellegrini retorna a San Luis y vuelve a visitar la Exposición. Respecto a ella informa a su hermano: “ ... Los distintos palacios, todos de estilo clásico y severo, son mayores que los de la Exposición francesa de 1900; pero todos provisorios, de estuco, y nada hay permanente, que pueda compararse con los dos palacios de los Campos Elíseos. Naturalmente le falta a esta Exposición el auxilio de una gran capital. Es una grande y soberbia tela, sin marco; porque San Luis no es más que una gran ciudad manufacturera, sin atractivo alguno, de manera que fuera de la Exposición, no hay nada que ver ni que hacer. Visité hoy la exposición de animales vacunos —muy buena en general— tan buena como las exposiciones inglesas que he visto, como animales, pero no como arreglo e instalación, siendo lo nuestro mejor aunque más pequeño. Los animales que más me sorprendieron fueron los Polled Angus (los mochos negros), enormes, como el mejor Durham. Había de todas razas.
        “ ... Hemos encontrado aquí muchos argentinos; los de la Comisión, que me han atendido muy bien. Visité nuestro Pabellón, está en un extremo, muy humilde, haciendo pendant al de Guatemala, que está al lado. Ya lo dije en el Senado, en estas cosas se gasta lo que hay que gastar o no se hacen; delante de gente, cantar bien o no cantar, dice el versito. Nuestro Pabellón nos achica más de lo que somos para esta gente. Afortunadamente, según me dicen todos, nuestras colecciones, que figuran en los distintos palacios, han hecho, buena impresión, y Schiaffino está muy satisfecho por los elogios que ha recibido su sección Bellas Arte”.
        Adrede reproducimos aquí lo que ya llevamos anotado sobre el mismo tema en el tomo IV, pág. 871-5, de esta Obra, para evidenciar que la oposición del doctor Pellegrini a que se votase el crédito solicitado por la presidencia del general Roca no se fundó en su ruptura política y privada con el magistrado, sino que creyó, sinceramente, que la Argentina no debía concurrir a certámenes de esa naturaleza, hasta tanto no hubiese superado las expresiones de su cultura nacional.
        Con cierta ansiedad patriótica, don Carlos confesaba a su hermano el 17 de septiembre de 1904: “La Nación que descuella en este torneo es el Japón. Se conoce que ha querido hacer impresión y lo ha conseguido. Su colección de porcelanas, marfiles, muebles, tejidos de seda y objetos de arte, es enorme y admirable; ocupa triple espacio que cualquiera otra nación”.
        Las Cartas norteamericanas del doctor Pellegrini, publicadas en el diario La Nación, de Buenos Aires, y reunidas en el tomo III de esta Obra (pág. 423-89) revelan cuánta admiración sintió nuestro estadista por Estados Unidos, pero su insobornable amor al país lo obligó, como en el caso a que nos referimos, a declinar simpatías o preferencias personales, que pudieran perjudicar a su patria.
        Por otra parte, no había olvidado la mortificación que sufriera con motivo de la llegada de un piquete de Granaderos a caballo al Pabellón argentino de la Exposición Internacional de París. Muchas personas se sorprendieron que los soldados que hacían allí guardia de honor, fuesen morochos o negros y que, por el contrario, los argentinos distinguidos eran generalmente blancos y hasta rubios.
        - ¡Qué quiere usted! -respondió Pellegrini a un frívolo preguntón. En mi tierra tenemos para todos los gustos.

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SOBRE INSTRUCCIÓN PUBLICA (1863)

 
        La libertad, hija de ese gran pensamiento que concibieron nuestros padres, bien pudo ser concebida, y aun nacer en el teatro de la guerra; mas no podía crecer ni robustecerse sino a la sombra de la paz y bajo el imperio de la razón ilustrada por el saber; porque sólo la razón y el saber triunfan de las ideas largo tiempo arraigadas por la ignorancia y fecundadas por el vicio, natural progenie del despotismo, del terror, de la anarquía.
  FACUNDO ZUVIRÍA.

        La filosofía al ocuparse del hombre trascendental, al trazar el cuadro de los derechos y deberes del individuo y de la sociedad, señala de un modo preferente a la instrucción, como un deber que lo impone su naturaleza y su destino.
        El hombre, cuyo rasgo característico es la imperfección, y que sin embargo se halla dotado de los medios de perfeccionarse, se ve obligado a emplear estos medios del modo más conveniente para poder llegar, si acaso le es permitido, al conocimiento de las verdades absolutas.
        Estos medios son las facultades con que el Ser Supremo dotó al hombre, luego éste se halla en el deber de cultivar y fomentar estas facultades para hacerse así más digno del alto fin a que es llamado.
        Nada hay que dignifique, que ennoblezca más al hombre, que verse con el poder de echar una ojeada en las obras de su Creador, de verse iluminado con una chispa de su genio sublime.
        Es aquí donde se revela su inmensa bondad hacia él, cuando se ha dignado hacerle rey del Universo, de su obra, por medio de esas facultades, de las que el hombre está justamente orgulloso.
        De aquí nace que la ley del género humano sea el esfuerzo perpetuo e incansable de tender hacia la perfección, este esfuerzo no es sino el desarrollo necesario de su actividad, este esfuerzo cumplido es lo que llamamos progreso.
        Este progreso, causa gloriosa de todos los adelantos de la humanidad, es para el hombre el símbolo de su grandeza, es el ídolo al cual tributa homenaje la humanidad entera.
        Luego, de la naturaleza del hombre perfectible, progresista, de su destino, de la posesión de la verdad nace el deber de instruirse, de alimentar su espíritu con ella, como alimenta su cuerpo con el pan cotidiano.
        Pero el hombre, ser imperfecto y necesitado, puede hallar en sí los elementos bastantes para desarrollar su naturaleza tanto física como moral; el individuo parte mínima y trunca de la gran sociedad humana, sólo puede hallar su complemento en el resto de la humanidad, y tiene necesariamente que apelar a ella, para poder llenar sus necesidades, siendo una de ellas, y tal vez la principal, la de instruirse.
        Luego la sociedad debe hacerse responsable del adelanto y progreso de esas inteligencias ofrecidas por el hombre, y de aquí nace su deber de facilitar al individuo todos los medios que estén a su alcance, para ponerle en la senda de la humanidad y conseguir su perfeccionamiento.
        Luego, instruir y moralizar al pueblo, hacerlo digno del fin que le espera, es un deber que a ningún Estado le es dado desconocer.

        El hombre nunca será verdaderamente libre, mientras no haya roto los grillos ignominiosos de la ignorancia. Si sus solas fuerzas no bastan, la sociedad se halla obligada a facilitarle los medios de deshacerse de ellos, fundando establecimientos donde pueda concurrir a educarse y moralizarse.
        En todo Estado en que el pueblo todo concurre a gobernarse y darse leyes, se introducirá la discordia y la anarquía entre sus ciudadanos, si la Instrucción Pública, fundada sobre bases sólidas e inconmovibles, no viene en su apoyo, y libra a las masas del pueblo de aquellas ideas erróneas, creadas por la rutina de los tiempos, e ilumina aquellas inteligencias especiales, nacidas para conducir al pueblo en la senda del bien, y apartarlo y defenderlo contra todas esas pasiones estériles que sólo pueden llevarlo a la desgracia, inteligencias llamadas a cumplir con tino y sagacidad todos los deberes que le imponen los altos puestos en que están colocadas, y de cuyo fiel desempeño pende la felicidad y el porvenir de los pueblos.
        La mejor institución no podría sostenerse si no se apoyase en la instrucción popular, puesto que esta institución formaría una multitud de necesidades que la falta de instrucción impediría llenar, se crearían muchos deberes, muchos derechos que el pueblo ignorante no comprende y por consiguiente desprecia.
        Además, la falta de instrucción, produce una centralización ruinosa del poder, en unos cuantos individuos, que llegan a tener en sus manos los destinos del pueblo, sin que éste, por la ignorancia en que se halla, conozca ni eche de menos los derechos sagrados de que se le ha despojado, ni comprenda mucho menos el abuso torpe que se hace de la generalidad, por medio de ese poder colocado en manos sacrílegas. Por eso es que todo tirano para poder conservar su infame gobierno, destierra de sus Estados a la ilustración, y trata de sumir al pueblo en el cieno de la ignorancia, para que así humillado, no ose ni pueda osar levantarse contra la autoridad.
        Luego, el primer cuidado de toda sociedad, si quiere progresar y florecer, es el de poner en armonía la instrucción de sus miembros con su constitución; ésta, para ser duradera, necesita bases sólidas y nada las ofrece con mayores ventajas que la instrucción.
        Un pueblo ilustrado es una entidad indestructible y respetable y no habrá poder humano capaz de ultrajarlo, mucho menos destruirlo.
        En un país constituido como el nuestro, es donde la falta de educación se hace sentir más: todas esas virtudes que forman al verdadero republicano, ese sacrificio constante del interés individual en bien de la generalidad, esto sólo puede ejecutarlo un hombre instruido que conoce sus deberes.
        En estos países, donde el poder está colocado en manos de los individuos, es de necesidad absoluta la instrucción, para evitar las intrigas y explotaciones, que se pueden hacer de un país ignorante.
        El amor a la patria y a las leyes, este amor que exige constantes sacrificios, amor indispensable para la conservación de las mismas, sólo puede inspirarlo verdaderamente la educación. Pero si queremos que el individuo que nace a la vida social esté dotado de ella, es preciso que los que se hallan encargados de inspirárselos, se hallen también poseídos de esta pasión sagrada. Y este sentimiento tiene que ser uniforme. Por eso es necesaria la uniformidad de sentimientos en los establecimientos de instrucción pública.
        El niño se prepara a ser ciudadano por medio de aquellas leyes generales de la educación, por eso toda familia, toda congregación educacionista, debe estar basada sobre el plan general de la sociedad, de la cual va a formar parte la juventud que se educa.
        Ahí deben valerse de los mismos medios de que se valdrá más tarde la sociedad para con los ciudadanos.
        La primera educación, y tal vez la más importante, por la influencia que ejerce en la vida del individuo, es aquella que recibe el niño en el regazo materno. Ahí el niño aprende todas esas virtudes domésticas, virtudes que más tarde han de manifestarse en su conducta pública, ahí da los primeros pasos en la senda del bien.
        La generación que viene imita los ejemplos de la generación que se va. Si los padres, si los encargados de trasmitir al niño las primeras nociones de moral, se hallan en un estado degradante de corrupción, nada podrá esperarse de él, puesto que desde sus primeros años no ha tenido otro espectáculo ante sus ojos que el del vicio.
        Por eso la sociedad debe poner especial cuidado en esta educación, debe arrancar al hijo de manos del padre corrompido, para que la conducta de éste no pueda pervertir la de aquél.
        Quizás nos hayamos extendido demasiado al hablar sobre la necesidad, sobre el deber de la sociedad de velar sobre la instrucción, de cuidarla como el medio más precioso para la conservación del poder y de la autoridad legítima.
        Trataremos ahora de examinar nuestro sistema de instrucción, señalar sus principales vacíos y bosquejar, en fin, un sistema adaptable a nuestra República.
        Como lo dije ya, a lo que se debe atender con más cuidado es a la educación de las masas.
        El principal obstáculo que se opone a esta instrucción general es la repugnancia de estas mismas masas, su poco interés o deseo de recibir ese bálsamo saludable, que ha de regenerar su existencia, su modo de ser.
        Esta repugnancia se explica fácilmente; en nuestro país nace de la naturaleza indolente de sus habitantes.
        La negligencia de los padres, su poco cuidado por el bienestar de sus hijos, su excesiva complacencia, quizá, hace que la instrucción se vaya postergando, se vaya dejando para ese mañana, que sólo llega cuando el niño es hombre, cuando el mal es irremediable, cuando la instrucción es imposible, pues lo mismo que la falta de rocío endurece la tierra y la hace incapaz de recibir semilla alguna, así la falta del rocío saludable de la instrucción entorpece las facultades y las hace incapaces de desarrollarse.
        Estas son las consecuencias fatales e inevitables de dejar a los padres la libertad de dar o no instrucción a sus hijos. Para contrarrestarlas es necesario que la instrucción sea declarada obligatoria.
        Esta medida, que tal vez parezca algo violenta al principio, llegará con el tiempo a formar una costumbre, una necesidad, y cuando un pueblo respeta de este modo la instrucción, este pueblo está salvado, tiene su porvenir asegurado. Esta medida produce inmediatamente la difusión de la instrucción en el pueblo y por consiguiente reforma sus hábitos, suaviza sus costumbres.
        Esta obligación no existe en nuestro país; será preciso establecerla.
        Para que pueda hacerse efectiva, es preciso no dejar al padre pretexto alguno para oponerse a ella. Se debe dotar al pueblo de un número suficiente de escuelas, para que no pueda alegar la falta de estos establecimientos. Las horas de enseñanza deben estar de tal manera dispuestas, que no impidan al niño pobre el poder trabajar y ayudar al padre a soportar el peso de la familia.
        Sentada la obligación de aprender, pasemos a otro punto no menos importante, la libertad de enseñanza.
        Los que combaten la libertad de enseñanza lo hacen bajo el pretexto de que esta libertad es abusada, es llevada a la licencia en los países donde se ha admitido.
        Esta libertad, dicen, rebaja la noble profesión del maestro, puesto que dejan en libertad a cualquier ignorante o charlatán, de fundar establecimientos de instrucción, y éstos no importan sino un grave perjuicio al país.
        Pero, ¿acaso no habrá otro medio de impedir el abuso de esta libertad, sino suprimiéndola? ¿Acaso el monopolizar la enseñanza no produce males mucho mayores? Creo que sí, y trataré de probarlo.
        Toda libertad tiene su límite. La libertad ilimitada se transforma en abuso, en licencia.
        La libertad de enseñanza tiene, pues, su límite, este límite es la incapacidad. Al decir libertad de enseñanza no se debe entender, pues, que todos puedan enseñar; lejos de eso, lo único que se debe entender es que todo aquél que sea capaz de enseñar puede hacerlo. Para poder enseñar se precisa no sólo ilustración, sino también moralidad. Porque, ¿qué importaría ilustrar la inteligencia del niño, si al mismo tiempo se corrompen sus costumbres, se deprava su corazón? Más valiera no haberle instruido, porque el crimen en manos de un hombre ilustrado es mil veces más terrible que en las de un ignorante.
        Luego, para ser maestro, director de un establecimiento de instrucción, es necesario ser ilustrado y moral. Pero, ¿cómo podrá asegurarse el pueblo que aquel que pretende dirigir la juventud posee estas cualidades indispensables? El medio es muy sencillo, un examen en cuanto a su ilustración, y un certificado que pruebe su moralidad.
        Se teme que la libertad de enseñanza permita la difusión de ideas erróneas y absurdas en el pueblo. Temor inútil. Si las doctrinas que se vierten son absurdas, ellas caerán por su propio peso, y sus autores todo lo que habrán conseguido es la conmiseración que da el pueblo a todo desgraciado.
        Agregan los monopolistas de la instrucción, si la autoridad monopoliza todas las necesidades vitales de los Estados, tales como la justicia, el crédito, ¿por qué no ha de poder monopolizar la instrucción, que es, tal vez, la principal de estas necesidades? Es que la justicia, el crédito, son de naturaleza enteramente distinta a la instrucción.
        La justicia no puede ser sino una, una la aplicación del principio, y si ésta estuviera en manos del individuo, cada uno la aplicaría con relación a sus conveniencias particulares; el crédito lo mismo, sería explotado en bien propio, y entonces tendríamos el caos, la anarquía más completa en la sociedad. Para evitar todo esto es que la autoridad monopoliza su administración. Pero la instrucción es diferente, necesita esta divergencia, este choque entre las inteligencias, choque que produce las grandes ideas que asombran a la humanidad, que muestran el poder del hombre; esta divergencia provoca un estímulo que no puede producir sino brillantes resultados.
        Pasemos ahora a examinar los efectos del monopolio de la enseñanza. Su efecto inmediato es la absorción de ella por tal o cual establecimiento. Obligaría a todos a pasar por un mismo canal, no daría expansión o libertad a las inteligencias, y el genio innovador que existiese en algunas de ellas se ahogaría para dar lugar a la rutina.
        El progreso sería entonces muy lento, quizá nulo.
        ¿Cuál ha sido la causa por la que Norteamérica ha llegado hasta ponerse a la vanguardia de todos los pueblos del universo, en cuanto a su progreso material?
        La causa no es otra sino que el genio investigador del yankee, no se sujeta al método sistemático, rutinero del colegio, de la universidad; no, él da libertad a su inteligencia, no se contenta con saber lo que antes sabía, quiere conocer algo más, quiere conocer lo desconocido. Y este brillante resultado no se obtendría si no hubiese libertad de enseñanza.
        La instrucción debe ser completa, debe abrazar todos los ramos de los conocimientos humanos. Cada ciencia tiene su aplicación práctica y necesaria en la vida de los pueblos. Si hay alguna sociedad que cultiva con predilección tal o cual ciencia, con perjuicio de otra, este pueblo al hacer la aplicación de estas ciencias, al llenar las necesidades, encontrará un perjudicial vacío, pues habrá muchas que no podrá llenar, y estas necesidades no cumplidas, importarán un retardo en la senda del progreso, por consiguiente un mal para el país.
        Luego la enseñanza debe ser libre y completa, la instrucción obligatoria y proporcionada al rol que el individuo va a jugar en la sociedad.
        Sentados estos principios, pasemos a aplicarlos a nuestro sistema de instrucción.
        Nuestra instrucción no puede ser más deficiente, más incompleta, particularmente en el estudio de las ciencias exactas.
        Es extraño lo que sucede, este vacío ha sido constantemente conocido y lamentado y sin embargo nada se ha hecho para remediarlo.
        Vagan por nuestras calles, por nuestra campaña, multitud de niños sin hogar y sin familia. Estos seres criados en la holganza más vergonzosa y por consiguiente desviados por la corrupción y el vicio, no podrán formar sino ciudadanos viciosos y corrompidos, elementos de destrucción para la sociedad. Es preciso, pues, contener, ahogar este germen de anarquía, fundando escuelas de artes y oficios, donde regenerados por la atmósfera saludable del trabajo, se conviertan en ciudadanos honrados y laboriosos, útiles a la patria y a sí mismos.
        Dije que este vacío en el estudio de las ciencias exactas había sido sentido y lamentado hace algunos año. En efecto, oigamos lo que decía el señor Zuviría en folleto sobre instrucción, publicado en 1852:
        “Quizás sin exageración puede decirse, que hay más políticos, publicistas, abogados, oradores, escritores y poetas, que químicos, mecánicos, mineros y aún agricultores y pastores, instruidos en sus respectivas industrias”.
        Y ésta es la realidad. ¿Queréis hallar quien os desenrede la más intrincada cuestión de política o derecho? Hallaréis cientos de políticos y abogados que podrán hacerlo. ¿Queréis proclamar, entusiasmar al pueblo? Encontraréis oradores en todos los rincones de la República. ¿Queréis cantar las glorias de la patria? Conocida es la abundancia de poetas en este país. Pero, ¿queréis explotar los inmensos tesoros que la naturaleza con manos pródigas ha sembrado en todo el territorio argentino? y apenas hallaréis en todo este territorio un solo argentino capaz de hacerlo. ¿Queréis llevar al centro de la República, al emblema de la civilización, a la poderosa locomotora? tendréis que ir a países lejanos a mendigar un hombre que os enseñe a hacerlo.
        ¿Queréis convertir las inmensas cantidades de lanas, producto de nuestras campañas, en el tejido que ha de preservar nuestro cuerpo contra el rigor de las estaciones? y no hallaréis una hilandería, ni una simple rueca par hacerlo. Tendréis que llevarla a 3000 leguas de distancia, convertirla allá, y volverla a traer, causando así grandes perjuicios al país.
        Lo que forma la fuerza de un Estado no es esa turba de declamadores, que sólo viven de la revuelta, sino el honrado y pacífico ciudadano que profesa tal o cual industria. Este tiene que trabajar incesantemente para conservar su existencia, para procurar su bienestar. Este trabajo es imposible sin la paz y por eso tratarán de mantenerla; y cuando un pueblo está empeñado en sostenerla, esta se hace fructífera y duradera.
        Si nuestra República hubiera tenido esta educación práctica, difundida en el pueblo, haría ya largos años que hubieran cesado esas guerras fratricidas, que han sido el constante azote de estos países.
        Cuando el hombre se dedica con fe al trabajo, abandona todas estas funestas pasiones y preocupaciones de partido, aspira al bien general, porque éste redunda en el suyo propio.
        ¡Cuánto más sublime y conmovedor es el espectáculo que ofrece el pacífico habitante, guiando el arado sobre nuestro rico suelo, y haciendo que de ese surco, regado por sus nobles sudores, nazcan fuentes inagotables de felicidad y riqueza para la sociedad; que no el espectáculo horrible y desconsolador de bandos opuestos prontos a despedazarse, desconociendo todos los lazos de caridad y justicia que deben unir a los hombres!
        Pues bien, estos dos hechos de naturaleza diametralmente opuesta, no pueden existir juntos; fundemos, arraiguemos en nuestras costumbres el primero, con eso podremos destruir hasta en sus más ocultos gérmenes al segundo.
        Hagamos todo esto, y veremos al día siguiente, a electricidad, al vapor, sentar su trono en medio de nuestras campañas, agitar las tranquilas aguas de nuestros ríos, y hacer huir despavoridos en su presencia, al montonero y al indio, ese cáncer que hace tantos años impide el progreso de nuestra campaña.
        Hagamos esto, y veremos todas esas riquezas que ahora se esconden en el seno de nuestra tierra, salir a raudales y hacer a la República feliz interiormente, fuerte y respetada en el exterior.
        Estas consideraciones hacen ver claramente lo deficiente de nuestra instrucción. Trataremos ahora de bosquejar un sistema adaptable a la República.
        La instrucción, ese manto regio que demuestra poder y la grandeza del pueblo que lo ostenta, no querramos afearlo con remiendos mal zurcidos, cual lo serían las reformas parciales de nuestro sistema.
        Es preciso reformarlo todo, para que la oscuridad de una parte no vaya a deslumbrar el brillo de la otra.
        La instrucción debe estar dividida en tantas grandes divisiones, cuantas son las necesidades que nacen del rol que el individuo va a jugar en la vida social. El individuo pertenece a la clase baja que se dedica a los trabajos materiales o a la clase que se dedica a explotar las riquezas del país, es decir, al comercio en general; o a la clase que dedica a los estudios elevados, al estudio de las facultades en general.
        Luego debe haber tres grandes divisiones en la enseñanza, la de la primera clase que se hará en las escuelas, la de la segunda que se hará en los colegios, y la de la tercera que se hará en las universidades.
        Demarcaremos ahora los diferentes ramos que corresponden a estos diversos establecimientos.
        La instrucción primaria debe abrazar la instrucción moral y religiosa, lectura, escritura, rudimentos de aritmética y del idioma natal. Esto creemos que basta para las necesidades de aquella masa del pueblo que se dedica al trabajo puramente corporal. Quererla recargar con otros estudios, sería hacerle perder tiempo inútilmente, sería hacerle aspirar a estudios que no le corresponden, sería, por fin, empobrecer la industria quitándole brazos útiles: no puede haber menos, puesto que todos son indispensables para el juego de la vida ordinaria.
        La obligación de instruirse de que hablamos al principio, debe limitarse aquí, puesto que no se puede pedir a hombre del pueblo que se dedique a estudios más elevados.
        Pasemos a la instrucción secundaria o comercial. Esta se tiene que dividir en dos partes, para los que se dediquen al comercio (y aquí comprendemos el estudio del pastoreo y de la agricultura) y para los que pretendan pasar a estudios más elevados.
        En estos colegios debe cursarse los estudios siguientes: para los primeros, gramática, geografía, historia, aritmética completa, elementos de matemáticas, de filosofía, música, enseñanza agrícola y pastoril, dibujo, idiomas vivos; y además, para los segundos, elementos de química, física, historia natural, idiomas muertos.
        La necesidad de estos estudios se reconocerá fácilmente: el comercio forma la riqueza y por consiguiente el poder del país; es preciso, pues, fomentarlo, para conservar el orden interior, y el respeto exterior del mismo, porque si bien, arriba del individuo hay el poder de las leyes, arriba de las naciones no hay sino la justicia del cañón. ¿Quién dio ese inmenso poder en los tiempos antiguos los troyanos, a los fenicios, a los cartagineses, y en los tiempos modernos, a la República de Venecia, a la Inglaterra, a la Francia, a los Estados Unidos?: el comercio. Cuidemos, pues, de este medio poderoso de prosperidad para el país.
        Hemos colocado la música aquí, puesto que la educación no es sólo de la inteligencia, sino también de las demás facultades, y es conocida la influencia que la música ejerce en las costumbres: id a Alemania -dice un escritor contemporáneo- y en la puerta de la cabaña encontraréis la amabilidad y la hospitalidad, penetrad más adentro y encontraréis una Biblia y un piano. En cuanto a los segundos estudios, es necesario que los que pretendan pasar a estudios más elevados, cursen ante estos preparatorios. Es por eso que hemos dividido los estudios colegiales en dos partes.
        Pasemos ahora a la Universidad. ¿Qué se proponen los que penetran en ella?
        Profundizar la ciencia. Es preciso, pues, establecer aquí el estudio de las diversas Facultades, tales como las de teología, derecho, medicina, ciencias exactas. Estas ciencias deben estudiarse en todas sus ramificaciones. Muchos de los estudios que hemos enumerado hasta aquí, necesitan además de la teoría, una enseñanza práctica. Para esto habrá que fundar establecimientos para esta enseñanza que complementen los anteriores.
        Estos establecimientos serán: museos de historia natural, conservatorios de pintura y música, escuelas de artillería de tierra y marina, academias militares, astilleros de construcción naval, institutos agrícolas y pastoriles, etcétera.
        En cuanto a la administración de los establecimientos de esta naturaleza que costee el Estado, deberá haber un Consejo general de instrucción, con sus respectivos inspectores, que visitarán y examinarán estos establecimientos y pasarán sus correspondientes informes al Consejo, que resolverá, en vista de ellos, las mejoras y reformas que hayan que hacerse, pasando todo a la aprobación del ministro del ramo. Este Consejo deberá formarse en el seno de la municipalidad, puesto que es a ella a quien le toca palpar de cerca las necesidades del municipio.
        Creemos que esta instrucción así basada podrá llenar las necesidades de nuestra patria. Si no las llenare, otras voces más autorizadas podrán reformarla. Entretanto vosotros que estáis en aptitud de hacerlo, abandonad esa culpable dejadez. ¿No oís el grito de la América toda revolcándose en su sangre, del herido que ha caído combatiendo por una idea estéril, tal vez por una preocupación funesta; de la viuda, del huérfano, el grito, en fin, de agonía de un pueblo que se ahoga en el oscuro océano de ignorancia? Vosotros, que con sólo tender una mano podéis salvarlo, ¿no lo haréis, dejaréis que perezcan inteligencias que podrían llegar a ser la gloria de la patria, de la humanidad? No podemos creerlo.
        Sois americanos, debéis tener ideas más grandes, sentimientos más nobles; hacedlo y la posteridad os bendecirá; si no lo hacéis, su fallo severo no se hará esperar.
        Hemos concluido.
        Si una perdonable osadía nos ha llevado hasta abordar una cuestión tan importante, cual es la que hemos tratado, nuestro principal deseo ha sido el tributar un homenaje de gratitud y respeto hacia nuestro ilustre y bondadoso catedrático doctor don Miguel Villegas.

Buenos Aires, noviembre 1863.

(Original existente en la Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires y exhumado hace unos años y publicado, en fascículo, por el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, con unas líneas prologales por el doctor Coll).
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CANDIDATO A GOBERNADOR DE BUENOS AIRES (*) (17 de febrero de 1894)

Vengo ante vosotros, correligionarios, a agradeceros el alto honor que me habéis dispensado al designarme candidato del partido para gobernador de la provincia.
No voy, siguiendo viejas prácticas, a formular un programa de gobierno, porque la experiencia me ha probado que esos programas sólo importan dar testimonio de buenas intenciones que se realizarán o no, según el desenvolvimiento de los sucesos que obedecen a fuerzas y causas ajenas y superiores la voluntad del gobernante. Cuando se trata de un hombre que no es un desconocido en la sociedad política, es su vida pasada su verdadero programa porque ella revela sus cualidades y sus defectos, y vosotros al darme vuestros votos, habéis sin duda hecho previamente balance de mi vida pública y encontrado un saldo que me abona; si os habéis equivocado, será vuestro el error y la responsabilidad. Diré por mi parte que me ratifico aquí en los principios políticos que he defendido siempre.
Soy conservador y conciliador por temperamento y por convicción. Condeno la intransigencia política, que es una forma del fanatismo, porque creo que Dios iluminó al hombre con un rayo de su inteligencia para que le sirviera de guía y de luz en el camino de la vida, y que reniega y se hace indigno de ese don divino quien permite que esa luz se extinga y ese guía se extravíe ante el soplo furioso de pasiones que son inspiraciones del mal. Para ser severos con la maldad o con el delito, no es necesario que nuestra voz tiemble con las vibraciones nerviosas de la ira, sino, por el contrario, es necesario tener toda la serena tranquilidad del juez. Los partidos políticos son dados a confundir sus intereses propios con los intereses permanentes y superiores del país, y a creer que es causa de entusiasmos, o duelos públicos, lo que sólo es alegría o pesar de aspiraciones o ambiciones realizadas o defraudadas.
            Por mi parte, creo que en esta lucha encarnamos las aspiraciones del mayor número; que la paz, la libertad y el trabajo en la provincia y en la república ganarán con nuestro triunfo; pero jamás la pasión política me  lleva a decir que el triunfo de nuestros adversarios será una calamidad pública, pues si he combatido y combatiré sus errores en todos los terrenos en que se coloquen, respetaré a su intención y reconoceré su patriotismo, porque hombre sin amor patrio, es un monstruo que no existe en la tierra argentina.
            No seguiré tampoco prácticas nuevas, y no vendré ante vosotros a declarar que mi administración será honrada, ni a hacer el breve inventario de mis bienes.
            No vejaré en esa forma el nombre de mi patria ante el concepto del mundo, ni acreditaré con mi ejemplo el hecho humillante de que los hombre públicos argentinos, al solicitar los sufragios de sus conciudadanos, deban mostrar primero las manos limpias.
            Si alguno no las tiene, merece nuestra compasión; para él está reservado un castigo más terrible y más doloroso que la más severa sentencia de un juez, probando una vez más que, como dijo el poeta, en el delito está la vergüenza y no en el cadalso. Nuestro partido está siendo víctima de una explotación política, y en la confusión que ha creado una propaganda tenaz y malintencionada está recibiendo piedras arrojadas por manos de todos los pecadores.
            Hagamos un poco de historia no lejana, y ella bastará para dar a cada uno su parte de responsabilidad en males que no son un triste privilegio de nuestro suelo, sino un hecho que se repite en la historia de todos los pueblos. No me remontaré lejos en la historia humana, pues encontraré ejemplos muy cercanos. Los Estados Unidos, después de sofocada la colosal rebelión del Sur, gozaron de la época de mayor progreso y de mayor abundancia que recuerde la historia. La fiebre de la especulación, que fué el resultado inmediato, invadió todas las esferas sociales, desde las más encumbradas hasta las más humildes, y las tentaciones de la fortuna rápida, dominando a los débiles, introdujo en la administración pública gérmenes de corrupción que cundieron velozmente; y bajo la segunda presidencia de Grant, se oyó por toda la Unión un clamor público pidiendo un remedio al mal, que asumía proporciones colosales.
            El pueblo de los Estados Unidos sabía que había muchos culpables, pero no que lo fuera un partido entero, ni que esos males pudieran oscurecer las glorias del partido republicano, que acababa de salvar a su patria manteniendo su unidad bajo la bandera estrellada, y de servir a la humanidad suprimiendo la esclavitud y dando la libertad a ocho millones de esclavos. No creyó tampoco ese pueblo sensato, que esos males de que ninguna nación se ha librado, deberían ser curados a sangre y fuego. Emprendió su regeneración por la propaganda firme y enérgica, y la reforma se operó bajo la administración del mismo partido republicano.
            Entre nosotros, la conquista del desierto, la obra más fecunda y más grande que se haya realizado después de nuestra independencia, conquista que entregó al trabajo y al progreso 20.000 leguas donde hoy crecen florecientes nuestras provincias, la organización definitiva de una nación, que acabó con antagonismos funestos, un gobierno que consolidó la paz y el fomento del trabajo, inauguraron una época de prosperidad sin ejemplo, que tuvo desgraciadamente las mismas consecuencias que en los Estados Unidos.
            Es la provincia de Buenos Aires la más obligada a la reparación, porque fué en ella donde primero asomó el mal, y no revelo un secreto al recordar que fué aquí donde se inició el funesto sistema de crear partidos políticos por el estímulo de lucros indebidos, y que fué un gobernador de Buenos Aires, como lo ha evidenciado un proceso célebre, quien primero destinó sumas considerables de los dineros públicos para engrosar los fondos de un partido político. Contra ciertos males hay que protestar a tiempo, pues es inútil clamar al cielo más tarde, cuando la semilla se ha convertido en árbol y el árbol ha dado sus frutos de maldición. No hago de estos antecedentes especulación política, porque sería tan injusto culpar a un hombre aisladamente como culpar un partido en su totalidad, de males que provienen, no sólo de causas políticas, sino también económicas y sociales.
            Pero sí protesto contra la explotación que se ha hecho de sucesos lamentables para herir a nuestro partido y desalojarlo de puestos que otros ambicionan; protesto contra una propaganda que es una mistificación, en la que se ha pretendido dividir a los partidos en honrados y oprobiosos, presentando a nuestros adversarios como modelos de probidad, encargados por misión divina de la regeneración del país, y a nosotros como los culpables de su ruina, que en nuestra criminal osadía nos atrevemos a solicitar el apoyo de la opinión, cuando deberíamos estar purgando nuestra falta. Protesto una y cien veces contra eso que es una calumnia, y quiero de una vez por todas levantar mi voz y decir ante el país entero, con toda la autoridad que me da el conocimiento personal y detallado de los hechos pasados, que si la justicia fuera a marcar en la frente a los que arruinaron los bancos abusando de su crédito, los directores de la Unión Provincial la ostentarían limpia y sin mancha, y sería mi anhelo, para honra nacional, que todos los partidos pudieran repetir igual afirmación, y que cuando los jueces han empezado a ejercer su misión y las cárceles a recibir a los culpables, se ha visto con asombro de algunos, pero no mío, que la mayoría de los detenidos no pertenecen al partido acusado.
            Hace veinte años que ese partido, con pequeños intervalos, dirige los destinos del país, y con Sarmiento, con Alsina, con Avellaneda, con Roca, ha sabido consolidar la autoridad nacional, completar su organización política, establecer el imperio de la nación en toda la extensión de su territorio, levantar y arraigar el sentimiento nacional, fijar definitivamente sus límites internacionales, promover la inmigración y la colonización, cubriendo territorios desiertos con redes de ferrocarriles y entregando la pampa inmensa donde antes sólo se veía ondular la flor de la cortadera salvaje y se oía el grito del indio fugitivo, al colono que con honrado y noble esfuerzo cubre hoy su desnudez con manto de oro y nos devuelve en riqueza y en poder la protección que le dispensamos. El partido que tales servicios ha prestado al país, tiene que tener profundas raíces en la gratitud popular, y esto explica por qué a pesar de los ataques apasionados que de todos lados se le dirigen, se muestra cada día más fuerte y más vivaz en toda la extensión de la república. Después de los últimos y desgraciados ensayos de la anarquía durante los cuales llegó para el pueblo un momento de dolorosa expectativa en que tembló por sus destinos, una reacción visible y fecunda se ha operado en todos los espíritus, y hoy, aun nuestros mismos adversarios, reconocen que no hay otro camino de salvación que el que está escrito en nuestro programa: Paz y trabajo.
            Sí, porque paz y trabajo es progreso, y progreso es libertad; error funesto es creer que la libertad pueda afianzarse por medio de la anarquía, que sólo da el triunfo a la fuerza e impone a todos la durísima ley del vencedor; error funesto es creer que la libertad puede coexistir con la guerra civil, con la lucha armada de las facciones donde las leyes callan ante el ruido de las armas; error funesto es creer que pueda haber libertad en un pueblo arruinado y despedazado en las luchas internas; más que error, delito, es creer que se pueda servir a la libertad y a las instituciones llevando la pasión política, la insubordinación y la indisciplina al seno de nuestro ejército, enseñando a jóvenes oficiales sin la experiencia de vida, que puede haber transacciones con el honor y el deber, que no lastima la hidalguía ni la lealtad del soldado fraguar en la sombra y en el misterio el golpe traidor que ha de dar en tierra con el jefe a quien se ha prometido obedecer, y que se puede aun llevar con dignidad el glorioso uniforme, cuando ya no se puede usar aquel lema famoso, suprema aspiración del soldado: “Caballero sin mancha y sin tacha”.
La provincia de Buenos Aires, que es y debe ser modelo y ejemplo de sus hermanas, ha condenado en forma elocuente esos movimientos anárquicos, negándoles su poderoso apoyo, que hubiera sido irresistible; y si nuestra asociación se ha organizado y adquirido en brevísimo tiempo tanto concurso popular sin órganos de publicidad, que agitan, conmueven y extravían la opinión, sin la complicidad del poder, pues la inmensa mayoría de las autoridades locales sirve a nuestros adversarios, es porque responde a ese sentimiento conservador, en el que la sociedad mira el secreto de su porvenir. Puedo entrar de lleno en esa aspiración, pues soy enemigo radical de los motines y de los pronunciamientos a que nuestra América da el nombre pomposo de revoluciones, los condeno y los rechazo en todos los casos, sostengo que no hay situación política tan mala que la anarquía no sea peor, y que jamas la revolución podrá traernos una mejoría ni un alivio, y que seguramente nos traerá miseria y retroceso.
Creo y creeré siempre que si algún servicio he prestado a mi país, lo fué aquel triste día que acompañé al general Levalle a contener con un puñado de soldados fieles al más formidable pronunciamiento que haya presenciado nuestra capital, y que contaba con las simpatías casi unánimes de aquella gran ciudad; allí se evitó que sobre los escombros de todo principio institucional, de todo poder organizado, se levantara una dictadura nacida en un cuartel en medio de tropa sublevada, que hubiera impuesto a todos, como única ley, la voluntad de unos pocos, a título de regeneración, que hubiera llevado a la anarquía a todo el país o hubiera constituido al ejército en arbitro supremo de la bondad y existencia de los poderes, y haciéndonos retroceder tres cuartos de siglo, hubiera renovado, al través de idénticas vicisitudes, una época funesta de nuestra historia.
Hay una providencia que vela sobre nuestros destinos, y al disponer que fuera sofocado ese poderoso levantamiento, nos ha ahorrado muchos años de lágrimas y de duelo, y ha permitido que después de tantas     zozobras como las que nos han agitado en estos últimos tiempos, podamos ofrecer a la república este hermoso espectáculo de ciudadanos reunidos pacíficamente al amparo de nuestras leyes, discutiendo los intereses públicos y preparándonos para ejercer nuestros derechos políticos; procediendo, en una palabra,        como proceden los pueblos civilizados de la tierra. Yo bien sé que hay una razón que puede ser una excusa, y es que cuando las válvulas se cierran las calderas explotan.
Es exacto; pero no prueba que las explosiones sean benéficas, sino que es grande la responsabilidad de los directores cuando exponen a la sociedad a estos siniestros; y creo que el mayor de los delitos que puede cometer un gobernante es coartar las libertades y los derechos del ciudadano. He tenido ocasión, más de un vez, de afirmar que las desgracias de nuestra accidentada vida política dependen en gran parte de nuestras viciosas prácticas y leyes electorales, y he sostenido que la libertad electoral es necesidad vital para nuestro progreso. Puedo abonar esta afirmación con antecedentes públicos. He presidido varias elecciones: una como ministro de Gobierno de esta provincia, en que los vencidos mismos reconocieron la libertad y legalidad del acto, y otras como presidente en la capital de la República, en las que triunfó la oposición. No hago de esto un mérito, pues sólo cumplía el más primordial de mis deberes; pero creo que este antecedente es mayor garantía que promesas tan fácilmente hechas como fácilmente olvidadas.
Después de la crisis que como un ciclón ha pasado      por nuestro país dejando ruinas por todas partes, la tarea del nuevo gobierno será puramente administrativa; tarea paciente y de inmensa labor, que no puede         ni debe ser distraída por aspiraciones o complicaciones políticas, que siendo fatalmente absorbentes desviarían la acción pública de su principal objetivo. Buscar para esa acción proyecciones que salven los límites de la provincia, importaría sacrificar sus intereses inmediatos, aspiraciones o combinaciones políticas, que, si se pueden consultar los intereses de un partido, serán siempre contrarios a los intereses locales.
Le bastará a la provincia de Buenos Aires cumplir       una vez más su misión histórica: ser la más alta expresión del sentimiento nacional, el más firme apoyo de las autoridades constitucionales de la nación y la garantía más segura de que la república entera gozará los beneficios fecundos de la paz y del trabajo.
Más felices que otros, hemos entrado a la lucha con el alma limpia de odios y rencores, y con esa tranquilidad de espíritu que da la conciencia de la fuerza. Si atacamos es para defendernos, y en nuestros golpes no hay encono; sostenemos con decisión nuestra causa y nuestros hombres, pero nos mueve el bien público más que el interés partidista; y si ese bien nos impone sacrificar simpatías del partido a combinaciones que concilien los altos intereses del país, lo haremos sin violencia y sin extorsión, porque sabremos colocar muy por arriba de nuestros intereses propios, nuestros deberes para con la patria.
Es necesario, para garantizar a nuestro país contra estos sacudimientos histéricos que lo desacreditan, que todos nos convenzamos de que la adaptación completa de un pueblo a nuestro sistema institucional, es obra de larguísimo aliento y de inagotable paciencia.
Para que el espíritu de esas instituciones se haga carne y hueso en cada ciudadano, es necesaria la obra lenta del tiempo, que modela el cerebro humano y da como resultado final, en política como en religión, que el suizo nazca republicano, el ruso monárquico, el árabe mahometano y el español católico. Nuestras asonadas, que para salvar las instituciones cambian las autoridades con un golpe de lanza o de arma más moderna, están revelando en sus mismos procederes un atavismo indio que aun ejerce en nuestra América su funesto influjo. Busquemos allí los gérmenes del mal, y extirpémolos, y no pretendamos curarlos aplicando un cauterio a las manifestaciones superficiales. Quiera el Cielo que iniciemos en esa lucha una reforma duradera con esos nobles propósitos.
Nuestro partido entrará de lleno en ellos, respondiendo a anhelos populares.
Buscamos la expresión verdadera de la voluntad de la mayoría para acatarla como es nuestro deber.
Si pequeñas manchas oscurecen el resultado general, las atribuiremos a causas superiores a la voluntad de los hombres y no a propósitos culpables de nuestros adversarios. Nuestro triunfo será el triunfo de todas las aspiraciones legítimas y estará inspirado en un sentimiento de conciliación y de justicia. Probaremos que si no hemos cedido jamás ante la violencia y la amenaza, cederemos ante las exigencias de la equidad y del patriotismo; y si la suerte nos fuera adversa o la victoria arrebatada en  cualquier forma y cualquier modo, probaremos que      los verdaderos patriotas, como la madre verdadera en el juicio bíblico, prefieren ver a la patria en poder de sus adversarios que verla desgarrada y desangrando en brazos de la anarquía.

 

Carlos Pellegrini.

 

(*) Pronunciado en Chivilcoy. Se eligió después, por acuerdo de los partidos Unión Cívica Nacional (mitristas) y Autonomistas (pellegrinistas) al Dr. Guillermo Udaondo y coronel J. I. Arias.
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CARTA A UN GOBERNADOR DE PROVINCIA SOBRE LOS PROPÓSITOS DE LA “COALICIÓN”.

Al regresar de Mar del Plata, recibo su apreciada del 14. Veo por ella que usted se ha dado exacta cuenta de la trascendencia política del triunfo de la Coalición en la capital, y del sensible fallecimiento del presidente.
Tuve siempre, como usted, gran aprecio por las altos cualidades personales del doctor Quintana, aunque dudaba de su eficacia para el gobierno. Fué siempre un brillante doctrinario, pero no un estadista, y por eso, a pesar de su largo actuación pública, poco ha dejado que recuerde su acción. A1 recibirse del mando tuvo la clara visión de las exigencias políticas y de sus deberes en el momento en que se le confiaban los destinos del país; pero es indudable que su salud precaria, sobre todo en los últimos tiempos, afectando sus energías y facultades, permitieron que malas compañías y malos consejeros torcieran los rumbos y propósitos de su gobierno, que con tanto acierto había fijado al iniciar su administración, y comprometieran en provecho propio y en vituperables manejos la alta autoridad que investía.
Fue esto lo que dió origen a la Coalición, la que, como lo declaró públicamente desde un principio, se organizó para recoger el programa político caído de las manos debilitadas del presidente, a fin de hacerlo efectivo por la acción popular; programa que puede reducirse a cuatro palabras: verdad institucional, sufragio popular.
            Pudo así también, el actual presidente, al recibir la delegación del mando, declarar que se ceñiría, estrictamente, al programa inicial del doctor Quintana, pero que lo haría “en la intenci6n y en el hecho”, promesa que cumplió desde los primeros actos de su gobierno y que le atrajeron las simpatías populares.
            Al producirse, en tales circunstancias, el triunfo electoral de la capital y el fallecimiento del presidente, resultó que, tanto el nuevo presidente, como la Coalición, triunfante en la capital, servían al mismo programa político, que más que programa de un partido o de un gobernante, es hoy el único programa de la oposición que encierra todas las exigencias y todos los anhelos de nuestro pueblo en este momento.
            En tales condiciones, lo natural y lo 1ógico era que la Coalición ofreciera y el mandatario aceptara, todo el concurso de su fuerza popular, concurso ofrecido tan amplio como desinteresado, no para servir incondicionalmente a un gobernante, sino para servir una política de reacción liberal.
Esta conjunción de propósitos no es ni podía ser favorable u hostil a ninguna influencia o tendencia personal, en favor o en contra de partido o agrupación alguna. Todos los concursos son necesarios, si ellos vienen a servir con sinceridad al anhelo popular; como toda resistencia que pretenda contrariarlo, será combatida y vencida de dondequiera que venga y dondequiera que se presente, por ese mismo empuje popular.
Hay muchos que se empeña en presentarme como el enemigo del partido Nacional. Ellos a mi. ¡Sarcasmo!
Los verdaderos enemigos del partido Nacional no hemos sido, seguramente, yo y mis amigos, que en más de una vez lo salvaron de la derrota y la disolución, sino los que le redujeron a ser la clientela incondicional y vergonzante de presidentes y mandatarios, reduciendo su credo político a la preponderancia exclusiva y absoluta del poder oficial. El partido Autonomista ha sido una desmembración de aquel gran partido y se llevó todas las altiveces y energías, que protestaban contra esa sumisión deprimente que desconocía y burlaba todos nuestros principios institucionales.
El régimen personal favorecido por esa sumisión se ha ido afirmando cada día con más absolutismo en toda la república, hasta ser incompatible con nuestra importancia política, y es llegado, fatalmente, el momento en que tiene que desaparecer por la natural e irresistible evolución del progreso nacional.
En ese momento histórico, un gobernador de provincia ha sido instrumento de la Providencia pare precipitar la reacción. Él ha extremado, hasta lo absurdo y lo ridículo todos los abusos del régimen personal. Él era toda la provincia, su única voluntad y su único pensamiento. Disponía de los hombres y de las cosas. Elegía y mandaba. Organizaba a su capricho todos los poderes públicos; donaba, cambiaba o vendía todas las diputaciones nacionales o provinciales, designaba su sucesor y hasta fijaba la parte de autoridad que le delegaba. Todo lo que le rodeaba no osaba ni murmurar, resignado a la sumisión más deprimente de que haya recuerdo. Y todo esto no lo hacía con disimulos ni hipocresías; lo realizaba a la luz del día y se jactaba públicamente de ello. Procedía así no por cinismo, sino por absoluta inconsciencia y con la plena convicci6n de que realizaba una gran política.
Ese gobernador, al colmar la medida y presentar públicamente el régimen personal en toda su enormidad, lo ha muerto, pues ha ayudado a despertar la opinión nacional; ha provocado la protesta popular y producido, en esta capital, el más grande movimiento de opinión de que haya recuerdo y que le infligió la aplastadora derrota en los comicios del 11; movimiento que ha repercutido en todo el país, en forma que demuestra, claramente, que la reacción contra ese régimen es hoy incontrastable.
Corresponde, pues, que los hombres sanos como usted, que están al frente de 1a administración de las provincias en estos momentos, se muestren a la altura de su misión y de las exigencias públicas.
Si usted quiere conservar su influencia política, y que su gobierno sea un recuerdo grato para sus comprovincianos, no lo busque en la designación de su sucesor, ni en la vinculación de gratitudes personales, casi siempre falaces; pues ése es el medio seguro de perderlo todo, como lo ha probado, sin una sola excepción, la experiencia de todas las provincias. Búsquelo haciendo una verdad “en la intenci6n y en el hecho” del programa de la Coalición; deje a los partidos populares que elijan sus mandatarios, sean cuales fueran, y si esa elección contraría sus simpatías o deseos, será eso su mayor honor y su más grande triunfo.
Los propósitos de la Coalición no son una amenaza para partido o situación alguna; les ofrece, por el contrario, a todos, el medio de afirmarse apoyándose en la voluntad popular. Si alguna vez pretende contrariar esos propósitos y persistir en el régimen personal, seguramente caerá, pero no por la acción de la Coalición de la capital, sino por el empuje irresistible de la opinión nacional.
Sé que todas estas ideas son las suyas, mi amigo, y le incito, por eso, a que las haga prácticas y sea uno de los primeros que levante la bandera de la reacción liberal en el interior.
En cuanto a la situación, aquí, todo marchará en el sentido del anhelo público, sin violencias, pero con firmeza. Los últimos sucesos han revuelto un poco las aguas, y hay pequeños intereses e intrigas en suspensión que lo enturbian por el momento, pero todo eso se irá asentando por gravitación natural, y la situación será de claridad perfecta por el consorcio íntimo y sincero de la opinión y el gobierno.
Le desea toda felicidad, su amigo.

C. Pellegrini.
(1906)

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ÚLTIM0 DISCURSO PARLAMENTARIO.

Voy a votar, señor Presidente, en favor de este proyecto (1), pero como no lo voy a hacer, precisamente, por las razones que acabamos de escuchar, me permitirá la Cámara que funde brevemente mi voto.
Se pretende que ésta es una ley de olvido, que va a restablecer la calma de la situación política y a fundar la paz en nuestra vida pública.
No es cierto.
Ni los acusados ni los acusadores, ni ellos ni nosotros, hemos olvidado nada. Puede decirse de todos lo que se decía de los emigrados franceses después de larga emigración: ¡nada han aprendido y nada han olvidado!
Lo único que se ha olvidado y se olvida son las lecciones de nuestra historia, de nuestra triste experiencia. Se olvida que esta es la quinta ley de amnistía que se dicta en pocos años y que los hechos se suceden con una regularidad dolorosa: la rebelión, la represión, el perdón. Y está en la conciencia de todos, señor Presidente, que esta amnistía, que se supone ser la última, no será la última; será muy pronto, tal vez, la penúltima.
¿Y por que, señor Presidente?
Porque las causas que producen estos hechos subsisten, y no só1o subsisten en toda su integridad, sino quo se agravan cada día.
El año 93 se encontraba la República en una situación difícil; estaba convulsionada. Un gran partido buscaba la reacción institucional y la verdad de los principios constitucionales, por medio de la revolución; otro partido, en el que también tenía yo el honor de figurar, buscaba los mismos fines, pero por medio de la evolución pacífica.
Llegó un momento, señor Presidente, tan difícil, que el partido a que pertenecía, a lo menos sus principales hombres, desesperaron de la tarea; y en esa circunstancia, solicitado por el señor presidente de la República, doctor Sáenz Peña, manifesté francamente mi opinión, y le dije: que creía que, para alcanzar el fin que todos nos proponíamos, debería el presidente de la República llamar a otros hombres, porque nosotros estábamos vencidos en la jornada, y le indiqué entonces, que entregara la dirección política del país a una de nuestras más grandes inteligencias, a uno de nuestros más grandes estadistas, a un hombre cuya honestidad política, cuyo sincero patriotismo eran indiscutibles, un adversario decidido mío, al doctor Del Valle. Y la razón que tuve para darle este consejo, era que esperaba que él, con la autoridad que le daban sus vinculaciones políticas y su influencia personal, pudiera dominar esa tendencia revolucionaria, y con el apoyo de todos, buscar el ideal que todos perseguíamos y llegar a la verdadera reacción institucional, al verdadero respeto de los principios constitucionales. El presidente Sáenz Pena aceptó mi consejo, y mi amigo personal y adversario político, el doctor Del Valle, fué llamado al ministerio de la Guerra.
Tuvimos una larga discusión en que, desgraciadamente, resaltó la completa divergencia de nuestras ideas. Yo era partidario, como lo he sido siempre, de la evolución pacifica, que requiere como primera condición la paz; él no lo creía: era un radical revolucionario. Creía que debíamos terminar la tarea de la organización nacional por los mismos medios que habíamos empleado al comenzarla.
Me alejé de esta capital a las provincias del norte, y le dejé en la tarea. Desgraciadamente, se produjo lo que había previsto. La dificultad que tiene la teoría revolucionaria es que es muy fácil iniciarla y muy difícil fijarle un límite. Recordé, entonces, como ejemplo, que, queriendo el emperador Nerón sanear uno de los barrios antihigiénicos de Roma, resolvió quemarlo, y dió fuego a la ciudad; pero, como no estaba en su mano detener las llamas, ellas avanzaron, y no sólo quemaron los tugurios, sino que llegaron también a los palacios y a los templos.
Efectivamente, señor Presidente; a pesar de todo el sincero patriotismo, de toda la inteligencia del primer ministro en aquella época, llegó un momento          en que la  anarquía amenazaba conflagrar a toda la república. No necesito continuar: vinieron los cambios y los sucesos que todos conocemos.
Y bien, señor Presidente: han pasado trece años; hemos seguido buscando en la paz, en el convencimiento, en la predica. de las buenas doctrinas, llegar a la verdad institucional; y si hoy día se me presentara en este recinto la sombra de Del Valle, y me preguntara: -¿Y como nos hallamos?- ;¡tendría que confesar que han fracasado lamentablemente mis teoría evolutivas y que nos encontramos hoy peor que nunca!
Y bien, señor Presidente: si ésta es la situación de la República, cómo podemos esperar que por esta simple ley de olvido vamos a modificar la situación, vamos a evitar que se reproduzcan aquellos hechos? Si dejamos la semilla en suelo fértil, ¿acaso no es seguro que mañana, con los primeros calores, ha de brotar una nueva planta, y hemos de ver repetidos todos los hechos que nos avergüenzan ante las grandes naciones civilizadas? ¿No nos dice esta ley de amnistía, no nos dice esta exigencia pública, que viene de todos los extremos de la república, esta exigencia de perdón que brotó al día siguiente del motín, que hay en el fondo de la conciencia nacional algo que dice: esos hombres no son criminales; esos hombres podrán haber equivocado el rumbo, pero obedecían a un móvil patriótico? Ha habido militares que han sido condenados, que han ido a presidio, que han vestido la ropa del presidiario, y cuando han vuelto nadie les ha negado la mano, ¿por que?, porque todos sabemos la verdad que hay en el dicho del poeta: “es el crimen, no el cadalso, el que infama”.
Bien, señor Presidente; sólo habrá ley de olvido; sólo habrá ley de paz, sólo habremos restablecido la unión en la familia argentina, el día en que todos los argentinos tengamos iguales derechos, el día que no seles coloque en la dolorosa alternativa, o de renunciar a su calidad de ciudadanos, o de apelar a las armas para reivindicar sus derechos despojados.
Y no quiero verter esta opinión sin volver a repetir, para que todos y cada uno carguemos con la responsabilidad de lo que está por venir: no sólo no hay olvido, no sólo todas las causas están en pie, sino que la revolución está germinando ya. En los momentos de gran prosperidad nacional, los intereses conservadores adquieren un dominio y un poder inmenso, y entonces son imposibles todas estas reivindicaciones populares; pero ¡ay del día, que fatalmente tiene que llegar, en que esta prosperidad cese, en que este bienestar general desaparezca, en que se haga más sombría la situación naciona! ¡Entonces vamos a ver germinar toda esta semilla que estamos depositando ahora, y quiera el Cielo, señor Presidente, que no festejemos el centenario de nuestra Revolución con uno de los más grandes escándalos que pueda dar la República Argentina!
Voy a votar, pues, esta amnistía respondiendo al anhelo público; pero al hacerlo, he querido pronunciar estas palabras para llamar a los gobernantes al sentimiento de su deber, para decirles que no es con frases, sean sinceras o sean mentidas, que vamos a curar los males que hoy afectan a la República, sino con voluntad, con energía, con actos prácticos, con algo que levante el espíritu, con algo que haga clarear el horizonte y que permita a los ciudadanos esperar en la efectividad de su derecho renunciando a estas medidas violentas.
Tal vez, señor Presidente, sea este nuevo pedido un eco más que se pierda. Por mi parte aprovecharé siempre todo momento para continuar en esta prédica. No abandono los principios que siempre he profesado. Condeno y condenaré siempre los actos de violencia; pero será doloroso que llegue un día en que tenga que convencerme que todas estas invocaciones sinceras al patriotismo y al deber han sido estériles, y que haya que abandonar a los hechos la suerte que el porvenir les depare.
Pero, señor Presidente, si voy a acompañar a la Comisión en este voto, no puedo en manera alguna acompañarla en la amplitud que ha dado a esta ley, y votaré por el proyecto tal como lo presentó el Poder Ejecutivo.
Es por razones mucho más fundamentales que las que se han expuesto, que voy a dar este voto limitado.
Yo creo, señor Presidente, que se trata de algo fundamental, de algo que afecta nuestra misma organización política, nuestro porvenir como nación. No es admisible, en ningún caso, bajo ningún concepto, sin trastornar todas las nociones de organización política, equiparar el delito civil al delito militar, equiparar el ciudadano al soldado. Son dos entes absolutamente diversos. El militar tiene otros deberes y otros derechos; obedece a otras leyes, tiene otros jueces; viste de otra manera, hasta habla y camina de otra forma. Él está armado, tiene el privilegio de estar armado, en medio de los ciudadanos desarmados. A él le confiamos nuestra bandera, a él le damos las llaves de nuestra fortaleza, de nuestros arsenales; a él le entregamos nuestros conscriptos y le damos autoridad para que disponga de su libertad, de su voluntad, hasta de su vida. Con una señal de su espada se mueven nuestros batallones, se abren nuestras fortalezas, baja o sube la bandera nacional, y toda esta autoridad, y todo este privilegio, se lo damos bajo una sola y única garantía, bajo la garantía de su honor y de su palabra.
Nosotros juramos ante Dios y la Patria, con la mano puesta sobre los Evangelios; el militar jura sobre el puño de su espada, sobre esa hoja que debe ser fiel, leal, brillante como un reflejo de su alma, sin mancha y sin tacha. Por eso, señor, la palabra de un soldado tiene algo de sagrado, y faltar a ella es algo más que un perjurio.
Y bien, señor Presidente, es este el cartabón en que tienen que medirse nuestros jóvenes militares, para saber si tienen la talla moral necesaria para ceñir la espada, que es el legado más glorioso de aquellos héroes que nos dieron patria; para vestir ese uniforme lleno de dorados y galones, que sería un ridículo oropel si no fuera el símbolo de una tradición de glorias, de abnegación y de sacrificios que obligan como un sacerdocio al que lo lleva.
No, señor Presidente, no podemos equiparar el delito militar al delito civil. Sarmiento decía, una vez, repitiendo las palabras que San Martín pronunciara con relación a uno de los brillantes coroneles de la Independencia: “El ejército es un león que hay que tenerlo enjaulado para soltarlo el día de la batalla”.
Y esa jaula, señor Presidente, es la disciplina, y sus barrotes son las ordenanzas y los tribunales militares, y sus fieles guardianes son el honor y el deber.
¡Ay de una nación que debilite esa jaula, que desarticule esos barrotes, que haga retirar esos guardianes, pues ese día se habrá convertido esta institución, que es la garantía de las libertades del país y de la tranquilidad pública, en un verdadero peligro y en una amenaza nacional!
No, señor Presidente. Establezcamos la diferencia, salvemos la disciplina, siquiera sea en la forma benévola en que lo hace el Poder Ejecutivo; pero, de cualquier manera, establezcamos esta equivalencia que importa destruir lo más grande, lo más eficaz, lo más fundamental que tiene el ejército, más que el saber y más que los cañones de tiro rápido: las ordenanzas y la disciplina; y que nuestros regimientos repitan siempre lo que los viejos regimientos decían al terminar la lista de la tarde, cuando se unían en una sola voz la de los jefes y los soldados: ¡Subordinación y valor, para defender la patria!

(1) Sobre amnistía - Cámara de Diputados.

 

11 de junio de 1906.

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Sobre el proyecto de unificación de la deuda de la Nación.

SENADO NACIONAL

Diciembre de 1895

Señor Pellegrini.- Pido la palabra.
Se ha formado, señor Presidente, en torno de estos proyectos, un gran movimiento de opinión, que la Comisión se explica, por el alto propósito que ellos encierran y porque afectan los intereses más trascendentales de la Nación.
A esta causa, y sólo á esta causa, atribuyo la importancia y la atención que merecen, porque la Comisión no acepta para sí ni para ningún miembro del Congreso Nacional, la sospecha de que un sentimiento pequeño pueda intervenir en su juicio, para influir en favor ó en contra de un proyecto que afecta los intereses generales de la Nación.
            No comprendo tampoco cómo es posible que la oposición que se hace al proyecto presentado por el Poder Ejecutivo pueda interpretarse como acto de hostilidad, ni contra el Poder Ejecutivo en general, ni contra el señor ministro de Hacienda en particular.
Este proyecto, señor Presidente, no puede afectar al Poder Ejecutivo, porque le consta á la Comisión, que el Gabinete en general no ha tenido participación alguna en su formación; algo más, cree que hay opiniones que, en ciertos detalles, son contrarias á la de los que sostienen este proyecto; y no cree siquiera que puede estar afectado el amor propio del señor Ministro, porque entiende que este proyecto tiene un origen muy anterior á su entrada al Ministerio. ¿De dónde proviene entonces este interés, este gran movimiento de opinión que ha alcanzado á nuestros acreedores dentro y fuera del país, y que los pone en tanto movimiento?
            La Comisión necesita hacer un estudio retrospectivo, para determinar hechos anteriores que son la explicación del origen y del alcance de este proyecto.
            En el manejo de los intereses públicos, hay ciertas cuestiones en que la opinión y las acciones de los poderes públicos puede variar, puede llegar a ser contradictoria; sobre todo, en lo que es el movimiento interno y político de un país, que puede estar sujeto a criterios distintos; pero hay ciertos asuntos que exigen unidad y persistencia de propósitos, sean cuales fueren las personas que formen parte del Gabinete Nacional, porque esa unidad de propósitos es necesaria para no malograr esfuerzos ó sacrificios anteriores ó no contradecir nuestras propias declaraciones. En este orden de cosas está todo lo que se refiere á nuestras relaciones exteriores y todo lo que se refiere al manejo de la hacienda pública, en cuanto se relacione con nuestra deuda exterior.
            La exposición que voy á hacer demostrará, que, desgraciadamente, no ha habido esa unidad de propósitos; que, lejos de eso, cada Ministro que ha entrado a reemplazar á otro Ministro dimitente, se ha apresurado á condenar ó rechazar la acción de la administración anterior para modificarla, creyendo algunas veces mejorarla y consiguiendo muchas veces empeorarla. El resultado de todo esto es que nadie conoce hoy cuál es la verdadera política económica de la Nación Argentina, y que en materia tan trascendental, como es el manejo de la deuda exterior, en tres años se han presentado tres proyectos completamente distintos, con la particularidad que dos de ellos, llevan la firma del mismo señor Ministro.
            Y voy á demostrar también, señor Presidente, como lo prometí, cuál es ese origen y cuál es el verdadero propósito de este proyecto, que se ha llamado de unificación de la deuda.
            Me excusará la Cámara si al ocuparme de épocas anteriores, me veo forzosamente obligado á referirme á aquella en que estuve al frente de la administración nacional, y le ruego no quiera interpretar en algunas de mis palabras un elogio que, seguramente, no soy quien debo hacerlo en este caso: será, á lo más, un recuerdo de justicia que debo á mis ilustrados colaboradores.
            Al principio del año 1891, señor Presidente, la situación económica de la República era la siguiente: la base rentística única de la Nación, eran los impuestos de aduana –los demás impuestos, sólo servían para cubrir servicios especiales.
            Debido á las crisis y a los trastornos que sufrió entonces el país, el comercio exterior había disminuído en casi un 50 %, y los derechos de aduana se cobraban á papel depreciado en un 200 %. Resultado definitivo: que la renta nacional había descendido rápidamente á un 30 % de su cifra en años anteriores.
Este solo hecho prueba que era materialmente imposible, en ese momento, atender á todos los compromisos nacionales, sobre todo, al servicio de la deuda externa pagadera en oro, a los gastos de la administración local y á ciertos gastos extra-ordinarios, que había necesidad de hacer en previsión de peligros futuros.          
            Lo primero que preocupó á la administración entonces, fué el servicio de la deuda nacional. Creyó que, ante todo, era necesario salvar el crédito y el honor nacional, y que, cualquier sacrificio que ellos exigieran, la Nación estaría siempre dispuesta a hacerlo; y queriendo proceder en esta cuestión con plena y perfecta buena fe, envió un comisionado á Europa, con el estudio detallado de la situación, con los propósitos del Gobierno, con sus miras respecto al porvenir, para que discutiera esta cuestión con los acreedores de la Nación que eran parte interesada en su solución.
            En aquella época se había formado en Londres un comité encargado de proceder á la liquidaci6n de la casa Baring. Ese comité era presidido por el Barón de Rotschild, que jamás había tenido participación alguna en los           negocios de la República Argentina, y que no tenía comprometidos intereses en los documentos ó créditos de la Nación. Sin embargo, como la mayor parte del activo de la liquidación Baring, eran títulos argentinos, ese comité se convirtió en comité de la deuda argentina, y con él trató nuestro comisionado.
Estudiada detalladamente la cuestión, vistos los recursos actuales        y posibles de la República los acreedores, representados por el comité, arribaron á esta conclusión: los
males que afligen a la República Argentina son pasajeros; su perturbación financiera es fácilmente remediable, y, poniendo en juego los grandes recursos que ese país posee, en muy pocos años podrá ponerse en condiciones de atender honorablemente al cumplimiento de toda su deuda. Lo único que se necesita es, por el momento, que se dé
un plazo para poder reorganizar su hacienda pública.
            Aceptado este principio, la consecuencia era lógica. Se le propuso á la República Argentina: que pagara durante tres años los intereses de la deuda con títulos de crédito, y á estos títulos, que se recibirían por moneda, se les daría á sus cupones poder chancelatorio de impuestos.
            Vencidos los tres años, la República debía estar en condiciones de hacer honor á sus compromisos y de reasumir el servicio de su deuda.
            El Poder Ejecutivo y el Congreso de la Nación aceptaron esta propuesta que era perfectamente equitativa; pero, aceptada esa proposición y salvado el inconveniente del servicio de la deuda externa pagadera en oro, quedaba mucho por hacer; había que modificar por completo todo nuestro sistema rentístico, facilitar el desarrollo de las industria y comercio, crear nuevas instituciones de crédito; en una palabra, poner á la Nación en condiciones, al fin de los tres años de moratoria, cumplir con todos sus compromisos.
            La administración emprendió la tarea con toda resolución y energía, á pesar de los numerosos conflictos y dificultades que es esos momentos la agobiaban. Triplicó las rentas de aduana, ordenando que se pagaran en oro en vez de papel; creó el sistema de impuestos internos que debían ir progresando año por año; ordenó la liquidación de los establecimientos nacionales, para facilitar en tiempo más cercano la realización de las grandes sumas que tenía comprometida la Nación. Creó nuevas instituciones para favorece el comercio y la industria, sostuvo el Banco Hipotecario con una pequeña emisión de cinco millones, que evitaron que cien millones de títulos más, depreciados, vinieran á pesar sobre la inmensa mole que oprimía entonces á la Nación; y formó con todo esto un plan general de reorganización administrativa, calculando que, restablecidos el orden y la tranquilidad, vuelta la Nación á dedicarse exclusivamente á las tareas de la paz y el trabajo, dentro de tres años iba á poder terminar su moratoria y reasumir el pago de sus deudas.
            En octubre de 1892, cuando este plan económico recién empezaba á desenvolverse, la administración cambió.
            El señor Ministro que actualmente desempeña la cartera de Hacienda, entró á formar parte del Gabinete, y su primer acto fué dirigir al señor Ministro argentino en Londres, una nota, en que condenaba, en términos bastante duros, toda la política económica de la administración anterior; declaraba que esa política nos llevaba directamente á la bancarrota; decía que este sistema de pagar deudas con deudas, era un contrasentido económico, y declaraba que estaba resuelto á poner término á todo eso.
            Todo el argumento que daba para condenar eso, era esta frase que ha inventado y que se ha repetido muchas veces: “pagar deudas con deudas es un contrasentido económico”; y yo puedo decir, señor Presidente, que todo el movimiento industrial y económico de un país, está basado en pagar deudas con deudas.
            Cuando la Nación argentina ha consolidado su deuda flotante, ¿qué ha hecho? Ha pagado deuda con deuda; ha pagado deuda flotante exigible, con títulos á plazo.
            Cuando el señor Ministro de Hacienda, solicita créditos a los banqueros, como lo hace actualmente, para pagar á los fabricantes de armas ó de barcos, ¿qué hace? Paga deudas con deudas, paga la deuda al fabricante con la deuda del banquero. Y este proyecto que ha presentado, ¿qué es lo que propone? Pagar deudas con deudas, pagar con 230.000.000 de títulos 4% 200 y tantos millones de títulos de 6 %.
            De manera que, si pagar deudas con deudas es un contrasentido económico, este proyecto, todas las operaciones que el señor Ministro está haciendo, todos los actos de consolidación que ha hecho el Congreso hasta ahora, son contrasentidos económicos, Pero no hay tal cosa.
            Las deudas no se pueden pagar sino de dos maneras: ó con dinero al contado ó con un documento á plazo; no se ha inventado todavía otra forma, porque creo que no es forma una tercera á que parecen algunos inclinarse, que es no pagar.
            Cuando el año de 1891, esta Nación estaba en la imposibilidad material de pagar sus deudas con dinero de contado, ¿qué le restaba hacer? Una de dos cosas: ó pagarlas á plazo, es decir, con otra deuda (sistema condenado por el mismo señor Ministro), ó no pagar.
            El señor Ministro, en la necesidad de presentar algún plan de hacienda, en sustitución de éste de la moratoria que condenaba tan enérgica y terminantemente, ideó lo que se ha llamado el arreglo Romero-Rotschild. Dijo entonces: “que la Nación va á pagar en dinero sus deudas; pero la Nación Argentina no tien más que 1.500.000 libras que dedicar al pago de su deuda externa, y dentro de esa suma deben los acreedores tomar la parte que pueda corresponderles.” ¿Por qué dijo el señor ministro de Hacienda 1.500.000 libras? ¿Por qué no dijo 2.000.000 ó 1.000.000?
            Nunca se ha explicado una cifra redonda que probablemente parecería al señor Ministro bastante.
            Reunidos los banqueros, algunos de ellos rechazaron terminantemente la propuesta, y la rechazaron porque entendían que la Nación Argentina tiene con qué pagar sus deudas, y que esta cifra que daba el señor ministro de Hacienda, no era exacta.
            Esta fué la primera dificultad que encontró el arreglo.
El señor ministro de Hacienda se encerró en su cifra, se negó á aumentarla, y, después de muchas negociaciones, su sucesor accedió a un aumento de 64.000 libras más.
Esta cantidad no fué distribuída por el Gobierno de la Nación entre los acreedores, sino que fue entregada al comité Rotschild de Londres, para que hiciera la distribución el modo y forma que lo considerara conveniente.
En ese comité Rotschild, estaba la casa de Morgan, hoy día la más importante que existe en Londres, después de la disminución de la casa Baring, y que tiene los dos empréstitos de moratorias y de obras públicas. Está también el señor barón de Rotschild, cuyo único interés en nuestras cuestiones, es el interés en 1a liquidación del empréstito de obras de salubridad, que forma una parte del activo de Baring.
Estos señores, cuya influencia y autoridad fácilmente se comprende, fueron los encargados de hacer la repartición del 1.565.000 libras que la República había declarado
Ser lo único que podía dar á sus acreedores; y la repartición se hizo, en este caso, como en el caso de la fábula: estos señores, quia nominor leo, tomaron la mejor parte y la distribución se hizo en esta forma: Morgan tenía los empréstitos de moratorias y obras públicas, y exigió que se le pagara íntegramente, alegando como razón para esto, el privilegio que le daban sus contratos; convino, por último, en que se le pagaran 83 % al contado y 17 % en un certificado a cinco años, y el empréstito de 1885 del 5 %, 80 % al contado y 20 % en certificado pagadero en cuatro años.
De manera que, según el arreglo que se llama Romero-Rotschild, estos dos empréstitos gozan actualmente del 8º y 83 % al contado, más un 17 y 20 % pagaderos a los cinco años por un certificado.
El empréstito de obras de salubridad, no podía alegar privilegios pero era el protegido del señor Rotschild, y a ese empréstito se le dió el 80 % de renta.
Vinieron en seguida los otros empréstitos del Banco Nacional, ferrocarriles y puerto. Estos empréstitos no tenían quien los protegiera: eran del 5 % y tuvieron que contentarse con el 60 %.
            De manera que los empréstitos de 5 % tenían. 3 %, y los de 4 1/2 2, 70 %.
Esta distribución importaba el acto más arbitrario, y más injusto de la Nación Argentina para sus acreedores, y sólo tenía su explicación, diciendo que se había abierto en forma el concurso de la República Argentina, se había nombrado síndico al señor Rostchild, depositario de su activo al Banco de Londres, y se había distribuído ese activo con arreglo á la graduación de créditos, y sólo esa graduación de créditos y esos privilegios explican que á unos empréstitos se pague el todo de la renta, y á otros no se les pague sino el 60 %.
Pero hay algo más grave, señor Presidente.
Se dijo que este arreglo duraría cinco años, y que al cabo de éstos, se pagaría el servicio íntegro de su deuda; eso es lo que estaba estipulado.
De manera que en 1898, la Nación tiene que pagar, con arreglo á ese contrato, el servicio íntegro de su deuda. Pero, los acreedores no van á recibir el servicio íntegro. ¿Por qué no lo van á recibir? Porque el comité estipuló, con Morgan, que, del producido de la renta, de 1898, se dedujera primeramente lo que fuera necesario para el pago de los certificados dados á Morgan, y, segundo, que el saldo se distribuyera hasta donde alcanzara á los demás acreedores.
Se comprenderá fácilmente, señor Presidente, que los banqueros y acreedores que se vieron obligados á aceptar ese arreglo, á quienes se les hizo esta extorsión injustificable, se resintieran contra esta forma de pago. Y un señor inglés, que ha residido mucho tiempo en la República Argentina, y que ha demostrado más de una vez el gran afecto que conserva por este país, declaró en la reunión de acreedores que tenía el dolor de confesar que habían sufrido una extorsión injustificable y arbitraria por parte del Gobierno.
Este estado de cosas tenía que aguzar el ingenio de los banqueros, y buscaron la reparación de este agravio, y no sólo la reparación de este agravio, sino el medio de evitar que, en adelante, se repitiese.
Y aquí tiene el Senado el origen de lo que se llama el proyecto de unificación.
Ellos se dijeron: si hacemos que la Nación convierta todas sus deudas por una sola deuda de tipo igual y de igual privilegio, habremos destruído el proyecto Romero, que desaparece con el proyecto que hoy se presenta; que los que hoy reciben 2,70 % recibirán cuatro; los que reciben más, tendrán una prima; y, sobre todo, la deuda argentina tendrá el mismo privilegio del cupón moneda, y mañana no podrá decírsenos, cuando venga otra concordato, que hay deudas privilegiadas y otras que no lo son. Este es el origen del proyecto de unificación, éste es el origen de la cláusula del privilegio de aduana; y por eso se dice que, si se suprimiese esa cláusula, se destruye el proyecto. Indudablemente, se destruye el objeto principal del proyecto.
Por eso, señor Presidente, que, casi conjuntamente con el arreglo romero, nació el proyecto de unificación que el año pasado fué presentado nuevamente al señor ministro de Hacienda que entonces se desempeñaba el Ministerio, el cual fué rechazado: que este año se vió publicado en los diarios extranjeros que tienen relaciones y vinculaciones directas con los banqueros, y se explica cómo se ha querido extender este proyecto de unificación, á la solución de todas las cuestiones pendientes actualmente, como son las garantías de los ferrocarriles y el pago de las deudas provinciales.
Y si la Cámara apela á la memoria, recordará también que hubo un momento en que se dijo que este proyecto de unificación, iban á estar comprendidas hasta las cédulas de la provincia de Buenos Aires, que hoy día pesan dolorosamente en Alemania y Bélgica, con especialidad.
Por eso, en aquella época, hace algunos meses, se hablaba de un empréstito de unificación de cuatrocientos cincuenta á quinientos millones.
Se comprendió más tarde, que habría una gran resistencia en esto de nacionalizar la deuda del Banco Hipotecario de la Provincia, que se comprometía el éxito del proyecto mismo con exagerar estas cantidades, y entonces se retiró esa parte de las cédulas provinciales, y se redujo el proyecto á la unificación de la deuda nacional, al pago de deudas provinciales y á las garantías de ferrocarriles.
Estos son los antecedentes y los propósitos del proyecto; y con ellos entró la Comisión de Hacienda á estudiarlo. Comprendió que se había involucrado en un mismo proyecto, tres cosas completamente distintas por su naturaleza y con su relación con el erario nacional, cual era, en primer término, la deuda pública de la Nación, regida por contratos terminantes sobre los cuales no podía haber discusión, las garantías de ferrocarriles en los cuales hay reclamaciones recíprocas, entre las empresas y el Gobierno, que necesitan un estudio detenido, y, por último, las deudas provinciales, á las que es completamente ajena la Nación, y de las cuales sólo se puede ocupar por razones de equidad y de convivencia, que son cuestiones puramente de régimen interno. Creyó necesario separar estas tres cuestiones para dedicar á cada una de ellas un estudio que relacione su importancia con los intereses nacionales.
Se preguntó entonces, señor Presidente, ¿qué objeto se propone el señor ministro de Hacienda, al pedir autorización para convertir los títulos actuales de deuda nacional por otros títulos de otro interés?
¿Es su propósito hacer la conversión de manera que ni ganen ni pierdan los acreedores, ni gane ni pierda la Nación? Si este es su propósito ¿qué objeto hay de hacer este movimiento, esta gran manipulación de papeles, retirar unos para reemplazarlos por otros, y con ese solo objeto producir este manoseo del crédito nacional, esta alteración en los contratos existentes?
Absolutamente ninguno.
El único resultado que eso puede traer, es perjudicar la seriedad del manejo de la renta pública, y ocasionar á la Nación un gasto inútil, pues un gasto inútil y grande tiene que ocasionar una nueva. emisión de títulos.
Pero, si no es ni puede ser éste el propósito del señor Ministro, ¿cuál es? Debe ser, sin duda, conseguir alguna economía al erario nacional, á costa de un sacrificio por parte de nuestros acreedores, y este móvil lo rechaza terminantemente la Comisión.
Puedo afirmar aquí, que si hubiera por parte de la Comisión el propósito de entorpecer la acción de señor Ministro y colocarlo en una situación difícil, su consejo habría sido que se aprobase íntegramente el proyecto de la Cámara de Diputados, porque tiene la Comisión la firme convicción de que es un proyecto perfectamente impracticable.
¿Por qué el señor Ministro dijo, en el ano 92, que la Nación sólo tenía un millón quinientas mil libras para atender sus servicios? ¿No creyó, acaso, que nuestro deber era cumplir con sus acreedores y pagar las deudas, haciendo cualquier sacrificio para llegar á ese resultado?
            ¿No temió que el desenvolvimiento mismo de la Nación, viniera á demostrar el error de sus cálculos y colocar á la Nación en la falsa posición de un fallido que hace ocultación de bienes?         
            Y ese fué el resultado. En el mes de noviembre de 1892, el señor Ministro declaraba, a nombre del Gobierno argentino, que no tenía más que 1.500.000 libras para atender la deuda externa, y que no podía hacer honor a su firma íntegramente. Seis meses después, el Presidente de la República, al abrir las sesiones del Congreso, declaraba en su mensaje que las rentas de la Nación habían dejado veinticuatro millones de pesos, que estaban depositados en el Banco Nacional.
            Acaso no tuvo derecho entonces cualquier acreedor, de decir: “La República Argentina nos dijo en noviembre que no tenía con qué pagarnos sus deudas y nos impuso el arreglo Romero; seis meses después, viene á decirnos que le sobran veinticuatro millones de pesos; parte de esto que le sobra es lo que nos ha quitado.” Y hubiera dicho la verdad.
¿Cómo puede sostenerse hoy, señor Presidente, que la Nación Argentina no tenga cómo cumplir con compromisos, y que tenga necesidad de apelar á todos estos artificios, á todas estas combinaciones, á estas manipulaciones de papeles, para economizar un millón de pesos, más o menos, de su presupuesto anual ? No, señor Presidente; es que el señor Ministro no tiene fe en la fuerza productiva y poder de expansión de la República. En otros momentos muy difíciles y muy críticos, los hombres que estuvieron al frente de la administración no dudaron un instante de que todos los males que la afligían eran pasajeros, y que había de llegar un día en que pudiera hacer honor á todos sus compromisos, y el señor Ministro, hoy, en plena tranquilidad, amarrado dentro del puerto, en plena paz y abundancia., está pidiendo auxilio, está desconfiando del porvenir de la República y está creyendo que debe negociar con el crédito nacional, para ahorrar al tesoro un millón de pesos durante algunos años. (Aplausos.)
Esto es, señor Presidente, olvidar los precedentes de todos los grandes pueblos y olvidar los mismos honrosos precedentes de la República Argentina.
Me voy á permitir recordar á la honorable Cámara lo que otros pueblos han hecho en circunstancias mucho más difíciles, y lo que hicimos nosotros mismos en un momento crítico de nuestra historia.
Señor Presidente: me detendré poco en el ejemplo de la Francia; todo el mundo lo conoce. Después de una guerra desastrosa, por la que tuvo que pagar, no sólo los ingentes gastos que ella ocasionó, sino la enorme indemnización de mil millones de pesos oro, la Francia se encontró, al día siguiente de la derrota, con una deuda enormemente acrecida y con que tenía necesidad de reorganizar todo su poder militar. Era necesario pedirle al pueblo francés el esfuerzo más grande que haya hecho ninguna Nación en el mundo, y el Gobierno y el pueblo se pusieron decididamente á la obra patriótica; los impuestos se elevaron en poco tiempo en novecientos millones de francos; y gracias á ese sacrificio que el pueblo se impuso, la Francia atendió a todos sus compromisos, rehizo su poder militar y hoy se presenta imponiendo respeto á sus vencedores y al mundo entero.
En este momento no hubo una sola voz, ni en los poderes públicos, ni del pueblo francés que lanzara la idea ó indicara el propósito de tocar á un solo centavo de la deuda nacional. Se dirá acaso, que en esos pueblos de civilización tan avanzada, no brotan estas ideas que abundan en otros pueblos; como no crecen en terrenos muy cultivados ciertas hierbas dañinas que son propias de los terrenos incultos. La observación sería dolorosa para nosotros.
Pero quiero pasar al ejemplo de los Estados Unidos, que nos toca más de cerca.
El año 1861, la deuda pública de los Estados Unidos era de 90.500.000 dóllars; el año 1866, cinco años después, la deuda pública de los Estados Unidos, había subido a dóllars 2.774.000.000.
Ese pueblo acababa de hacer un esfuerzo colosal: había puesto en pie de guerra tres millones de hombres; había dejado quinientos mil en los campos de batalla; había visto paralizada su industria, arrasados sus campos, bloqueados sus puertos, y, al día siguiente., se encontró con todas esas ruinas que reparar y una inmensa deuda que pagar.
Se presentaron entonces muchos de estos proyectos; hubo quien dijo que era conveniente suspender el servicio de la deuda; otros, que debía pagarse en papel, en vez de oro; y el presidente Jonhson, entre los muchos errores que cometió, en un mensaje al Congreso Nacional, insinuó la posibilidad de suspender el pago de los intereses por algunos años y dedicar esas sumas á amortizar el capital.
A esa proposición contestó el Congreso con la siguiente declaración: “Que toda propuesta ó idea de repudiar todo o parte de la deuda nacional, era totalmente rechazada
por el Congreso de la Nación:” y este proyecto de declaración fué sancionado en el Senado por 43 votos contra 6, y en la Cámara de Diputados por 155 votos contra 5.
            Más tarde, se presentó otra moción en la Cámara para que se declarase que toda forma de repudiación era odiosa al pueblo americano, y fué sancionada sin divisiones, es decir, por unanimidad.
            En la plataforma del partido republicano, en la lucha presidencial de 1869, cuando el partido vencedor era dueño absoluto de los destinos de la Nación y no tenía que temer la oposición de otro partido, ni que halagar el sentimiento nacional, hacía, sin embargo, esta declaración: que cualquier forma o arreglo que importase disminuir las obligaciones contraídas con los acreedores de la Nación, era un crimen nacional, y que la deuda pública debía ser pagada con entera buena fe y con sujeción á los contratos y leyes nacionales; y con esta plataforma fué á la lucha y venció, obteniendo la inmensa mayoría del voto popular.
            El presidente Grant, elegido entonces, en su mensaje inaugural, decía lo siguiente:
            “Cuando sea conciencia universal que ningún individuo capaz de repudiar un solo centavo de nuestra deuda ha de merecer jamás los sufragios populares para puesto alguno, ese día nuestro crédito será lo que debe ser: el primero del mundo.”
La primera firma de ese Presidente fué al pie de la ley de 8 de marzo de 1869, que se intituló: “Ley para resguardar el crédito público”, y que manda que toda deuda pública sea pagada en su totalidad, en oro, ó como hubiera sido estipulado en su primitivo contrato. Esto fué lo que hizo ese Presidente y la política económica que siguió ese gran pueblo. El resultado de esa declaración se hizo sentir inmediatamente. Los títulos de 6 % de los Estados Unidos, habían bajado á 65%, y en pocos años, algunos de esos títulos, que no podían ser redimidos porque su contrato lo impedía, llegaron á 130, y todos los demás fueron convertidos por la Nación; la deuda quedó reducida al tipo de interés que hoy tiene, y el crédito de los Estados Unidos es hoy, si no el primero, como quería Grant, á la par del primero del mundo.
Así proceden los pueblos honrados, señor Presidente; no miden el sacrificio, no tratan de economizar dinero a costa de sus acreedores, y asé proceden los hombres que tienen la responsabilidad del honor y del crédito nacional.
Pero, felizmente para nosotros, señor Presidente, hay en la historia argentina, ejemplos y antecedentes que pueden colocarse al lado de éstos; y si ellos han sido un instante olvidados, tiempo tiene aún el Congreso Argentino para volver por la honra y el crédito nacional.
El año 1876, el 1 de octubre, vencía el cupón de la deuda extranjera en Londres. Las grandes dificultades que pesaban entonces sobre el Gobierno, habían hecho difícil procurarse las cien mil libras que necesitaba la Nación. Había habido necesidad de obtener dos leyes del Congreso y dos leyes de la  legislatura de la provincia de Buenos Aires, para poder realizar el empréstito ó préstamo de esas cien mil libreas que aún no habían sido enviadas á fines de septiembre.
            En medio de. esas dificultades, un diputado presentó á la Cámara., á que tenía el honor de pertenecer, un proyecto en que se declaraba sencillamente que quedaba suspendido el servicio de la deuda externa por un pequeño período. Ese proyecto fué leído y fué fundado, y el Presidente preguntó si había algún diputado que lo apoyase para pasarlo á la Comisión. Ni siquiera por espíritu de compañerismo, ni siquiera por cortesía hacia el diputado que había presentado el proyecto, hubo un voto que lo apoyara, y el proyecto tuvo que ser retirado.
            A esa proposición, contestó entonces el Presidente de la República, con aquella frase célebre, viril y valiente que revelaba todo un propósito y un plan económico. Y esa declaración del Presidente, y esa votación del Congreso, fué transmitida á Europa, y el 1° de octubre, sin que llegaran los fondos, porque no hubo tiempo, la casa Baring, dijo: Un país rico como la República Argentina, que tiene estos propósitos de honradez, tendrá siempre con qué pagar; y pagó el servicio de la deuda, y nuestros títulos, que habían llegado á 50 % y que se anunciaba que dentro de pocos días llegarían á 22, subieron inmediatamente; y pocos años después, cuando llegó al ministerio el señor Ministro que tiene la fortuna de llegar siempre cuando sale el sol después de la tormenta y cuando renace la paz y la abundancia, el señor Ministro se encontró con una Nación llena de crédito y riqueza.
Estas son las tradiciones argentinas; y me es muy doloroso decir que estas tradiciones se están olvidando; aquí tenernos al Congreso reunido para discutir si ahorra un millón de pesos en el servicio de la deuda.
La Comisión de Hacienda cree que lo único que corresponde, tratándose del pago de la deuda nacional, es cumplir religiosamente con sus contratos, haciendo caso omiso de todo cálculo que nos empequeñece: la dignidad nacional nos ordena que paguemos lo que debemos, tal como         lo hemos contratado, pues no tenemos el derecho de arrebatar, á quien nos entrego el producto de sus economías, ni un centavo de lo que nos hemos comprometido á devolverle.
Pero si, desgraciadamente, hubiera alguien para quien esta razón de dignidad no fuera bastante, para ese, y para ese únicamente la Comisión tiene otro argumento; á él le podía decir: no solamente es más digno, sino que es más conveniente.
Siente la Comisión tener que descender á la cuestión de números y empequeñecer este debate; pero como el argumento se ha hecho, quiero probar que no sólo es más digno y honroso, sino que es más económico.
Dije, incidentalmente, que si hubiera mala voluntad en la Comisión para con el señor ministro de Hacienda, y el deseo de colocarlo en una situación difícil, el consejo sería que se aprobara el proyecto sancionado por la Cámara de Diputados, pues creo que ese proyecto es impracticable, como voy a tratar de demostrarlo.
El señor ministro de Hacienda nos ha pedido 380.000.000 de pesos de 4 % para realizar varias operaciones que están detalladas y separadas en su proyecto. Una de esas operaciones es el pago de las garantías de ferrocarriles, para la cual asigna la suma de 35.000.000.
La Comisión no necesita detenerse en esta parte del proyecto, porque á esta suma ha contestado con cifras detalladas el señor ministro del Interior, y en un trabajo muy meritorio, después de una discusión prolongada con los acreedores por garantías, ha presentado el resultado de sus esfuerzos, y de él se desprende que, con 35.000.000, no se pueden arreglar las garantías nacionales; se necesitan, por lo menos, 43.000.000, deduciendo de los 50 millones de su proyecto, la suma que se pide pare prolongaciones y demás que no estén comprendidas en éste. De manera que, si el Senado votara el proyecto del señor ministro de Hacienda, la obra del señor ministro del Interior quedaba destruída, porque nunca podría cumplir los compromisos que ha contraído ad referendum con algunas compañías y lo que necesita para arreglar con los demás, con la suma que el señor Ministro de Hacienda ha establecido.
Cuando la Comisión entró á calcular este proyecto, en el que el señor ministro de Hacienda ofrecía convertir pesos 222.000.000 de 6, 5 y 4 y medio % , con 230.000.000 de 4%, se encontró con que, por sus cálculos los resultados eran completamente distintos, y, temiendo sufrir algún error, la Comisión solicitó del señor ministro de Hacienda tuviera la bondad de facilitarle los que él debía haber hecho para fijar esa suma.
Debo declarar que, con gran sorpresa, el señor ministro de Hacienda contestó que no había hecho cálculo alguno, que no tenía contrato ni compromiso con los banqueros; y que esa suma de 230.000.000, la había calculado aproximativamente.
La Comisión pidió entonces á la Contaduría General, que calculara, cuánto importaba el servicio definitivo y total de los empréstitos actuales, y cuánto importaba el servicio definitivo y total de los 230.000.000 que propone el señor ministro de Hacienda, y la Contaduría informó, concluyendo, en los siguientes términos:
“Para terminar con lo referente á la primera pregunta, se hace la siguiente operación: costo del empréstito de 230.000.000 millones, según pormenores dados en el párrafo anterior, 511.019.750 pesos. Costo de los catorce empréstitos, según los contratos actuales, 495.219.000 pesos; diferencia en contra del empréstito de unificación, 15.800.000.” Es decir, que, en definitiva, la Nación pierde, con los 230.000.000 del empréstito del señor Ministro, 15.800.000.
Pero, como he dicho, esa cifra de 230.000.000 está equivocada, tendrá que ser mucho mayor; pues jamás podrá el señor Ministro convertir los empréstitos actuales con 230.000.000 de 4%.
A la Contaduría no podía escapársele esto, y agrega este párrafo: “Esta. diferencia está explicada., si se tiene en cuenta que la postergación del plazo obliga á un mayor desembolso de intereses sobre la misma, y ella aumentaría mucho más, si no fuera que la compensación de los títulos actuales de 222.000.000, con sólo 230.000.000 que propone el señor Ministro, es apenas la cuarta parte de lo que proporcionalmente corresponde.”
Y tenia razón la Contaduría.
Pero la Comisión ha tornado en cuenta otro elemento de cálculo, y es que el señor Ministro propone títulos de mayor garantía., y por consiguiente, al proponer un título de mayor garantía, debe disminuirse la prima. Y, entonces, en vez de 32.000.000 que es el cálculo de la Contaduría, la Comisión ha reducido á 21 millones 900.000 pesos, que, sumados á los 222.600.000 de la deuda actual, hacen la cifra de 244.500.000, que será lo menos que necesite el señor Ministro para convertir su deuda; y entonces, la diferencia entre la deuda y una nueva deuda de 244.500.000 de 4%, con arreglo á los cálculos de la Contaduría, es de 54.000.000 de pesos contra el erario, en los cuarenta años.
De manera que, considerada económicamente la propuesta del señor Ministro, el resultado definitivo es: que por economizar un millón en los próximos años, grava á la Nación, en definitiva, con 54.000.000.
Excusado es decir que no vale la pena de perder el crédito de la Nación para 1legar á este resultado.
Teniendo en consideración todo lo que dejo expuesto, la Comisión no podía trepidar; tenía que aconsejar al honorable Senado que rechazara el proyecto del señor Ministro y procediera inmediatamente al pago de la deuda pública, tal cual ha sido pactada, tal como corresponde, haciendo honor a la firma de la Nación, puesta al pie de los contratos respectivos.
Debo agregar que no es sólo mas económico, por las cifras que acabo de enunciar, sino que será también económico en otro sentido. No se pueden hacer estas grandes operaciones de empréstitos sin ciertos gastos; los banqueros no van á emitir 240.000.000 en títulos, ni á recogerlos del público y cambiarlos por nuevos, sin cobrar alguna comisión.
Estos nuevos títulos impondrán nuevos gastos, nuevos derechos de timbre; en fin, será necesario invertir una suma que no sé si calcular en 1 ó 2 por ciento, porque no tengo base para hacerlo.
Economizar, señor Presidente, no quiere decir no gastar, sino no malgastar. Estos tres, cuatro ó cinco millones de pesos oro, que la Nación va á tener que gastar en pago de comisiones y gastos del nuevo empréstito, se pueden ahorrar, y ya tendría el señor Ministro, con esta suma, cómo atender el mayor servicio durante varios anos.
Pero, yo le diría al señor Ministro que esa plata le servirá para otra cosa, otra deuda que él ha olvidado. En este proyecto de conversión que discutimos, no se dice una palabra de esas 500.000 libras de certificados de 1% que existen en la Bolsa de Londres, y que han sido dados en pago del saldo del servicio de dos empréstitos. Hoy existen cuatrocientas y tantaa mil libras en certificados de 1%. Esos certificados, como lo dije antes, deben pagarse con la diferencia que hay entre el servicio actual y el de la deuda que hará la Nación el año 98, según el arreglo Romero. Como con este proyecto todo desaparece, yo le pregunto al señor Ministro con qué va á pagar los dos millones de pesos de certificados del año 98, si se realizó esta conversión el año próximo. En ninguna parte del proyecto existe, y debo creer que el señor Ministro lo ha olvidado.
Por eso la Comisión cree que esos cuatro millones que iba á malgastar en comisiones y gastos de un nuevo empréstito, le servirán para pagar los certificados que están en la Bolsa de Londres.
Creo, señor Presidente, con lo expuesto, haber demostrado que el servicio de la renta que se debe, sin combinaciones y sin arreglo, sin manipulaciones de papel, es lo que corresponde á la dignidad nacional; y creo haber demostrado que es también lo que conviene en definitiva al Tesoro de la Nación. Y después de estos argumentos, con que he fundado el proyecto de la Comisión y he rebatido el del Poder Ejecutivo, en lo que se refiere al pago de la deuda, pasaré á la parte referente á los ferrocarriles; no me voy a detener mucho.
El ministro del Interior, á nombre del Poder Ejecutivo, ha elevado un proyecto, que está á estudio de las comisiones del Senado; es un proyecto perfectamente detallado, por el que el Congreso Nacional podrá darse cuenta de lo que el Poder Ejecutivo pretende con la autorización que solicita. Tiene la inmensa ventaja, sobre el del señor ministro de Hacienda, de que no solicita autorización sin límite para hacer y deshacer en esa materia lo que crea conveniente, para arreglar en cualquier forma que parezca equitativa al Poder Ejecutivo, sino que propone hacer arreglos en forma clara y precisa, y somete todos sus detalles al juicio del Congreso Nacional.
Es evidente que no podemos ocuparnos de discutir garantías de ferrocarriles en este proyecto, que no trae base ni detalle de ninguna clase, cuando tenemos para mañana la discusión de ese otro; y es evidente que no podemos votar los 35.000.000 que nos pide el ministro de Hacienda, porque, votarlos, sería rechazar de antemano el proyecto del ministro del Interior, que no tenemos derecho de rechazar sin estudiarlo, porque allí se nos pide 50 millones como necesarios para su realización. De manera que, consultando las dos opiniones del mismo Poder Ejecutivo, creo que en esta parte no puede el Congreso votar este proyecto, ni puede el ministro de Hacienda sostenerlo.
En cuanto á las deudas provinciales, hay aquí, señor Presidente, dos cuestiones.
Una de precedentes y otra de equidad y conveniencia.
Como precedentes, es indispensable que quede establecido que la Nación no es, en manera alguna, responsable de las deudas que pueden contraer las provincias, en ejercicio de derechos propios y ajenos á la autoridad nacional, y que aquellos que contratan con las provincial, lo hacen bajo la responsabilidad exclusiva de cada una de ellas.
Si la Nación fuera hoy á llamar á los acreedores de las provincias, á abrogarse el conocimiento de las cuestiones que ellas tienen con sus acreedores y tratar directamente con estos, dejaría establecido que la Nación es parte en las cuestiones entre los acreedores provinciales y Gobiernos de provincia.
Pero una vez salvado este principio y este precedente, queda una cuestión de equidad.
La mayor parte del producido de los empréstitos contraídos por las provincias, ha sido entregada a la Nación, en cambio de papeles que se han despreciado, y no es justo que las provincias soporten solas esta sobrecarga; el hecho es cierto, es una razón  muy atendible. Y hay otra razón de conveniencia nacional. La falta de pago de esas deudas está pesando sobre el crédito nacional, porque no es posible exigir que los tenedores de títulos de deuda   provincial externa conozcan tan bien nuestro mecanismo institucional para que puedan deslindar la responsabilidad provincial y la nacional.
Por equidad y conveniencia propia, la Nación debe, pues, auxiliar a las provincias con lo necesario para salvar sus compromisos.
El error fundamental del procedimiento que se ha seguido, es el haber el ministro de Hacienda entrado en relación directa con los acreedores de las provincias.
La Comisión cree que cada provincia. debe arreglar sus intereses con los acreedores, y que estos arreglos se aprobarán por el Poder Ejecutivo, porque desde que la Nación va á contribuir con su dinero, es natural que los encuentre conformes y justos, y una vez que los haya aprobado, entregar á las provincial, en títulos, las sumas necesarias para cumplirlos.
La Comisión cree que esta forma es la que consulta mejor el interés del momento, que arreglar esta deuda y los intereses permanentes; no dejar un precedente que pueda invocarse mañana contra la Nación, con motivo deudas provinciales.
Ahora se dirá que hay dos leyes que ordenan esto, más ó menos. Es cierto. Pero esas dos leyes no han sido bastante detalladas, han sido simplemente autoritativas, y ha bastado la mala voluntad de alguna de las partes que intervienen para que no se ejecuten.
La Comisión cree que ha llegado el momento de establecer claramente la forma en que estos arreglos deben hacerse, y establecer para todas las provincias la misma base, de manera que no pueda decirse que unas son más favorecidas que otras.
La Comisión cree que lo que necesitan las provincias es que la Nación les anticipe los fondos necesarios para salir de sus compromisos; fondos que podrán devolver en más o menos tiempo.
Esta es la razón por la cual la Comisión ha separado esta partida de las deudas provinciales, haciendo un nuevo proyecto.
El tercer proyecto es una consecuencia de los anteriores.
El señor ministro del Interior declara que necesita cincuenta millones para arreglar las garantías de los ferrocarriles, y el señor ministro de Hacienda, que se necesitan ochenta y cinco millones pare arreglar las deudas provinciales. Aunque esta suma no ha podido ser confrontada por la Comisión de Hacienda, porque le faltan los datos, el Congreso debe dictar la ley poniendo esta cantidad á la disposición del Poder Ejecutivo, y por este proyecto se le autoriza para emitir los 135.000.000 que necesita para los objetos designados.
Con esto habría terminado, por mi parte, la exposición sobre los proyectos de la Comisión, las razones en que se funda y las observaciones que tiene que hacer al proyecto del señor Ministro; pero creo, sin embargo, que no debe terminar aquí, y me permitirá el honorable Senado que salga, tal vez, del círculo de las atribuciones de la Comisión de Hacienda é invada cuestiones reservadas á otras comisiones.
Sucede hoy un hecho completamente anormal, sumamente perjudicial y que habla muy poco en favor del orden con que se manejan nuestras finanzas.        
Estamos discutiendo aquí un proyecto que afecta la renta y la deuda nacional; es decir, según el cual se va á determinar el monto de los servicios de nuestra deuda; la Comisión de presupuesto del honorable Senado, tiene, á su estudio las leyes de impuestos internos; en la Cámara de Diputados se está discutiendo, por la Comisión, el presupuesto general, y otra Comisión tiene las leyes de aduana.
De manera., que se está discutiendo la renta en una parte, la deuda en otra y los gastos en otra, como si todo esto no tuviera vinculaciones y relaciones íntimas, no tuviera necesidad de estar perfectamente coordinado y combinado para formar el plan general de finanzas nacionales.
La situación actual es un inmenso desorden que tiene que traer gran confusión. Cuando la Comisión sostiene que debe pagarse el total de los servicios de la deuda nacional, se le puede preguntar: ¿se ha dado cuenta de la influencia que eso puede ejercer sobre la economía general del presupuesto y de los recursos de la Nación? Y la pregunta sería perfectamente acertada.
La Comisión ha querido darse cuenta de esa situación general, y debe mostrar someramente á la Cámara -porque no puede ni debe entrar en detalles-, cómo ella entiende que dentro de los recursos disponibles de la Nación, hay cómo atender con holgura a todo el servicio de nuestra deuda, á todos nuestros egresos ordinarios y á todos los gastos extraordinarios decretados.
El señor Ministro elevó á la honorable Cámara el presupuesto de los gastos generales de la Nación, y en él vienen incluídos los gastos extraordinarios que está haciendo en estos momentos, en cumplimiento de leyes del Congreso. La Comisión de Hacienda reputa que hay en esto un error fundamental, no se puede incluir en el presupuesto ordinario de la Nación los gastos extraordinarios que hoy día se hacen, que son forzosamente pasajeros, ni se puede pretender que con las rentas ordinarias se paguen esos gastos extraordinarios.
En todas partes del mundo, cuando se ordena un gasto extraordinario, fuera de toda previsión y de carácter pasajero, se provee, al mismo tiempo, los recursos necesarios para atenderlo, so pena de producir un desequilibrio completo en todo el plan económico, que tiene que traer consecuencias funestas.
La Comisión de presupuesto de la honorable Cámara de Diputados, tengo entendido, ha comprendido inmediatamente este error y ha formulado un proyecto de presupuesto ordinario y otro extraordinario, incluyendo en el primero todos los gastos ordinarios de la Nación, y en el segundo, cinco millones de pesos oro y tres millones de pesos papel, en que el señor Ministro estimaba los gastos extraordinarios.
Según la Comisión de Hacienda lo entiende, todas las rentas ordinarias de la Nación, deben destinarse á cubrir los gastos ordinarios de la misma, y para los gastos extraordinarios, debe arbitrarse un recurso extraordinario; lo tiene el señor Ministro sobre la mesa de trabajo, y no sé si lo ha visto ó no ha querido verlo.
Con estos antecedentes, señor Presidente, la Comisión se hace este cálculo: los recursos ordinarios de la Nación, según el presupuesto que está ante la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Diputados, son los siguientes: Impuestos: $ 40.000.000 papel, más 31.450.000 pesos oro, que, a 330, son 143.765.000 pesos: -y gastos ordinarios 80.000.000 de pesos papel, más 15.500.000 de oro, que, á 330, importan 54.250.000 moneda nacional, resultando un sobrante de 11.135.000. De manera, señor Presidente, que, aplicando todas las rentas de la Nación al pago de los gastos ordinarios de la misma, le queda un sobrante de 11.135.000 pesos.
Excuso decir que éstas son cifras aproximativas, grosso modo, porque la Comisión de Hacienda no tiene los antecedentes ni la misión de estudiarlas detenidamente: hay otros señores diputados y senadores muy competentes, que presentarán en oportunidad y detenidamente estos cálculos.
Pues bien, con estos 11.000.000 de sobrante, encontrará el señor Ministro, aun suponiendo que en los años venideros no se aumenten los impuestos en un solo centavo, ni aumente su producido por el progreso natural del país, tendrá sobradamente con qué atender al mayor gasto inmediato por servicio de la deuda y podrá también destinar una suma importante al fondo de reserva, que le servirá para muchas cosas: para amortizar su deuda, para poder fijar algún día el valor del papel, y, sobre todo, para tener una cantidad en depósito, de reserva, que una Nación necesita siempre tener, como un barco necesita tener lastre, porque le da más estabilidad y mejor gobierno.
Se preguntará ahora, ¿con qué se pagan los gastos extraordinarios?
He manifestado que estos recursos los tiene el señor Ministro sobre su mesa, y voy á decir cuáles son.
El señor Ministro ha recibido en estos días el informe del Banco Nacional en liquidación, y, resumiendo las cifras de este informe, resulta lo siguiente: que en el próximo semestre se amortizarán todos los títulos dados por pagos de deudas personales, y entonces, el Banco Nacional tendrá 43.000.000 de letras, cuyo servicio se hace regularmente: 25.000.000 de pesos en propiedades, algunas de las cuales está vendiendo con utilidad, y sesenta y tantos millones de letras protestadas, de las cuales espera sacar el 30 %, por lo menos. Es decir, que en un tiempo más ó menos corto podrá tener á disposición del señor Ministro muchos millones de pesos. 
De manera, señor Presidente, que, una vez amortizados los títulos particulares, amortización que se puede anticipar con una pequeña operación comercial, el señor Ministro puede pedirle al Banco Nacional, á cuenta de los      grandes depósitos de la Tesorería, 35.000.000 de títulos, que, colocados ó dados en garantía al tipo de 90%, producirían 31.500.000 pesos, suma que es mucho mayor que la que ha pedido en el presupuesto extraordinario para el año próximo, y que le servirá para pagar, no sólo los gastos que haga ese año por las leyes del Congreso, sino las deudas que está contrayendo con todos los banqueros dentro y fuera del país.
Con estas explicaciones la Comisión ha terminado su cometido, y, resumiendo, podré decir: que la Nación tiene recursos sobrados para cumplir leal y honradamente sus
compromisos; que tiene recursos para atender á todos los gastos extraordinarios que el pueblo ha exigido; pero que aun suponiendo el caso en que esos recursos faltaran, debe tenerse presente que, cuando el pueblo argentino ha venido á este Congreso y le ha impuesto la obligación de hacer gastos enormes para prepararlo á cualquiera eventualidad, no ha pretendido jamás decir: que lo pagará con el dinero de nuestros acreedores, sino con su dinero propio, á costa de cualquier sacrificio que está dispuesto á aceptar para dejar ileso el honor nacional. (Aplausos en la barra).
Por consiguiente, si faltara un peso mañana para atender al cumplimiento de esas leyes ó al servicio de la deuda externa, ahí está el pueblo argentino para pagarlo por medio del impuesto que sea necesario. (Grandes aplausos).
Lo único que falta es tener un poco más de confianza, un poco más de fe en el porvenir de este país; y creo que un pueblo joven como la República Argentina, tiene fuerza y potencia bastantes para salvarse de cualquiera dificultad, y que, en años muy breves, llegará un momento en que no se comprenderá cómo es que el Congreso Argentino se detuvo a discutir, durante largos días, si tendría, en tiempo más o menos próximo, un millón de pesos para atender a su deuda externa. Hará entonces el mismo efecto que nos hace hoy cuando vemos que en el año 76, fué necesario ocurrir á leyes del Congreso, á los Bancos de la Provincia y á la legislatura provincial, para obtener 100.000 libras esterlinas que el señor Ministro puede obtener mañana ocurriendo á cualquier Banco.
No, señor Presidente; en muy pocos años, si sigue la época de paz, de prosperidad que hoy día nos sonríe, la República Argentina tendrá, no sólo cómo hacer el servicio de la deuda, sino cómo amortizarla rápidamente, y podremos decir entonces, como el presidente Grant: “El crédito de la República Argentina debe estar, si no el primero, á la par del primero en América, y este porvenir sólo se consigue cumpliendo leal y honradamente con las leyes y contratos que hemos firmado”.

He dicho. (Prolongados aplausos.)

 

11 de junio de 1906.

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CARTA AL DR. ÁNGEL FLORO COSTA.

CUESTIONES ECONÓMICAS.

Las producciones del doctor Costa. Verdad con que comienza su último libro. Los empíricos y los científicos. Necesidad de una enquéte. Su facilidad en Europa. Crítica de la propuesta por el doctor Costa y de su proyecto de emisión é impuestos. El proteccionismo industrial y el libre cambio en Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Industrias artificiales y naturales. La industria azucarera en la República. La vinícola. Ventajas obtenidas por su protección y causas de la crisis. Lo que habría pasado sin esa protección. Necesidad de esa protección. Su historia en la República. La ley monetaria de 1899. Su análisis y fundamentos. E1 proyecto de unificación. Antecedentes. Crítica de los argumentos que se le opusieron. Historia y consecuencias de dicho proyecto. Situación sobrevenida por su rechazo. La emisión garantida con hipoteca. El fondo de la pipa.

Buenos Aires, junio de 1902.

Señor doctor don Ángel Floro Costa.

Montevideo.

Mi estimado doctor Costa:
Cumpliendo la promesa que le hice al acusar recibo del ejemplar de su ultimo libro La cuestión económica en las Repúblicas del Plata1, voy á llenar su deseo estudiando las ideas y planes económicos que usted presenta, y la crítica que hace de varios proyectos y ley es en que cooperé, aprovechando para ello la hospitalidad que me ofrece la ilustrada Dirección de esta revista.
He admirado siempre en usted la constancia, la laboriosidad, la fecundidad con que se ha ocupado de nuestras cuestiones económicas. Hay en las producciones de su inteligencia toda la exuberancia de vida de la vegetación tropical, y sus libros, como al bosque misionero, hay que penetrarlos tronchando lianas y enredaderas, para abrirse una senda y poder descubrir, admirar y aprovechar todas las bellezas y riquezas que encierra.
Como mi exposición tiene que ser breve, para no abusar del espacio que se me brinda, voy á entrar sin más preámbulo á juzgar sus proyectos y críticas económicas.

Empieza usted por afirmar la necesidad de que, en materias económicas, la ciencia prime sobre el empirismo, afirmación que ha podido hacer extensiva á toda otra materia, sin provocar disputa. Encierra, sin duda, una gran verdad y produce buen efecto, encontrarla en las primeras páginas de un libro, porque, si lo que sigue ha de ser de igual mérito, puede uno desde ya prometerse una lectura, por lo menos, sana y provechosa.
            Aplicando esta verdad á todos los que nos hemos ocupado en estos mundos de cuestiones económicas, usted nos clasifica y divide en dos categorías netamente determinadas: empíricos y científicos; y haciendo á un lado, desde el primer momento, toda gala de falsa modestia, que estaría fuera de lugar cuando se quiere sinceramente remediar los graves males que nos aquejan, usted declara que los científicos son usted y los que aceptan sus ideas, y los empíricos todos los demás.
Como una consecuencia, usted afirma que la desgracia de estas Repúblicas es no haber tenido un Turgot argentino ó uruguayo, para organizar su hacienda y construir los cimientos graníticos de su prosperidad duradera. Admito la verdad de esta afirmación, pero sólo respecto á la República Argentina. La República del Uruguay sería injusta si lanzara igual queja. Verdad es que nadie es profeta en su tierra, y debe ser ésta la explicación de por qué la República Oriental no organiza definitivamente su Hacienda y la asienta sobre bases graníticas, cuando le sería tan fácil hacerlo.
Observo que, con una persistencia que le honra, y que demuestra lo arraigado de sus convicciones, usted vuelve a insistir sobre la necesidad de una enquéte, que propuso hace algunos años en varios artículos publicados en nuestra prensa. Usted asegura que no hay ni puede haber fundamento científico para una solución, si no se apoya en ésta enquéte, y tacha de empíricos á todos los que algo han proyectado ó propuesto, sin esa base tan necesaria é imprescindible.
No conozco quien se haya opuesto ó declarado innecesarias estas investigaciones, tan usuales en las grandes Naciones, que son nuestros modelos, aunque tan poco resultado práctico hayan dado, pero sí creo que usted está sufriendo una pequeña confusión, y su proyecto de enquéte me revela que usted no se ha dado cuenta exacta del modo, forma y objeto de aquellas grandes investigaciones ejecutivas ó parlamentarias.
Ellas exigen, en primer lugar, gran competencia en los que investigan ó reúnen datos y antecedentes, en los que, contestan, es decir, en los que deben proporcionar esos datos y antecedentes. Esto es fácil en Europa , donde hay tanto especialista en cualquier materia, donde hay corporaciones ó centros para todos los ramos de la actividad social, donde las ciencias, las artes, el comercio y la industria tienen sus órganos autorizados y competentes; pero no es tan fácil entre nosotros, como lo ha demostrado más de una vez nuestra propia experiencia.
            Además, una enquéte se refiere siempre á algo limitado y bien definido, lo que es necesario para concretar tanto las preguntas como las respuestas y evitar divagaciones y complicaciones. Así, las últimas investigaciones parlamentarias en Inglaterra han sido: sobre las causas que afectan el comercio exterior de la Inglaterra ó sobre la cuestión monetaria en la India. En Francia: sobre el mejor régimen de los alcoholes ó sobre el estado de la educación secundaria; y entre nosotros: sobre el estado de nuestra industria agrícola y ganadera, ó sobre los efectos de la ley de alcoholes con relación á la industria, al consumo y al fisco. Todas éstas son cuestiones perfectamente definidas y concretas que determina el objeto preciso de la investigación.
            Usted se aparta de estas prácticas tan lógicas y tan juiciosas, y nos propone una enquéte que debe abrazar toda la cuestión económica como prenotado de la cuestión de Hacienda y de la solución financiera.
¡Toda la cuestión económica abarca la industria, el comercio, la moneda,     el sistema bancario, el régimen económico, las leyes de impuesto y presupuesto, la inmigración, la colonización, las riquezas naturales, la. mar y sus arenas!           
            Usted propone para dirigir esta enquéte un jurado presidido por los generales Roca y Mitre, del que serán miembros natos todos los ex presidentes de la República, y vocales varios ciudadanos distinguidos como el general Gelly y Obes, el general Victorica, etc. Me permitirá que le observe que, como areópago político, esta comisión sería notable é insuperable por la composición; pero como comisión investigadora de cuestiones y problemas económicos, es por lo menos, original.
            Su enquéte tiene otras particularidades que hacen dudar sobre su verdadero objetivo. Usted manifiesta que no deben recibirse informaciones y declaraciones orales, como se hacen en otros países, y que deben ceñirse á la forma escrita, para cortarle el revesino á los oradores, mostrando así una evidente parcialidad por los escribidores, que también suelen ser temibles.
Pero, las demás bases nos dan la clave de todas estas originalidades y anomalías. Usted agrega que los trabajos, no las declaraciones ó informes, deberán presentarse dentro de tres meses, y se asignarán tres premios, de 30.000 pesos y medalla de oro el primero; 10.000 y medalla de plata el segundo, y 5.000 y diploma el tercero.
¡Acabáramos!, lo que usted desea no es una enquéte ó investigación como las que se decretan en las grandes Naciones, sino un concurso oficial para la presentación de un especifico ó trabajo científico sobre la cuestión económica, y medio de curar la crisis actual, con premios en dinero para los elegidos, que serán adjudicados por un areópago de campanillas, formado por todas las eminencias políticas y militares del país.
Debo confesar que la idea no es de las más científicas, pero también comprendo que no siempre se ha de trabajar para el rey de Prusia, y que es justo que la persistencia y la laboriosidad hallen algún día su recompensa.
Pero, aunque esta enquéte, con premios, no se lleve á cabo, no todo se habrá perdido. Los empíricos no tendremos, en verdad, base científica en qué apoyarnos, y nos veremos obligados á seguir con nuestro empirismo; pero, felizmente, quedan científicos que no necesitan de estas enquétes para conocer y remediar el mal, y cuando ellos son generosos y desprendidos como usted, doctor Costa, no esperan el premio para ofrecernos el específico de su invención, remedio infalible de todos nuestros males.
Su proyecto destinado á dar una solución científica á nuestra crisis económica, ni ha necesitado una enquéte previa, ni puede ser más sencillo: una emisión de cien millones de billetes inconvertibles y doce impuestos nuevos.
Es usted admirable. En dos capítulos largos, pero sencillos, rien dans les mains, rien dans les poches, nos elimina, sin dolor, esta muela picada que se llama crisis económica y que tanto nos ha molestado.
Y nosotros, pobres empíricos, que creíamos habernos excedido en las emisiones de papel inconvertible, y que este exceso era la. causa de su depreciación, ¡pensar que alguien llegó hasta proponer que se quemara una buena parte, y que ahora resulta que lo que nos hace falta es mucho más papel, y que si éste está depreciado con una circulación de 300 millones, el medio de apreciarlo es agregarle 100.000.000 más! ¡La verdad que sólo a empíricos como nosotros puede ocurrírsenos que la moneda de papel sea como el vino, que cuanto más agua se le agregue más flojo resulta!
            En cuanto á los doce impuestos nuevos quo usted propone, sería cuestión de alarmarse, si ya no estuviéramos curados de estas amenazas, y el buen público las ve surgir con cierta indiferencia, sin duda, porque, cuando uno está mojado hasta los huesos, un aguacero más poco empeora el mal.
Debo confesarle, mi estimado doctor Costa, que, á tal punto llegaba mi ignorancia, que hasta hoy había creído que estos dos remedios, que usted nos presenta como última palabra. de la ciencia, eran, por el contrario, la fórmula más acabada y precisa del empirismo económico; creía, firmemente, en mi ingenuidad, que las emisiones y la multiplicidad de impuestos eran recursos condenados en absoluto por la ciencia económica, y que no hay ejemplo de que Nación alguna haya recurrido á esos recursos extremos, sino en medio de las angustias de una guerra ó de una profunda crisis política.
Permítame que le diga, que, aunque el jurado haya sido designado de antemano per usted, juzgo muy arriesgado que usted presente su proyecto al concurso, pues creo que hasta sus amigos, los Generales, le van á echar bolilla negra.  
            Entraré ahora á examinar la crítica que usted hace de algunas ideas y proyectos económicos que he patrocinado.
Empieza usted por atribuirme, como primer cargo, el campeonato del proteccionismo industrial, que asegura he aprendido en la escuela del ilustre doctor López. Por lo pronto, la escuela me honra. Ignoro en cuál adquirió usted las ideas económicas que profesa, pero dudo mucho que ofrezca mayores garantías que la del ilustre estadista, que los que nos dedicamos a estudios económicos, entre nosotros, nos honramos en llamar maestro.
Esto de atacar el proteccionismo y afectar principios de libre cambio, es una manía de todos los dilettanti, de todos los aficionados á digresiones, informaciones, ó floreos económicos, de todos los que se entretienen, entre nosotros, en discutir teorías, sin la más mínima preocupación, sobre los resultados de su aplicación práctica, como lo demuestra el que jamás hayan propuesto la fórmula        de aplicación de esas teorías.  
Muchas veces me he preguntado, ¿qué es lo que entenderán hoy estos estadistas por libre cambio, en oposición a proteccionismo; de qué manera aplicarían sus teorías á nuestra legislación aduanera, por ejemplo? Lo ignoro, y, probablemente, ellos también. 
Permítame ahora, doctor Costa, que le haga esta afirmación y que se la pruebe. No hay en el mundo, hoy día, un solo estadista serio que sea libre-cambista, en el sentido en que aquí entienden esta teoría. Hoy, todas las Naciones son proteccionistas, y diré algo más, siempre lo han sido y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política.
El proteccionismo industrial puede hacerse práctico de muchos maneras, de las cuales, las leyes de aduana son sólo una, aunque, sin duda, la más eficaz, la más generalizada y la más importante. El libre cambio mismo, tal como lo inició Inglaterra, lejos de ser la negación del principio de protección, fué, por el contrario, una forma de protección, la más hábil y la más eficaz que pudo idear el genio económico de Cobden.
Cuando la aplicación del vapor á la industria vino á consagrar la supremacía industrial de la Inglaterra, cuando ya ninguna otra Nación podía producir más barato ó mejor que ella, llegó el momento en que la Inglaterra podía desafiar, con ventaja, la competencia del mundo entero, dentro ó fuera de su territorio, segura de vencer en la lucha. Era el caballero armado de todas las piezas, que, cubierto de acero, podía, impunemente, chocar con las turbas mal armadas de sus rivales.
Cobden comprendió que, ante el inmenso desarrollo que podía tomar la. industria manufacturera inglesa, haciéndola proveedora del mundo entero, la importancia de la industria agrícola era mínima: que el pan barato significaba el trabajo barato, es decir, el producto barato, y que lo que a la Inglaterra convenía era sacrificar los intereses de sus agricultores para proteger sus enormes intereses industriales; y que podía impunemente abrir sus mercados á todos los productos extranjeros que no podrían
competir con los principales productos propios, para inducir ó exigir que se abrieran los mercados extranjeros á los productos ingleses. La reforma económica que inició la liga de Manchester, empezó por la libre introducción de cereales y concluyó por el free trade más completo, reformando radicalmente las leyes aduaneras, las de navegación y de comercio. Fué, pues, un movimiento esencial y fundamentalmente protector de la industria inglesa y los maravillosos resultados que produjo, dándole á la Inglaterra la supremacía industrial del mundo, son los que han afirmado el genio económico de Cobden y sus partidarios.
La habilidad de esos estadistas consistió en haber presentado esa reforma, no como un medio de favorecer y extender la industria inglesa, sino como una gran conquista de la ciencia, del progreso y de la libertad aplicable a todas las Naciones. Cobden sabía bien que no bastaba que la Inglaterra fuese partidaria del libre cambio, para que éste diera los resultados apetecidos, y que era indispensable que las demás Naciones proclamaran las nuevas teorías y abrieran sus mercados, para que pudieran penetrar y dominar los productos ingleses, y conseguir esto fué el segundo y gran triunfo de ese eminente estadista.
La única Nación que podía en esa época imitar á la Inglaterra, era la Francia, no sólo por su progreso industrial en general, sino porque había muchos ramos de producción en los que Nación alguna podía luchar con el producto francés. Cobden emprendió entonces la tarea de atraer á la Francia á sus propósitos, y luchando con paciencia y constancia, aprovechando las vinculaciones políticas creadas por la guerra de Crimea, ayudado por economistas franceses, entusiastas por las nuevas teorías, como Chevalier y otros, concluyó por convencer al Emperador, quien se incorporó al movimiento en momento oportuno y ventajoso para la industria francesa. El genio francés, expansivo y propagandista, puso en este caso, como en otros tantos, alas á las nuevas ideas, que se esparcieron por el mundo, seduciendo con su etiqueta libre cambio á escritores y estudiantes. Todos sufrimos allá, en nuestra juventud, esa influencia, y algunos, como usted, doctor Costa, no se han curado aún de la inoculación,  á pesar de los numerosos años transcurridos.
Pero, esta teoría, por brillante y seductora que fuera, no alcanzó á seducir á todo el mundo, y estadistas sesudos como lo son los yankees, desconfiaron de los griegos y de sus generosidades, y cerraron su mercado interno al producto inglés, á fin de que pudiera nacer y prosperar la industria propia.
Los entusiastas libre-cambistas han ido año por año decreciendo; todas las grandes Naciones europeas comprendieron que hacían el juego de la Inglaterra en daño  propio; la Francia misma, modificada su situación interna por los impuestos que ocasionó la guerra, reaccionó, y la Europa entera, dirigida por sus más grandes estadistas, desde Bismarck y Cavour, hasta Meline y Crispi, se hizo proteccionista, y proteccionistas se hicieron las colonias inglesas, y queda hoy sólo la Inglaterra, quien, perdida ya su posición dominante, se está batiendo en retirada, convencida de que tendrá pronto que proteger en alguna otra forma su industria amenazada.
Todas las Naciones protegen, pues, el trabajo nacional; y no puede ser de otra manera, porque el trabajo es la riqueza y la riqueza es el poder y el engrandecimiento en todos sentidos y en la competencia universal es lógico que cada país trate de asegurar, en primer término, para su industria, su propio mercado interno antes de buscar el mercado ajeno.
La protección, por otra parte, no es un fin, sino un medio. Protección implica debilidad pues sólo se protege á los débiles. Ella debe aplicarse á las industrias necesarias mientras crecen, se desarrollan y no pueden resistir la competencia de otras más antiguas ó favorecidas, pero cesa cuando ha conseguido su objeto.
Así, los Estados Unidos, protegiendo su industria metalúrgica, impusieron fuertes derechos sobre los aceros extranjeros para evitar que la Inglaterra viniera á ahogarla en su cuna, pero hoy, que, gracias á esa protección, ha llegado á tal perfección que puede producir la tonelada de acero á un costo de 25 % menor que cualquier otra Nación, ha desaparecido la protección, porque su industria, robusta, no la necesita ya.
Lo mismo ha sucedido entre nosotros. Hasta 1875, los trigos y harinas de Estados Unidos y Chile, que llenaban nuestro mercado, impedían el desarrollo de nuestra agricultura, que, atrasada y desacreditada, no podía luchar con el producto extranjero. Vinieron las leyes que gravaron las harinas y los trigos, y, apenas se sintió protegida y alentada, en pocos años la agricultura se desarrolló y alcanzó la importancia que hoy tiene, favorecida por condiciones excepcionales de tierra y clima. Hoy nadie piensa en protegerla, porque no lo necesita.
No hay, pues, estadista que pueda combatir la protección en principio. Las declamaciones contra el proteccionismo en general, que se oyen de vez en cuando, son simples elucubraciones de genios que ni han estudiado, ni han meditado, ni saben á ciencia cierta lo que quieren.
Ahora, que la protección á la industria, como la protección á la infancia, como todas las protecciones, tiene su límite, es una verdad prudhomesca, y es evidente que el abuso de la protección, como todo abuso, tiene que ser perjudicial. Se explica entonces que se discuta el modo, forma y amplitud de esa protección, que haya disidencia sobre cuáles son las industrias que merecen ser protegidas, en qué forma y dentro de qué límites; pero éstas son cuestiones que no pueden ser estudiadas ni discutidas en tesis general, sino detalladamente y en cada caso.
            Entre nosotros, donde la frase ha hecho escuela y sirve  para suplir la vaciedad del pensamiento, y ahorrar el esfuerzo del estudio, se ha inventado una en esta materia como en tantas otras. Los anti-proteccionistas combaten las industrias artificiales. Esta frase, como. todas las demás, no tiene sentido propio, ó es más bien un contrasentido, que cada uno la entiende á su modo.
¿Cuáles son industrias artificiales y cuáles son industrias naturales? Se verían, sin duda, en un serio aprieto para determinarlas.
Algunos entienden por industrial naturales aquellas en que el elemento principal de producción es la Naturaleza misma y en que el trabajo del hombre es sólo factor secundario, y comprenden, principalmente, la agricultura y la ganadería. Son, indudablemente, las dos industrias fundamentales, las mamas que dan alimento á toda Nación joven. Pero el período de lactancia de una Nación no puede durar indefinidamente, y la agricultura y la ganadería no pueden bastar para el desarrollo económico de un pueblo que desee alcanzar una posición espectable. Somos, incuestionablemente, hoy, con relación a nuestra población, uno de los pueblos más importantes como ganadero y agricultor, y, sin embargo, es evidente que si no tuviéramos más productos que consumir ó exportar que nuestros cereales y despojos animales, y tuviéramos que pedir á la industria ajena todos los demás indispensables para satisfacer nuestras necesidades, nuestra situación económica sería bien pobre y triste.
La ganadería, y especialmente la agricultura, son industrias precarias que, si pueden ofrecer gran abundancia en ciertos años, están expuestas a producir miserias en cualquier momento. Los pueblos exclusivamente agricultores, como ciertas comarcas de la India y de la Rusia, pasan terribles períodos, en que la pérdida de sus cosechas los diezma por hambre. En nuestra corta experiencia, ya varias veces ha tenido que apelarse al auxilio oficial, para procurar á los agricultores hasta la semilla, sin la cual hubieran tenido que perecer ó emigrar.
Una Nación, en el concepto moderno, no puede apoyarse exclusivamente en la ganadería y la agricultura, cuyos productos no dependen sólo de la actividad ó de la habilidad del hombre, sino, y en gran parte, de la acción caprichosa de la Naturaleza. No hay ni puede haber gran Nación, si no es Nación industrial, que sepa transformar la inteligencia y actividad de su población en valores y en riqueza, por medio de las artes mecánicas. La República Argentina, debe aspirar á ser algo más que la inmensa granja de la Europa, y su verdadero poder no consiste ni consistirá en el número de sus cañones y sus corazas, sino en su poder económico. Los Estados Unidos tenían sólo un ejército de 25.000 hombres y una escuadra insignificante, pero tenían en potencia todos los ejércitos y las escuadras que fueran necesarios pare mantener su prestigio, como lo probaron cuando llegó el momento.
¿Cuáles son, pues, esas industrial artificiales? Ha habido quien critique la protección prestada a grandes industrias, como la azucarera en el Norte, ó la vinícola en Cuyo, y difícilmente puede darse industrias más naturales que esas. Veamos lo que hay de justicia en esos ataques.
Las provincias del Norte, no pueden, por su clima y su suelo, ser ganaderas, no pueden cultivar cereales; lo único que se puede cultivar allí son productos subtropicales, la caña de azúcar, el tabaco, el arroz, y de éstos, el que ofrece mayores ventajas es la caña, que produce un artículo valiosísimo y de primera necesidad. Proteger y favorecer el desarrollo de esa industria era una necesidad indiscutible, pues ella sola podía dar vida y movimiento a cuatro provincias y aumentar en sumas considerables la riqueza nacional.
La protección vino, pues, y sus efectos fueron tan inmediatos, que, en pocos años, esas provincias presentaron productos elaborados por un valor de más de 30.000.000 de pesos anuales, llenaron todas las necesidades del consumo interno, dieron movimiento y vida á los ferrocarriles y trabajo á 40.000 obreros, el precio del azúcar inferior al que regía cuando no había industria y consumíamos el producto extranjero, y el Tesoro recibió muchos millones por impuestos internos.
Pero llegó un momento en que su misma prosperidad engendró una crisis. El entusiasmo industrial se apoderó de aquellas poblaciones, todos quisieron ser fabricantes ó cañeros, y Tucumán, como honrosa excepción en nuestra República, y tal vez en América, vió á su elemento joven y viril abandonar la vida de la ciudad, desdeñar el empleo sedentario sin aliciente y sin porvenir, y dedicarse al trabajo en la tierra ó en la usina, formándose allí un poderoso núcleo de grandes industriales y cultivadores argentinos, con capital argentino, que han hecho de esa pequeña provincia una de las más importantes y ricas de la República.
Toda industria próspera está y estará siempre amenazada de un peligro, nacido de su misma prosperidad, y es excederse en la producción, provocando una crisis, que, aunque dolorosa, es, sin embargo, una de las de más fácil curación, pues no afecta las fuentes mismas de la riqueza, y desaparece por la eliminación, ya sea por medios combinados o por selección natural.
Pero esta crisis de la industria azucarera del Norte, no es debida sólo á una imprudencia de aquellos industriales que se excedieron, sino, y en gran parte, á otra causa que la hecho más extensa, generalizándola y afectando todas las industrias que hoy sufren y se ven contenidas en su desarrollo.
E1 proceso económico de una Nación tiene que ser proporcional y armónico en todos sentidos. El crecimiento industrial, sobre todo en aquellos ramos destinados a pro-
veer al consumo interno, tiene que ser proporcional al crecimiento de la población. Si por cualquier razón el crecimiento de la población se detiene, y el progreso industrial continúa, el desequilibrio se produce inmediatamente por exceso de producción. Es eso lo que ha sucedido entre nosotros en el último decenio. Las cuestiones internacionales, la paz armada, las discordias internas, las crisis financiera y monetaria, la funesta teoría de la inmigración espontánea, las calamidades de la Naturaleza, todo contribuyó á detener el aumento de nuestra población en la proporción en que venía creciendo; y, entretanto, la industria continuó su desarrollo, favorecido hasta por la misma depreciación de la moneda, y llegó el momento en que la producción desbordó el consumo, y todo aquello que no pudo encontrar salida al exterior inundó el mercado.           
            Lo que llevo dicho sobre esta industria azucarera en el Norte, puede aplicarse a la vinícola en Cuyo, una de las industrias más nobles y que encuentra en aquellas provincias uno de los puntos más privilegiados del Oeste para su crecimiento. Sufre, también, á la par de las demás, pero todos estos males son pasajeros; el equilibrio se ha de restablecer y con él renacerá la prosperidad.
Es pues, una ligereza acusar á la protección de haber fomentado estas industrias, cuando ellas son la prueba palpable de los ventajosos resultados del sistema. Que se hayan cometido errores y abusos, es natural y forzoso; todos necesitamos de la experiencia propia, puesto que la ajena nunca aprovecha, y los que nunca se equivocan ni abusan, sólo son los inertes y los impotentes, puesto que no puede haber creado algo imperfecto quien nada ha creado.
Pero hay, además, un problema que ignoro si ustedes se lo han planteado y cómo lo resuelven. Me inclino á creer que no se han preocupado de él, porque nunca se preocupan de los resultados prácticos de sus teorías, limitándose sólo á criticar los efectos de las teorías ajenas, que les ofrecen alguna basa aparente.
Si no hubiera existido la protección, es evidente que ni la industria azucarera ni la vinícola, ni menos las fabriles, hubieran podido desarrollarse. El vino francés o italiano, el azúcar brasilero ó alemán, hubieran inundado la plaza y ahogado toda tentativa. Estaríamos hoy como hace veinticinco años, consumiendo azúcar, vinos y licores, y multitud de artículos extranjeros, es decir, productos por valor de cerca de 100.000.000 de pesos anuales. Estos millones, en vez de figurar, como figuran hoy, en nuestro activo, porque es riqueza producida por nosotros, desaparecerían de allí para pasar a nuestro pasivo, a nuestra deuda con el exterior. ¿Con qué pagaríamos esta deuda? Usted sabe bien que uno de los principios fundamentales, y elementales á la vez, de la ciencia. económica es que los productos sólo se pagan con productos, ¿con qué pagaríamos esos 100.000.000 más de productos ajenos, teniendo al mismo tiempo 100.000.000 menos de productos propios? ¿No ve usted apuntar, con esta simple enunciación, el desequilibrio y la crisis, cien veces más terrible que los que hoy soportamos?
Está muy generalizarla, entre nosotros, la tendencia á sólo dar importancia á los productos de exportación, y medir por ellos, exclusivamente, la riqueza nacional. Hay gente que cree que industria que no exporta no es industria que merezca mencionarse, ignorando que el consumo interno puede ser más importante que el consumo externo, y que en muchas Naciones, los Estados Unidos en primer término, el comercio interior es mucho más importante que el exterior.
Si fuera posible establecer hoy el valor de todos los productos de la industria fabril en la Argentina, se presentarían cifras que dejarían absortos á todos los que participan de sus teorías, pues, comparadas con ellas, resultarían ridículamente insignificantes algunos productos de que el sentimiento general está enamorado, 1legando hasta una verdadera obsesión, como la exportación de hacienda en pie, per ejemplo.
La protección á todas las industrias llamadas á transformar y valorizar las materias primas que produce nuestro suelo, á aquellas que no requieren gran capital y dan empleo á tantos brazos que no pueden emplearse exclusivamente de ganadería ó agricultura, es algo más que una conveniencia, es una necesidad, es condición indispensable de prosperidad y de progreso     nacional.
En principio, pues, la protección industrial es indiscutible y ya indiscutida, aunque en su aplicación práctica, en las leyes de impuestos ú otras, se hayan cometido errores ó abusos. Hay que tener en cuenta la manera como se ha aplicado. Fuera de Avellaneda, ninguno de nuestros Presidentes se ha preocupado de la política económica; muy raro es el ministro de Hacienda que la haya tenido propia. La aplicación de las teorías proteccionistas se inició en el Congreso, y fué apoyada contra la propaganda tenaz de la prensa metropolitana por una especie de intuición, más que por un estudio reflexivo de la mayoría. Librada así a la iniciativa parlamentaria, no ha obedecido a un plan determinado, y en muchos casos se ha debido á una votación apresurada de última hora. Pero todo esto no afecta el principio, sino su aplicación, y no puede dar base á un ataque en general, sino en detalle. Es indudable que la protección, para regularizarse y depurarse entre nosotros, necesita que un Dingley ó un Mackinley argentino se dedique al estudio detenido de cada industria y cada artículo, y presente su código de aduana, precisa y prolijamente meditado y combinado.
Fuera de estas razones, hay otras que se aplican especialmente a los países cuyo crecimiento y progreso depende, principalmente, de la inmigración. Es evidente que no
todos los inmigrantes son agricultores, que hay muchos brazos y de los más inteligentes, que exigen otro género de ocupación que sólo la industria puede ofrecer; es necesario fomentar esa inmigración con seguridades de mayor bienestar, es decir, con mayores salarios, y éstos sólo pueden ofrecerlos las industrias protegidas. Fué eso lo que comprendieron, desde el primer momento, los Estados Unidos, y el pueblo todo aceptó gustoso el gravamen que importaba el proteccionismo, para fomentar esa inmigración de obreros é industriales que han labrado la grandeza actual de la Unión Norteamericana.
Pasemos ahora á otro de los problemas económicos de que usted se ocupa: la ley monetaria últimamente sancionada, que fija un valor legal á nuestro papel moneda; ley que, como era de esperar, usted califica de empírica, y condena severamente en nombre de la ciencia.          
Permítame, sin intención ni alcance de ofensa, que le manifieste una profunda convicción que abrigo, y es que usted, como muchos de los que la atacan, ni cuando se votó, ni aun hoy mismo, la han comprendido bien, es decir, no se dieron ni se han dado aún exacta cuenta del problema que se trató de resolver, ni de la eficacia del medio propuesto.
La moneda de curso forzoso era un hecho y un mal indiscutible. Las rápidas y frecuentes oscilaciones eran la amenaza continua del comercio y de la industria; no hay cálculo comercial ó industrial posible, cuando la base del cálculo es variable; en una palabra, sufríamos en el más alto grado todos los males conocidos é inherentes a este régimen monetario.
Lo que el comercio y la industria anhelaban en esta situación, ya que la supresión inmediata y radical del curso forzoso era imposible, era que se tratara de contener ó limitar, hasta donde fuera posible, esas oscilaciones ruinosas; en una palabra, lo que le interesaba era, no precisamente que el peso papel valiera 100, 50 ó 40 centavos oro, sino que cualquier valor que se estableciera tuviera fijeza, es decir, que fuera el mismo hoy, mañana ó dentro de un año.
Contener ó disminuir las oscilaciones en el valor de la moneda corriente, mientras se reunían los medios de llegar á una conversión definitiva, que haría desaparecer el curso forzoso, lo que sólo podía conseguirse por el trabajo y la economía, como lo afirmé al defender la ley en el Senado, fué, pues, el propósito declarado de la ley monetaria de 1899.
Ahora bien, esa ley ha sido sometida a una doble y decisiva prueba: la práctica y el juicio crítico de las más altas autoridades científicas; y hoy podemos decirlo con satisfacción los que la defendimos contra tantos científicos, que la ciencia y la experiencia han venido á consagrar su excelencia y eficacia.
Lorini, cuya reputación como economista y cuyo valor científico no necesita encomios, porque goza de fama europea, especialista en problemas y cuestiones monetarias, que vino aquí expresamente á estudiar nuestras cuestiones económicas, que ha hecho de nuestro problema monetario el estudio más completo, más prolijo, más científico que jamás se haya intentado, bajo su triple aspecto teórico, histórico y práctico, Lorini, en su última obra, cuya lectura le recomiendo porque le será muy provechosa, declara (pág. 199) : “que la ley 3.871 de 1899, es la primera sanción argentina, que, con sujeción á las verdades teóricas y á las circunstancias ambientes, merece el título de “ley monetaria”; declara que merece su completa aprobación, y agrega que “aun cuando se haya destruido el fondo de conversión, aun cuando hayan vuelto al pago de impuestos al tipo del día, y quede sólo el esqueleto de 44 : 100, ese esqueleto basta, si un ukase no viene á destruirlo para amoldar el nuevo sistema monetario que la Argentina debe necesariamente fundar por su propia economía”; y termina (pág. 209), diciendo: “que, si se salva al menos el principio de esa ley, la República habrá adelantado en el camino que le queda á recorrer, y fuera del cual no hallará salud en materia de buena moneda.”
                Como fallo científico, creo que, sin ofender á nadie, puedo oponer éste á todos los que, con más, menos o ninguna competencia, han juzgado esa ley, que usted puede continuar calificando de empírica, si en ello encuentra placer.
            Un hombre, por competente y respetado que sea, es   falible y su fallo puede ser errado; pero hay otro juez que no se equivoca, al que no se le puede engañar ni confundir, y es el tiempo, en el cual se realiza el ensayo práctico de la verdad teórica. Van tres años que esa ley se ensaya, años de los más peligrosos y difíciles para leyes de esta naturaleza, tres años de crisis comercial é industrial, de pestes, de zozobras y de amenazas de guerra: y bien, ¿qué resultado ha producido la ley? ¿qué dice la experiencia? ¿se ha conseguido, si ó no, el propósito de limitar las oscilaciones de la moneda? Dejo á su conciencia y á la de cualquier lector la respuesta.
Esa experiencia ha venido á convertir á casi todos los que de buena fe la combatieron. El comercio y los Bancos, á quienes halagaba la baja, no podían mirar con simpatía una ley que la contenía, y le fueron decididamente contrarios. Pero, cuando experimentaron sus efectos, cuando vieron las oscilaciones contenidas entre muy estrechos límites, fijos y constantes los impuestos de aduana, libres de las zozobras é intranquilidades que esas fluctuaciones les ocasionaban, empezaron entonces á volver de sus primeras impresiones, y hoy toda la banca y casi todo el alto comercio son partidarios decididos de esa ley, cuyos benéficos efectos han experimentado.   
En Europa mismo, toda la alta banca y el comercio que tiene relación con nosotros, era contrario al principio de la ley o dudaban de su eficacia: casi toda la prensa la combatió, con exclusión de la revista El Economista Europeo, dirigida por Edmond Therry, que ha tratado con tanta competencia la cuestión monetaria de casi todas las Naciones, y que, desde el primer momento, apoyó nuestra ley y predijo los benéficos resultados de su aplicación. Pues bien cuando dos años más tarde visitaba á esos banqueros, todos ellos declaraban que se habían equivocado y reconocían que era, fuera de duda, la ley económica que había dado mejores y más inmediatos resultados.
Creo que, ante este doble fallo de la ciencia y la experiencia, estoy excusado de entrar a rebatir sus argumentos y reabrir una discusión teórica ya cerrada.
Permítame sí, que proteste contra una herejía económica que usted y algún otro me hacen decir por haber comprendido mal mis argumentos. Tratando una cuestión constitucional, no económica, y probando la facultad del Congreso para fijar un valor al peso papel, dije que esa facultad emanaba de la misma soberanía, que era el soberano quien fijaba el valor legal de la moneda, que era el sello del Estado lo que le daba carácter de moneda, que un disco de metal ó una tira de papel impreso, podrían tener ó no tener valor intrínseco, pero nunca tendrían valor ó función de moneda sin la sanción legal. Por eso, cuando decía que el Estado fijaba el valor relativo de la moneda, dije expresamente valor legal. Usted ha confundido valor legal con valor comercial ó de cambio, que son dos cosas distintas. La ley fija el primero, y el mercado el segundo. Nuestra ley, dice: el peso papel vale 44 centavos de peso oro, y ese es el valor legal; y la Bolsa dice: el peso vale hoy 13 centavos, y ese es el valor comercial. Cuatro monedas de cinco francos tienen por la ley francesa el mismo valor legal que una moneda de oro de 20 francos; pero el valor intrínseco y comercial es muy distinto. Hubiera, pues, dicho una herejía, si hubiera sostenido que la ley podía fijar el valor comercial de una moneda ó de cualquier otra mercadería; pero, felizmente, no he incurrido en ese desliz.
Usted y otros opositores protestan aun contra el despojo, creen que la ley ha disminuido algún valor real ó destruido alguna riqueza. En materia de teorías y verdades económicas, están todavía á principios del siglo XVIII y parecen no haber leído ni siquiera á Adam Smith. Creen que, aumentando ó disminuyendo la medida. legal, se aumenta ó disminuye la cosa medida, es decir, que si la ley dijera que el metro, en adelante, no tendrá sino 800 milímetros, quedaría disminuida en una quinta parte la extensión territorial de la República, ó que si la ley hubiera fijado en 88 centavos oro, en vez de 44, el valor del peso, el país sería más rico.           
            Todo esto no es serio. Es indudable que hay acreedores ó tenedores de papel á quienes les sería muy agradable que su crédito se valorizase por esfuerzo ajeno, hasta que se convirtiera en oro; podrían decir entonces, con verdad, que la fortuna les vino durmiendo; peso dudo mucho que participaran de igual placer los deudores, particulares ó Gobierno, que verían convertirse su deuda á papel en deuda en oro. No, como lo afirma con verdad Lorini, ésta es una cuestión de equidad, pues no hay acreedor alguno á papel, hoy, que haya creído ó supuesto jamás, de buena fe, que se le pagaría á oro ó que tenía un derecho,            más o menos remoto, á que se le pagara en oro. Todo eso de bancarrota, falta de fe pública, etc., son simples frases de efecto que sólo revelan, para el lector competente, la falta de razón científica ó práctica, ó falta de conocimiento en la materia.
En cuanto al Fondo de conversión, que en dos años llegó á la respetable suma de 12.000.000, y que en dos ó tres años más hubiera bastado para asegurar la conversión efectiva, ha desaparecido; pero es sólo un accidente previsto ya cuando se votó la ley, y que sólo importa demorar por algunos años la conversión definitiva.. No se puede pedir á un Gobierno, que en esas materias no tiene convicción propia y que obra por sugestión extraña en un sentido ú otro, que persista en un pensamiento ó propósito y que no destruya hoy lo que hizo ayer; pero, á pesar de eso, hay ciertos actos que son indestructibles por su naturaleza, y entre ellos está la. fijación de un valor en oro al peso
papel. Aunque la ley fuera derogada por un ukase, como dice Lorini, el 44:100 renacería algún día, en alguna forma ú otra, y, á la verdad, esa derogación sería la prueba final de la bondad de la ley, por los efectos inmediatos que       produciría, no sólo en las relaciones comerciales, sino, y especialmente, con relación á la agricultura y ganadería.      Concluída su crítica á la ley monetaria del 99, tenía    forzosamente que venir en seguida la crítica del proyecto de unificación de deudas externas. Respecto de este proyecto, usted, como tantos otros que lo han atacado, incurre en el mismo error de crítica que cometieron con respecto á la ley monetaria.
Lo primero que se debe estudiar al juzgar un acto legislativo, es el objeto que se propone y si ese objeto se considera benéfico y aceptable, si los medios son apropiados y eficaces al fin propuesto.
¿Con qué motivo y con qué propósito se combinó el proyecto de unificación? Parece que usted creyera que proyectos de esa naturaleza son sólo combinaciones de imaginación y habilidad que ocupan los ocios de un Ministro, simples trabajos de aficionado que pueden tener ó no sanción, sin modificar, en uno ú otro caso, la situación económica.
Esta manera de encarar este proyecto demuestra que no se ha dado cuenta de su objetivo y de su necesidad, que ha quedado evidentemente demostrada por los hechos subsiguientes.
Permítame, pues, que le plantee el problema que había que resolver en una forma ú otra.
Cuando la actual administración se recibió del Gobierno, una crisis y calamidades repetidas durante diez años habían detenido el progreso económico del país, la paz armada nos había impuesto gastos extraordinarios, que alcanzaban á cerca de 100.000.000, habíamos tenido que liquidar extravagancias pasadas, y la consolidación de las garantías de ferrocarriles y deudas provinciales habían aumentado nuestra deuda externa en otros 100.000.000; habíamos tenido que concluir obras de vital importancia y crecido costo, como el Puerto de la capital, el de Bahía Blanca, y, por último, vencía el plazo de la moratoria y teníamos que atender al servicio de amortización de la deuda. Resultado: un recargo gravoso de impuestos, un presupuesto crecido en el que el servicio de la deuda absorbía el 45 % de la renta, y una deuda flotante exigible a corto plazo de más 60.000.000 de pesos, y, como consecuencia forzosa y manifiesta, un Gobierno agobiado bajo el peso de enormes cargos, condenado á la inmovilidad y á la esterilidad,  expuesto en cualquier momento á una bancarrota desastrosa, y el país soportando los efectos de estas angustias financieras.
Había que buscar un medio pare salir de esta situación, porque, aun cuando existe entre nosotros toda una escuela que tiene por lema el dolce far niente, y dejar que obre la Naturaleza, el caso era apurado; había que pagar y no había con qué.
Se propuso el estanco. Como era de suponerse, fué combatido por esa escuela y quedó desechado. El sindicato de banqueros que lo propuso se ha de haber felicitado más de una vez de ese rechazo, y tiene mucho que agradecer á los opositores, pues hechos posteriores han demostrado que había calculado exageradamente el producto del estanco, no había dado a la fabricación clandestina toda la importancia que tenía. Ese sindicato ofrecía al Gobierno 40.000.000 oro, en efectivo, para cancelar toda la deuda flotante, el dinero para el pago de las fábricas que fuera necesario expropiar, y proponían cubrir todas estas sumas con el sólo producido del estanco, ofreciendo vender el alcohol al consumo sobre la base del impuesto de un peso litro que hoy paga.
La oposición venció, el proyecto fué rechazado porque sí, y hubo que buscar otro medio para evitar el naufragio.           
Se acudió entonces al más fácil -en apariencia- un empréstito de 30.000.000. Pero, á los que votaron, les pasó lo que al mono de la linterna mágica, no se apercibieron de que no había luz, es decir, crédito, y faltando éste es muy fácil votar empréstitos, pero muy difícil realizarlos. Fracasó también, como tenía que fracasar.
En estas circunstancias se hizo cargo del Ministerio señor Berduc, quien conocía bien la situación financiera, por su actuación en la Cámara de Diputados. Comprendió desde el primer momento que era necesario: 1°, convertir la deuda flotante en deuda á largo plazo, para que un gasto enorme y extraordinario no pesara sobre los recursos de unos cuantos años; 2.°, disminuir el   presupuesto de gastos, empezando por la partida de servicio de las deudas, para tener así un exceso de renta, sin aumentar los impuestos, que destinar á obras de progreso nacional.
Era todo un plan de finanzas, perfectamente razonado y calculado. Nadie ha intentado atacarlo o criticarlo, porque no ofrecía flanco alguno a la crítica.     
Pero, ¿cómo se realizaba? Esa era la cuestión.
De aquí surgió el proyecto de unificación. La idea no era nueva, ya había sido propuesta por el ministro Romero; pero aquella unificación encerraba y se basaba en una quita, es decir, una quiebra y concordato que la Nación no podía aceptar, y por eso fué combatida, oponiéndosele la idea del pago íntegro pare salvar ileso el crédito nacional.
La realización del proyecto de unificación del ministro Berduc, necesitó un trabajo previo de muchos meses para levantar el crédito argentino hasta el nivel absolutamente necesario para poderlo realizar: reunir un sindicato tan poderoso que asegurase por sí solo el éxito de la operación, y obtener una propuesta firme para convertir la deuda flotante.
Todo esto se consiguió con paciente esfuerzo. El crédito argentino llegó a alturas que jamás había conocido, muy superior al de toda otra República americana. Que este crédito era sólido, y no un simple artificio como aquí se pretendió, lo prueba, no sólo el hecho de que la suba era uniforme en todos los grandes mercados de Europa, sino que el sindicato nos tomaba á firme, desde el primer momento, 5 millones de 4 %, al tipo de 75 %; jamás la República había realizado un empréstito á un tipo parecido. Nuestro presupuesto quedaba reducido, en la sola partida de servicio de deuda, en 5.000.000 de pesos oro en los dos primeros años, y un poco menos en los siguientes; nos quedaban disponibles en Europa, para cualquier eventualidad, 25.000.000 de pesos en títulos de 4 %, y, por último, la Nación realizaba con esta operación, durante el tiempo necesario para su amortización total, una economía ó utilidad de cerca de 80.000.000.
Hubiéramos podido, pues, con este plan, vernos libres de esta enorme deuda flotante que aplasta y paraliza toda acción administrativa; hubiéramos podido disponer de 5.000.000 de pesos oro anuales, rebajados al servicio de la deuda para fomentar la inmigración y las grandes empresas de progreso nacional; hubiéramos tenido recursos importantes para cualquier emergencia; hubiéramos, por fin, regularizado radicalmente nuestras finanzas, y todo esto sin aumentar en un solo peso los impuestos y sin tocar el Fondo de conversión, que continuará creciendo.
Todo esto fué destruido por una oposición política y por una cobardía cívica.
Los argumentos que entonces se hicieron han quedado hoy en el más pleno ridículo. Los señores Noceti y Aubone, improvisaron unos cálculos fantásticos, que el doctor Terry, en su conferencia, aseguró, con cómica gravedad, haber confrontado y encontrado exactos, y de los cuales resultaba no sé qué cantidad fabulosa de millones perdidos para el país, que el vulgo tradujo por ganados por el sindicato. Se les advirtió entonces que las bases de sus cálculos eran errados, pero fué imposible convencerlos. Hoy los cálculos han sido hechos por las primeras autoridades en materia de contabilidad, dentro y fuera del país; el absurdo de aquellas cifras ha sido demostrado aritméticamente, y ha quedado probado, como lo afirmamos los defensores del plan, que la Nación realizaba en esta operación una gran utilidad.
Pero en cambio de ese proyecto rechazado, ¿qué nos han ofrecido los opositores? ¿cómo han resuelto el problema que pesaba sobre el Tesoro? De ninguna manera, representaban sólo ideas y propósitos negativos, destructores é infecundos.
Han tenido que aumentar los impuestos en sumas considerables, han despojado al Banco de la Nación de parte de su capital, dejándole en cambio un vale, imitando así las operaciones que hicieron célebre al Banco Hipotecario de la Provincia, han distraído y gastado estérilmente el fondo de conversión, han gravado la crisis y dejado el Tesoro y las finanzas de la Nación en peor situación que antes, sin que asome una esperanza de reacción, estando, por el contrario, amenazados de nuevos impuestos, para cubrir el déficit enorme del próximo presupuesto.
Hoy, más que nunca, estoy, pues, convencido de que, al prestar mi apoyo decidido á aquel proyecto, serví los más fundamentales intereses de mi país, y me siento dolorido al. contemplar los ruinosos efectos de su rechazo.
Dije antes que esa oposición había sido puramente política, y esta es la verdad, que tal vez usted ignore, como la mayor parte del público. Conviene explicarla, porque ella ha producido una de las evoluciones políticas más originales que yo conozca.    
Los primeros ataques que aparecieron en nuestra prensa contra el plan, fueron debidos, no á lo que consideran malo ó ineficaz, sino á todo lo contrario. Lo he oído de boca de uno de los más sagaces y más importantes de los opositores. Él reconocía que ese plan realizado tendría por resultado sanear el estado de las finanzas y crear una situación holgada al Tesoro, lo que importaría afianzar el Gobierno del general Roca, que luchaba bajo el peso de una angustiosa situación financiera. Había allí una razón política confesada por parte de los que buscaban el fracaso de la Presidencia, que los inducía á combatir por todos los medios ese proyecto.
La oposición fué iniciada pues, con un fin puramente político, á medida que adelantaba iba recogiendo prosélitos, ya entre aquellos que atacaban por razones personales, ya entre la masa opositora contraria, por tendencia, á todo acto ó plan oficial. Hubo, sin duda, muchos opositores de buena fe, más ó menos ingenuos, como el
actual ministro de Hacienda, señor Avellaneda, que aún palidece de ira cuando habla de ese funesto plan de unificación, que odia sin saber bien por qué, pues no lo comprendió ni entonces ni después ni ahora.
            El venticello aquel de que el sindicato iba á lucrar en sumas fabulosas sumas fabulosas, hizo fácil presa de la muchedumbre, y la situación se fué preparando hasta el punto de hacer posible una manifestación tumultuosa contra el Presidente y los que sosteníamos el proyecto. Conocemos hoy todos detalles de su organización, quién la dirigió, con qué elementos y cómo supieron disfrazarla de manifestación de estudiantes, que, seguramente, no sospechaban el papel que se les hacía desempeñar.
Se produjo así la asonada de julio próximo pasado, en que las turbas populares tomaban parte en la discusión de problemas financieros difíciles de comprender, aun para las clases ilustradas. El hecho no es nuevo ni único, y su absurdidad lo explica la pasión política. Acabamos de presenciar algo parecido en Portugal, pero como allá hay  un Gobierno que tiene conciencia de lo que propone, supo hacer respetar el Congreso y hacer comprender á las turbas que ellas no deliberan ni gobiernan, y que las fuerzas  policiales han sido creadas para defensa de la paz pública. El motín fué dominado en Lisboa y sancionado el arreglo que ha venido á regularizar las enredadas finanzas de aquel país.
Entre nosotros, sucedió lo contrario. Nuestro Presidente, que va perdiendo con los años todas sus energías, tiene una instintiva y extraña aversión á todo lo que es agitación popular, se intimidó desde el primer momento, dió orden a la policía de abstenerse de toda represión, entregó á la ciudad a todas las depreciaciones de la turba, que si no cometió mayores violencias fué porque la índole nuestro populacho no es anárquica.
El motín continuaba, se extendía y podía llegar á ser verdadero movimiento revolucionario, por simple contagio, y sin que tal hubiera sido la intención de los promotores, y este peligro evidente indujo á varios senadores á increpar al general Roca su actitud y obligarlo á pedir al Congreso la declaración del estado de sitio, que fué el quos ego de aquella borrasca que se calmó por encanto.
Pero el susto había sido mayúsculo y sus efectos han producido una de las evoluciones más curiosas de nuestra vida política.
La oposición había condensado, sin advertirlo, en la unificación, todos sus agravios contra el Gobierno, circunstancia que fué hábilmente aprovechada por el Presidente, pues, con sólo renunciar á un plan financiero, que no era suyo, aparecía dando amplia satisfacción á la oposición y se colocaba con ese golpe en pleno campo enemigo, donde era saludado y aplaudido. De manera que la oposición iniciada, para evitar que la situación del Gobierno se consolidara, fué la que produjo el verdadero afianzamiento de esta presidencia; los cazadores cayeron en la misma trampa que habían preparado, y el general Mitre, olvidando aquello de oprimente y deprimente, tuvo que ofrecerle el brazo al Presidente, reconociendo en éste un justo varón lleno de sanas intenciones, pero desgraciado en su realización, y mal aconsejado por perversos mentores. Un grupo de partidarios del general Mitre aprovecharon estas expansiones y abrazos para meter las manos en los bolsillos del Presidente y sacarle diputaciones y otras prebendas, acto que explicaron como una simple coincidencia.
Pero, en definitiva, la situación creada á nuestras finanzas por el rechazo de la unificación, la absoluta falta de toda idea, plan ó propósito para buscar un remedio á la crisis que penetra día á día más hondo, y que ya está produciendo hasta la despoblación de la República, es la prueba irrecusable del tiempo, que revela el error cometido por aquellos que sacrificaron los intereses más fundamentales del país á sus cálculos políticos, y por el Gobierno, que no tuvo ni la conciencia ni le energía de su verdadera misión en el momento difícil y supremo.
Desgraciadamente, aquel error es irreparable, porque el proyecto es hoy irrealizable; se ha destruído la base de confianza y de crédito que le era necesaria, y que fué la obra más benéfica y más recomendable del breve y laborioso ministerio de Berduc.
Nos vemos hoy reducidos, como único plan, á economías y nuevos impuestos, ó lo que es lo mismo, inacción y paralización en momentos en que el país necesita despertar todas sus energías, todas sus iniciativas para salir del marasmo que nos paraliza, para que la savia suba por este tronco joven, triste y marchito por el rigor de un largo invierno, reviente y lo cubra nuevamente de hojas y flores que serán mañana óptimo fruto.

Usted trata en el capítulo XI, de su último trabajo, de nuestros impuestos, y, siguiendo una manía ya incurable, califica de empírico todo nuestro sistema rentístico, sin decirnos por qué es empírico, ni mucho menos explicarnos por qué son científicos los nuevos impuestos que usted propone, como el sobre la sal, que funda en el hecho de que es el alimento consubstancial de nuestros cartílagos, razón que podrá ser muy científica, pero cuyo peso y pertinencia, á la verdad, no alcanzo; ó el octroi, que no es, sin duda, de lo más nuevo, y que las Naciones que desgraciadamente lo tienen, hacen todos los esfuerzos posibles por abolir; ó las capitaciones personales, repudiadas por la ciencia, por su falta de equidad y proporcionalidad; o sobre las rentas del Estado, que importa gravar el crédito propio; ó sobre los empleos, lo que sólo importaría una forma alambicada de reducir los sueldos. Por supuesto, que usted no se ha preocupado de lo que produciría todo este rosario de impuestos, cuánto costaría su percepción, porque usted, que vive y habla allá en las regiones de la ciencia pura, no desciende á todos estos detalles, dejando como tarea de empírico eso de calcular producidos y resultados prácticos, aunque muchas veces, lo que parece un buen impuesto, suele ser simplemente un mal negocio para el Estado.
Menos se ha ocupado usted en considerar algo que es fundamental al tratar de nuestro sistema rentístico: las disposiciones de nuestra Constitución en cuanto á las fuentes de renta nacional. Usted confunde, en algunos casos, las rentas nacionales, con las rentas locales de la capital, que están regidas por otras disposiciones, y aun llega hasta cometer errores de detalle debido á esta confusión.
Tratando de la contribución directa de la capital, usted afirma que el valor fijado á la propiedad, gravado en 6 % , debía dar 5.798.000 pesos, en tanto que este rubro sólo figura en el cálculo de recursos con 2.000.000. ¿Cómo se explica la diferencia?, pregunta usted, dando á suponer que hay aquí algún filtraje enorme. El saldo figura en los presupuestos de la Municipalidad y del Consejo Escolar, pues ambas instituciones tienen asignadas, por ley, parte del producido de ese impuesto.
Nuestra Constitución, como consecuencia forzosa de nuestra organización política, restringe mucho las fuentes de renta de la Nación, que, prácticamente, quedan reducidas á los impuestos de aduana; pues todos los demás importan, ó la retribución de servicios especiales ó son puramente aplicables á la capital ó territorios federales. El mismo impuesto interno, sobre algunos artículos de producción nacional, que creamos con el doctor López en 1891, importa una compensación que se relaciona con el impuesto de aduana, pues son las industrias protegidas las gravadas por el impuesto interno para compensar la disminución de la renta aduanera ocasionada por su protección. Esto explica por qué se gravan el azúcar y el vino y no se gravan las harinas.
He dejado para el último su gran panacea: ¡la emisión garantida  con hipotecas!
No es posible proponer algo que sea más completa y radicalmente contrario, no sólo á toda idea científica, sino a las exigencias de la situación á que se aplica. Parece una burla decirnos que lo que nos hace falta es más papel,  cuando el que tenemos está depreciado enormemente y se está aglomerando sin utilidad y sin empleo en las cajas de los Bancos. Por otra parte, garantir una moneda de papel, es decir, garantir su conversión con hipotecas de bienes raíces, importa simplemente la resurrección de las famosas teorías de Law, siglo y medio después de condenadas, muertas y enterradas. Cómo se explica que usted, que se muestra tan entusiasta admirador de Peel y de su célebre acta creando el departamento de emisión del Banco de Inglaterra, que fué calculada en nuestra ley creando ese departamento en la caja de conversión, bajo las mismas reglas y principios en que se fundó el acta de Peel, ¿cómo ha podido suponer que la moneda fiduciaria, cuando excede de la cantidad indispensable para la circulación diaria, pueda tener otra garantía eficaz que el depósito de su equivalente metálico? ¿Cómo concilia usted lo que dice á este respecto en el capitulo XIV y último, que usted llama el fondo de su pipa, con su proyecto de emisión garantida por hipotecas?
Debo terminar aquí esta ya larga carta. Usted sabe bien, doctor Costa, que, aun cuando el vino haya sido excelente, el que queda en el fondo de la pipa, sobre todo si se ha esperado mucho tiempo sin ser consumido, generalmente no se bebe. Permítame que deje, pues, sin beber su último capítulo, y conserve así el buen paladar que me ha dejado todo el resto de su trabajo, y créame.
Su afectísimo amigo,

C. PELLEGRINI.

La cuestión económica en las Repúblicas del Plata, por Ángel Floro Costa, Montevideo. Publicada bajo los auspicios del Club “Vida Nueva”.

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